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E de Escándalo E de Escándalo

El escándalo ha sido siempre un buen motivo para ver una película, nos gusta, aunque sea superfluo e inútil.

La vida disipada de Rodolfo Valentino era la razón por la que sus fanáticas hacían cola para ver sus apariciones en pantalla en los años 20. Mucho más cerca en el tiempo, Bajos instintos basó su taquilla en un cruce de piernas de Sharon Stone que todos los noticieros presentaron como “noticia del espectáculo”.

En el caso de Operación E, la película que se promocionó como la cinta que nos contaría “la verdad” detrás de uno de los episodios del conflicto colombiano que han tenido mayor cobertura en la prensa, el nacimiento en cautiverio y el posterior secuestro de Emmanuel, el hijo de Clara Rojas, el escándalo se generó por el impedimento a la proyección comercial de la película que Rojas, vía acción legal, había obtenido.

Y como no hay nada más interesante que lo prohibido, cientos de colombianos entraron a la sala de cine cuando la medida judicial fue levantada con la expectativa de ver un secreto
, una historia oculta, una revelación asombrosa que justificara la indignación de Rojas o, al menos, la filmación de la película.

El principal problema de Operación E como “producto cinematográfico” (porque eso es también una película cuando tiene vocación comercial) es que no logra satisfacer las expectativas que generó. Si al menos la campaña publicitaria se hubiera centrado en la humanidad de José Crisanto, en la lucha de este hombre, solo y bueno, contra un Estado incompetente, una guerrilla cruel y unas condiciones de vida adversas, todo habría sido más honesto y nuestro juicio más benévolo. Pero no se puede pretender vender, por ejemplo, una cinta como “thriller de acción” y que luego no veamos ni una persecución ni se dispare un solo tiro.

Eso es lo que defrauda en esta producción: que uno salga de la sala de cine sintiendo que le metieron gato por liebre. ¿Qué revelación puede ser, para un colombiano acostumbrado a hacer filas por cualquier cosa, ver que el principal problema que enfrentó José Crisanto, aquel campesino al que las Farc obligaron a cuidar a Emmanuel, no fue la guerrilla sino la burocracia?

Afortunadamente la película cuenta con una ventaja que no la hace totalmente olvidable: la estupenda actuación de Luis Tosar como el protagonista de la historia. Todo lo que Tosar entrega en pantalla es la muestra de su profesionalismo: el meritorio intento de hablar con acento colombiano, en el que tantos otros españoles han fracasado, la composición física del personaje, el trabajo con su voz, sus movimientos, la mirada despojada de toda la rabia y el enojo que normalmente Tosar, por las particularidades de su rostro, imprime en sus caracterizaciones. Cuando usted ve a José Crisanto en la pantalla grande, se conmueve porque ve a un colombiano como tantos otros, que intenta conservar lo único que el Estado, la guerrilla o la violencia no le puede quitar: su dignidad.

Por desgracia, el resto no está a su altura. Ni Miguel Courtois, el director, con su tendencia a mover la cámara cuando no hay necesidad; ni Martina García, demasiado cómoda en la actuación estática e impertérrita que se le está volviendo costumbre; ni el resto del reparto, cuyas apariciones son más propias de eso que conocemos como “películas para televisión”. No hay actor, por bueno o famoso que sea, aunque se llame Rodolfo Valentino o Sharon Stone, que logre salvar una película cuando esta ni siquiera es digna de su propio escándalo.

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