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La revolución de los vibradores

Arnoldo Mutis

La revolución de  los vibradores Fotos: Pantherstock; AFP; ARC

La tecnología busca la renovación y masificación de estos antiquísimos juguetes sexuales que ahora se pueden mandar a hacer a la medida y por Internet.

Así como el mundo de la informática tuvo en Steve Jobs al creador de los dispositivos que han cambiado el modo de comunicarse entre los seres humanos, es muy posible que el de los juguetes sexuales tenga en Ethan Imboden al cerebro que hará entrar, de una vez por todas, a estos adminículos en la dinámica del siglo XXI.

Semejante paso, como van las cosas, necesariamente tendrá que hacer acopio de la amplia oferta del ciberespacio y la informática que, desde ya, promete aplicaciones para los teléfonos móviles que prodigarán un orgasmo con solo tocar un botón. También se prevé la posibilidad de implantar un chip en la espina dorsal, diseñado para alcanzar el clímax donde y cuando se desee.

 Hace algunos años, luego de trabajar para firmas como Nike, un grupo de empresarios le propuso a Imboden, precisamente, dedicar sus formidables dotes de diseñador a darles vida a productos sexuales, cuyos usuarios pudieran interactuar con otros a través de Internet. No obstante, el ingeniero industrial y diseñador estadounidense, hoy de 41 años, no se dejó llevar por la emoción y luego de reflexionar concluyó que el mundo aún no necesitaba tanta sofisticación en la materia. “Primero hay que perfeccionar y concluir el asunto de los vibradores”, explicó recientemente en una entrevista. Y fue así como se lanzó a una nueva aventura, Jimmyjane, conocida hoy como la más exitosa empresa de juguetes sexuales del planeta.

El primer vibrador conocido se remonta al siglo XVIII en Francia, donde se le llamó tremoussoir.
Otro antecedente surgió con el “masaje pélvico” de la Inglaterra victoriana, ideado con el fin de curar la histeria en las mujeres, hasta que el estadounidense George Taylor creó en 1834 un consolador movido por vapor. Pese a más de dos centurias de historia, el aparato aún tiene mucho para dar, asegura Imboden, pues aborda algunas de las causas profundas de una vida sexual poco o nada satisfactoria.

 Al profundizar en el tema, Imboden halló que los lazos profundos entre la sexualidad y la autoestima dejan a hombres y mujeres vulnerables ante toda suerte de panaceas que buscan, con o sin éxito, convertirlos en amantes satisfechos, a la vez que buenos proveedores de placer para sus parejas. Hace nueve años, cuando arrancó con su empresa, si algo lo decepcionó fue la calidad de los productos con los que entraba a competir. “Todo era de materiales tóxicos, marcado por la estética pornográfica y con un estilo muy explícito o tonto. Entonces, vi la oportunidad de crear algo ‘aspiracional’ y que a la vez resultara provocativo”, le relató al Times.

Imboden, egresado de instituciones prestigiosas como la Universidad Johns Hopkins y el Instituto Pratt, se puso manos a la obra, convencido de que un vibrador bien concebido podía convertirse en una grata invitación a explorar el propio cuerpo, así como las preferencias sexuales y los ciclos de respuesta ante los estímulos eróticos. También creyó que quien lo usara tenía la opción de compartir esa información con su pareja. “Las drogas (ahora que tanto se habla del nuevo Viagra para la mujer) no respaldan ese tipo de aprendizaje y crecimiento hecho de manera independiente”, aseguró.

El resultado de todas esas reflexiones fue un producto como el Little Something, un vibrador de oro de 24 quilates, con el cual fue pillada la top model inglesa Kate Moss saliendo de una tienda en Nueva York, en 2006. Imboden, así mismo, ha lanzado al mercado vibradores de platino o de
acero, que se convirtieron en la insignia de la casa, la cual de igual modo produce lociones, juegos, velas y otros artículos dirigidos a las actividades amatorias.

Pero aunque su innovadora versión del vibrador le mereció premios y reconocimientos de alto vuelo, Ethan Imboden no estaba satisfecho. Y le apuntó a un invento que ofreciera una mayor compenetración con sus usuarios y usuarias. “No se trata de buscar la novedad por la novedad, sino de encontrar la verdadera relevancia de estos productos en la vida de las personas”, afirmó en el Sunday Times.

