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Entre Toscana y Antioquia

Entre Toscana y Antioquia Entre Toscana y Antioquia

La legendaria cerámica italiana Rampini encontró en el Carmen de Viboral, un bucólico pueblo en el oriente antioqueño, el lugar ideal para continuar su expansión.

Romano Rampini nació en el seno de una tradicional familia italiana de ceramistas, originaria de Gubbio, un reconocido centro ceramista desde el siglo XV. Su abuelo, su padre, sus tíos, sus primos, su hermana y él han dedicado su vida a Rampini Ceramiche, fundada en la ciudad de Chianti, en el corazón de Toscana, y flanqueada por Florencia y Siena.

De niño, Romano trabajaba en la empresa familiar con el único propósito de ganar algo de dinero para satisfacer sus caprichos. Creció, estudió arquitectura y no pudo más que dejarse atrapar por su ancestro dinástico. Tras años y años al frente de este sueño, Romano y Tiziana, su hermana, pensaron que era un buen momento para empezar a expandir los horizontes de la marca.

El primer paso fue visitar las ciudades del mundo que tuvieran tradición de cerámica y porcelana, en busca de nuevos aliados. China, Marruecos, México y Costa Rica fueron algunos de esos destinos. Pero ninguno satisfizo su ojo estricto y su enorme conocimiento de la industria. De regreso a su país, en una parada en Roma y en una desprevenida conversación con un amigo, en la que su propósito de internacionalización fue uno de los temas tratados, el interlocutor lo invitó a que conociera “un remoto pueblo” en Antioquia, Colombia, Suramérica. Se trataba de Carmen de Viboral, una comarca del oriente antioqueño con tradición ceramista de casi dos siglos.

Rampini, con su espíritu aventurero y desenfado, puramente italiano, se hizo a los aires, cruzó el océano y aterrizó en Colombia. No se limitó a la sugerencia de su contertulio y se paseó por Cartagena, Bucaramanga, Bogotá y Medellín, desde donde, con un mapa en la mano y en un carro alquilado, se adentró en las montañas de Antioquia. Una vez en tierra carmelitana visitó varios talleres, entre ellos Cerámicas Renacer, al que Nelson Zuluaga le ha dedicado 40 de sus 50 años de vida a este arte.

La química fue inmediata, pero para el lugareño no era tan fácil confiar de buenas a primeras en un extranjero, por más buenas que fueran sus intenciones, en un entorno social como el colombiano. El planteamiento era concreto : “Quiero proponerle que fabriquemos aquí las mismas vajillas que hacemos en Rampini”.

Alianza ganadora
Nelson buscó consejo en su amigo y asesor José Ignacio Vélez, un reconocido ceramista que ha dedicado los últimos 25 años de su existencia a salvaguardar el legado carmelitano. Juntos se dieron a la tarea de investigar y rápidamente dieron el sí. No había la menor posibilidad de dejar pasar la oportunidad de recibir en sus talleres un legado de quinientos años que, sin duda, transformaría lo que hasta entonces venían haciendo. En ese momento se conformó una tripleta ganadora.

El primer escollo fue la diferencia técnica entre las fábricas de Chianti y el Carmen. En el poblado paisa se usa el “bajo esmalte”, es decir, la decoración sobre la cerámica sin cocer antes de pintar, mientras que la técnica utilizada en Rampini era el “sobre esmalte”: primero se aplica el esmalte sobre la cerámica y luego se decora. Es lo que en Italia se conoce como “mayólica” y que se originó en el siglo XIII cuando Marco Polo llegó de China con sus maletas cargadas de porcelana, totalmente desconocida en Europa.

Fue ahí cuando los italianos inventaron una pasta roja, le adicionaron estaño al esmalte para volverla blanca y crearon algo similar a la porcelana asiática. El segundo obstáculo apareció cuando se puso de manifiesto una realidad de a puño: las decoradoras del lugar no conocían esa manera de trabajar. Nada que no se pudiera solucionar.

José Ignacio lanzó una convocatoria a la que se presentaron treinta aspirantes. De este grupo salieron siete decoradoras que, con la guía de José Ignacio Vélez, se capacitaron y pusieron manos a la obra.

Con el trío dinámico apuntando hacia el mismo blanco, la infraestructura adecuada, un horno italiano de última generación, el personal capacitado y las ganas de conquistar el mundo, la unión comenzó a dar resultados. Los mismos que ya dan de que hablar y que en poco tiempo han convertido al Carmen de Viboral en la hermana colombiana de Chianti.

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