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Las musas de la moda Las musas de la moda

Las vidas turbulentas de Isabella Blow, Daphne Guinness y Amanda Harlech inspiraron un estilo original que las convirtió en íconos.

En la mitología griega, las musas eran divinidades inspiradoras, invocadas por poetas y artistas para que fluyera la creatividad. Homero pidió su ayuda en La odisea y Dante en La divina comedia. El pintor Francis Bacon habría dicho que “la moda es el intento de hacer arte en formas vivas”. Y si la moda es arte, los diseñadores son artistas que también necesitan del sagrado soplo inspirador.

Pero las musas de la moda son de carne y hueso. Es más, sus complejas vidas de mortales distan mucho de las de los habitantes del Olimpo, y se entregan de lleno a su labor. “Son mujeres que invitan a explorar otros caminos, a crear piezas que solo existen en la imaginación, capaces de estimular al diseñador para que se materialicen”, explica Silvia Tcherassi.

El diseñador Francisco Leal las define como aquellas que “logran diferenciarse sin esfuerzo. A la hora de vestirse no lo piensan mucho, les sale del alma”. Cada creador tiene sus favoritas: “Me inspira un tipo de mujer como Cate Blanchett, las delicadas y a la vez andróginas”, opina Camilo Álvarez. Para él, en la moda colombiana la persona que mejor encarna la palabra “musa” en la actualidad es la exmodelo y marchante Gloria Saldarriaga, quien se ha convertido en ícono del estilo e “impulsa a los diseñadores nacionales al usar sus prendas”.


Detrás de un sombrero

En los anales de la historia figuran musas como Grace Kelly,  Audrey Hepburn y Jacqueline Kennedy. Sin embargo, también tiene un sitial de honor Isabella Blow, una mujer que sin ser bella invadió el mundo de la moda con su halo auténtico y excéntrico, libre del glamur habitual. Tanto es así que en una ocasión apareció en un evento de Karl Lagerfeld vestida con un traje inspirado en Juana de Arco, con cadenas que le colgaban. “Mi pasión por la moda raya en la locura”, decía esta mujer que en un día podía cambiarse seis veces de ropa. Hay quienes afirman que el calificativo se le queda corto, porque además fue cazatalentos, consultora de marcas, mentora de supermodelos y diseñadores con su misma tendencia original como Alexander McQueen, y editora de revistas. Según Tcherassi, “tuvo el ojo para ver lo que otros no ven. Encontró en la moda una forma de expresión y de conseguir felicidad, a pesar de todo lo que llevaba por dentro”.

Lució en atuendos un modo de ser, con su característico rojo en los labios y sus despampanantes sombreros. Solía amenazar a sus empleadas con esta advertencia: “Si no usas lápiz de labios, no puedo hablar contigo”. Argumentaba que los sombreros eran armas de seducción “para atrapar, como telarañas". "Los hombres aman los sombreros y la idea de quitarlos para hacer el amor”, expresaba con su desparpajo natural.

Solía bromear con que eran su manera de mantener distancia y llegó a usar de todos los estilos y nombres: el orgásmico, el del papa (“es un pene”), de cuernos, con una joya de langosta, en forma de velero y de faisán. Este último, creación de su “protegido”, Philip Treacy, su favorito porque reflejaba el movimiento de un ave y quería que la enterraran con él. Blow confesó que le daban esa seguridad que proyectaba pero que en el interior no tenía: “Cuando estoy triste, busco a Philip, cubre mi cara con un sombrero y me siento fantástica... ponérmelos es como hacerme cirugía plástica”.

 Como parte de la reconocida familia aristocrática británica Delves Broughton, nació rodeada de escándalos y siempre tuvo problemas económicos debido a sus excesivos gastos. Su abuelo perdió gran parte de su fortuna en apuestas y se convirtió en sospechoso del asesinato del conde de Erroll por un lío de faldas, antes de suicidarse. Su cuento más feliz era el de su abuela, su principal inspiración por ser una aventurera “que había comido carne humana en Papúa, Nueva Guinea”. A los 4 años Isabella vio a su hermano menor ahogarse en una piscina. “Recuerdo todo. Él tirado y mi madre corriendo a su cuarto para ponerse pintalabios. De ahí puede venir mi obsesión”, reconoció. Ella y sus hermanas estuvieron en un internado y cuando tenía 14 su mamá la visitó para decirle que se iba de la casa. Nunca la perdonó, pero admitió que gracias a ella y a “su sombrero rosa” se volvió adicta a la moda. Y cuando su papá murió, no le dejó casi nada de su fortuna, pues heredó a su tercera esposa.