De esa inquietud surgió el Hello Touch, su más reciente invención. Lanzado convenientemente el pasado Día de San Valentín, o la fiesta de los enamorados en Estados Unidos y otros países; se trata de una idea de consolador que no tiene nada que ver con lo que se conoció en el pasado y es hoy el más vendido del globo. Consiste en un brazalete para la muñeca en el cual se ubica su pequeño motor. De ahí, se desprenden unas pequeñas almohadillas de silicona flexible que se sujetan a las puntas de los dedos. El motor hace que las puntas de los dedos vibren y produzcan infinidad de sensaciones en cada área del cuerpo por la que se deslicen. Este artículo ha desatado una verdadera revolución, como lo demuestran las reseñas que han publicado de él revistas como Cosmopolitan, GQ y otras, que lo proclaman como el triunfo de los amantes de este juguete. “El Hello Touch representa un cambio en cuanto a que la gente empieza a ver el vibrador como una ayuda confiable”, afirma su creador, para quien la gran meta, de todos modos, es la aceptación masiva de los productos para el placer en aras de una mejor salud sexual.

Imboden no es de los innovadores que se sienta a darles cuerpo a sus ideas en su casa o en sus oficinas de San Francisco. Cuando recibe un mensaje de una clienta satisfecha con sus creaciones, luego de darle las gracias le propone tomarse un café para recoger sus impresiones, que pueden servirle para nuevos desarrollos.

La idea de los juguetes sexuales más allá del mero placer o el morbo, sino como medios para una vida erótica que le sume puntos al bienestar en general de hombres y mujeres es una filosofía que Imboden comparte con Robin Elenga, el fundador de Revel Body, otra empresa top en este mercado. Su producto bandera es el Body Sonic Vibrator, el cual lidera también las ventas gracias a que ofrece 400 por ciento más de vibración y 90 por ciento menos ruido (una eterna inquietud de las usuarias de estos aparatos) que los demás.

Sin embargo, hasta el momento, la cereza del pastel en materia de innovación en estos juguetes la están poniendo las firmas que les apuestan a los diseños a la medida. Sus mentores también están convencidos de que una mayor cercanía del público con tales artículos solo se dará si ellos sienten que se ajustan a sus necesidades. Así, New York Collective se vale de las impresiones en tercera dimensión, una tecnología tan en boga hoy en día, para producir dildos (consoladores en forma de pene que se activan manualmente) personalizados, a partir de tomas por escáner de distintas partes del cuerpo de sus clientes, incluidas las genitales, pero también otras erógenas.

 Como los compradores de hoy también llegan a las tiendas deseosos de favorecer sus más profundas convicciones, esta compañía usa materiales biodegradables en sus juguetes y empaques, y trabaja a partir de producción local en los sitios donde distribuyen, lo cual implica menores emisiones de residuos tóxicos por el transporte.

Tom Nardone, el presidente de Maker Love, que también se vale de estas técnicas para hacer más atractivos sus productos, piensa que se trata del avance tecnológico más amigable con los consumidores en la industria del placer. Este estadounidense resolvió poner a la orden su mercancía por Internet, consciente de la vergüenza que los clientes pueden sentir al entrar en un almacén para obtenerlos. Dueño también de la tienda virtual PriveCo, ha triunfado con la afluencia de consumidores que pueden explorar y adquirir lo que deseen sin testigos.

 A través de la impresión en tercera dimensión, Maker Love hace posible que sus visitantes virtuales creen sus propios juguetes en la intimidad. En el sitio, además, pueden descargar gratis modelos de dildos de las más variadas especificaciones y formas, desde la muy socorrida horma de puño o el busto de Freud, hasta la cabeza de Justin Bieber, de tanta acogida entre las mujeres más jóvenes. Porque, como dice Nardone, las nuevas generaciones están kilómetros adelante, de modo que en el rango de edad entre los 19 y 25 años, tener un vibrador es toda una obviedad. “Vienen de la generación del matrimonio gay –le explicó al Times–. Y el engranaje detrás de todo esto es una mayor comprensión de la sexualidad”.

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