Isabella quiso ser monja, estudió secretariado y para ganarse la vida en Londres fue empleada del servicio, trabajo en el que, como ella bromeaba, usó su primer sombrero: “Un pañuelo amarrado con nudos a los lados”. Finalmente tuvo la oportunidad de estudiar Arte de la China en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Gracias a un amigo empezó a trabajar para el diseñador francés Guy Laroche y en 1981 llegó lo que esperaba: Anna Wintour, editora de Vogue, la contrató como asistente, sin duda el logro de ese año, más que casarse con su primer esposo, Nicholas Taylor. “No era muy buena llegando a la oficina antes de las 11, pero cuando aparecía podía estar vestida como un maharajá y hacía que la vida fuera más interesante”, habría expresado Wintour.

De regreso a Londres, se convirtió en editora de moda de Tatler y The Sunday Times, y trabajó como asesora de Lacoste y Swarovski. Pero tal vez su mayor legado es haber descubierto a jóvenes talentos. Cuando vio por primera vez un sombrero verde, parecido a los dientes de un cocodrilo, se interesó en Philip Treacy. No dudó en darle un apartamento para que se dedicara a crear. Él hizo el tocado con el que Isabella se casó en segundas nupcias con el vendedor de arte Detmar Blow. También sacó del anonimato a McQueen, a quien le compró su colección de grado por cerca de ocho mil dólares. Y vio el potencial de Sophie Dahl, pese a sus curvas prominentes, cuando en la industria no se hablaba de modelos de talla grande.

Entre tanto, la procesión iba por dentro, o escondida tras sus sombreros. No poder tener hijos desató la crisis. Empezaron los problemas con su esposo, que tuvo un romance con la escritora lesbiana Stephanie Theobald, y ella buscó desquite con un gondolero en Venecia que la dejó llevándose lo poco que había ahorrado. Después volvió con su marido y empezaron los episodios depresivos. Detmar habría revelado que Isabella intentó suicidarse siete veces, una de esas supuestamente lanzándose del Puente de Hammersmith, por considerarlo un ícono. Se rompió las piernas, pero lo que más le dolió fue no volver a usar tacones. Según sus amigos, siempre decía que iba a suicidarse, pero que lo haría luego de las temporadas de desfiles. Un cáncer de ovarios fue la estocada final. Isabella Blow finalmente se quitó la vida con veneno a los 48 años, en el 2007.

“Pensaba que era fea, pero su cara tenía mucho carácter”, comentó su esposo, autor del libro Blow by Blow. “Era inteligente, divertida y llena de energía”. Blow detesta que comparen la extravagancia de Isabella con el look atrevido de Lady Gaga: “Para ella son disfraces, en cambio Issie los usaba todo el tiempo”.


Una mujer libre

“Aunque no tenía mucho dinero, Isabella gastaba hasta la última moneda ayudando a los demás”, comentó su amiga Daphne Guinness, quien impulsó en su honor una fundación para apoyar talentos emergentes. La heredera del imperio cervecero cuenta que se interesó en Blow cuando la vio con un sombrero en forma de catedral. Ambas compartieron un espíritu genuino en el que la moda “se convierte en una extensión del propio ser”.

Esta artista, como prefiere ser llamada, asegura a sus 45 años que empezó a ser más visible desde que su “pandilla” desapareció, refiriéndose a las muertes de Blow y McQueen, quien se suicidó al igual que su mentora.

Pero en realidad, fue desde su divorcio que Guinness emergió y se reinventó, con su atuendo extravagante, sus zapatos de plataforma y sus incontables anillos.  Cuenta que a los 19 se casó con Spyros, hijo del magnate naviero griego Stavros Niarchos, porque tenía pereza de estudiar y “estaba muy enamorada”. Tuvieron tres hijos, pero admite que durante más de una década se perdió a sí misma por dedicarse a su familia y que nunca trabajó. Pero eso no fue un problema: aunque ella dice que los medios exageran, se especula que el acuerdo de divorcio fue de cuarenta millones de dólares.

Para borrar ese pasado de mujer subyugada, del que afirmó no sentirse orgullosa, subastó mil prendas que usó en su época de señora Niarchos y entregó los 158.000 dólares recaudados a la fundación Womankind, que defiende a las mujeres del abuso. Desde ese despertar ha sido escritora, diseñadora de ropa y joyas, musa de la marca de cosméticos de François Nars, modelo de fotógrafos como David LaChapelle, cantante de ópera, experta en arte y música clásica, cineasta y creadora de su propio perfume. Es tan adicta al trabajo que sin pena asegura que comerá cuando muera y se mantiene tomando Red Bull. Ante la dificultad de definir su labor, asevera: “Simplemente pienso en cosas y mis amigos las crean”. En el 2010 elaboró más de cien piezas por su cuenta al no encontrar nada que le gustara, pues a Guinness le molesta la falta de riesgo en la moda y que la gente prefiera vestirse con marcas, “que otros los vistan” y no “poner su propio sello”.

“En su forma de vestir se nota que se divierte y no se toma las cosas en serio, se atreve, no le da miedo el ridículo pues se conoce mucho y si se equivoca, simplemente no pasa nada”, explica Leal. Guinness misma califica su forma de vestir de “inconsciente” y su característico pelo rubio con mechones oscuros, como “una serie de errores”. En una oportunidad habría ordenado un vestido de Gareth Pugh cubierto de clavos. El diseñador no lo podía creer cuando ella le advirtió que quería los clavos hasta “en el trasero”.

Una crítica de moda escribió sobre Guinness que “puede ser musa, la dueña del trabajo y la pared donde este se cuelga. Ella ocupa el lugar exacto donde la moda se convierte en arte. Ha hecho un nombre por hacer algo que todos hacemos a diario: vestirse”.


El espíritu de Chanel

Guinness ha dicho en tono jocoso que la haría feliz que un diseñador le pidiera ser su musa, hablando de la relación entre Amanda Harlech y Karl Lagerfeld, pero que desafortunadamente ninguno lo ha hecho. Sin embargo, Tom Ford se refirió a ella como el único ícono del estilo y Valentino afirmó que “la vida es un escenario para Daphne, aunque sea un funeral ella hace una performance”. El filósofo Bernard-Henri Lévy, con quien ha mantenido un romance, la definió “no como una persona, sino como un concepto”.

Una musa en este ámbito suele ser “más que una musa”, como describió John Galliano a Amanda. “Su par de ojos en el mundo exterior”, dijo  de ella Lagerfeld, pues es la mujer detrás de su éxito en Chanel desde hace casi quince años y en Fendi. Ella asegura no ser una “musa consentida”, a pesar de su suite de lujo en el Ritz de París, pues no solo inspira: “Me gusta ensuciarme las manos”. Puede decirlo, porque a sus 54 años esta británica que estudió Literatura en Oxford se dedica a asistir al diseñador en todas sus colecciones y campañas publicitarias y hacer consultoría para otras marcas. Según ella, en su estudio todavía se siente la presencia de Coco Chanel: “Si levantas la vista, quizá puedas ver su reflejo mirándote en las paredes de espejos”, confesó al diario The Telegraph.

Y porque lo que hace es un trabajo que supera la mitología, tuvo que dejar a Galliano cuando él se fue a Dior, pues no le ofrecieron pago por ser su “musa”. Fue una época de cambios: lo había asesorado desde que él presentó su colección de graduación en los 80, cuando ella era editora de la revista Harpers & Queen. Además, se separó de su esposo Francis Ormsby Gore, Barón de Harlech, un aristócrata venido a menos y padre de sus dos hijos. Aún así no volvió a ser Amanda Grieve y conservó el Lady Harlech con el que se ha hecho famosa por ser para muchos “la primera dama de la moda”, y por su sofisticado estilo monocromático, “la mujer mejor vestida”.

Para Silvia Tcherassi, si Isabella Blow, Daphne Guinness y Amanda Harlech son íconos es gracias a “haber impuesto tendencias y crear códigos personales que se vuelven identificables. Han sido puntos de referencia, no de lo que está pasando, sino de lo que está por venir”. No son casualidad estas palabras de Blow: “En el pasado, la gente se asustaba con mis sombreros y ahora quieren ponerse lo que uso”.

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