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El precio de la vanidad

El precio de la vanidad Foto: Pantherstock

Un cirujano estético y una víctima de los rellenos para quitar arrugas de la cara advierten sobre las dramáticas consecuencias de un mal procedimiento.

Encontrar la fuente de la eterna juventud ha sido una obsesión de la humanidad desde sus inicios, en especial de las mujeres. Y como hasta ahora se trata de una utopía, la mayoría hace lo posible por conservar la apariencia de sus años mozos con un tinte para cubrir las canas o estirando una que otra arruga. Pero con el deseo de que el paso del tiempo no se note, se puede caer en excesos y cometer errores mucho más visibles que las marcas naturales que trae la edad.

El doctor Adrián Ríos, cirujano y profesor de medicina estética de la Universidad del Rosario y quien desde hace dos décadas se dedica a la cirugía de la piel, advierte sobre los riesgos de los rellenos faciales, tratamientos muy apetecidos para eliminar las hendiduras del rostro: “Cuando uno envejece, los huesos se van achicando y se pierde la grasa y la elasticidad, de manera que sobra piel. Se caen las mejillas y se pronuncian los pliegues que van de la nariz al mentón. Se pueden hacer cirugías para cortar y estirar, pero hay casos en los que esto no se justifica y se acude a los rellenos para compensar la pérdida de hueso y dar un efecto tensor discreto. Sin embargo, no se puede confiar en todo el que ofrezca el procedimiento y menos si lo hace a precios módicos”.

Ríos explica que la sustancia que mejores resultados está dando es el ácido hialurónico, que resulta del cultivo de bacterias y cuyo proceso es muy costoso por su exigente elaboración. Además, si se trata de corregir una arruga superficial, la sustancia es más acuosa y su efecto dura menos. Los más espesos que se usan como rellenos profundos pueden durar alrededor de dos años. El valor del procedimiento, por sencillo que parezca, no suele ser inferior al millón y medio de pesos. “Y mientras tanto, en las peluquerías y hasta en los gimnasios ofrecen eliminar arrugas por $20.000. Por esa cifra terminan inyectando silicona y hasta aceite de cocina, sabrá uno si será de oliva o de girasol”, comenta con ironía el especialista. “Un mal procedimiento puede generar cicatrices irreparables y producir graves infecciones que destrozan la cara”.

La infaltable imprudencia
Muchas mujeres llevan en su piel las secuelas de la ignorancia con respecto a este asunto. Así lo admite Paula Villamizar, quien hace quince años se dejó tentar por una amiga que le habló de un tratamiento antiedad, supuestamente revolucionario. “El resultado de esa innecesaria vanidad es que ya no me miro en el espejo… solo me veo, pero sin mirarme”.

Para Paula, lo más difícil ha sido el arrepentimiento. Admite que a sus 44 años no era tan vanidosa, pero cuando vio que la sustancia “mágica” que el doctor Víctor Velasco le inyectaba desaparecía las arrugas, cayó en una especie de adicción. “Era un médico venezolano que llegaba a Bogotá cada cuatro meses y se alojaba en un hotel desde donde atendía a sus pacientes, entre ellas muchas mujeres de la comunidad judía. Cobraba quinientos dólares por tratamiento y yo ahorraba para ir a su consulta cada vez que venía al país”. Según ella, durante ocho años no hubo señales de alarma. Pero luego empezaron a aparecer, justo donde le aplicaban el supuesto colágeno, una serie de morados: “Lo llamé para contarle lo que me estaba pasando, pero él me tranquilizó diciéndome que tenía la piel muy sensible”. Luego le salieron unos bultos en distintas partes de la cara e incluso en la mano, zona donde había comenzado el tratamiento.

Como no le pareció sensato esperar a que se cumpliera el cuarto mes y el doctor volviera a revisarla, decidió ir adonde un cirujano plástico que quedó impactado con su caso: “Mi cara estaba llena de protuberancias, de bolitas que se desplazaban e incluso me dolían, por eso mi nuevo médico me aseguró que lo que me habían puesto no era colágeno. Entonces llamó a Venezuela a Velasco y este le dijo que el tratamiento era con algo especial que terminó siendo silicona”. Esta sustancia no es asimilada por el cuerpo, no tiene por dónde salir y por eso empiezan a generarse este tipo de reacciones. “Lo más doloroso fue escuchar al médico decirme que no había nada que hacer, que ninguna droga o sustancia podían destruir la silicona. De hecho, me hicieron varias biopsias y lo que salía era un caucho duro, eso es lo que tengo en mi cara”.

Hace algún tiempo le practicaron una cirugía con láser para destruir una de las protuberancias más notorias que tenía en el mentón. Pero los especialistas le advirtieron que, además de ser doloroso, corrían el riesgo de quemar uno de los músculos de la cara, así que prefirieron no iniciar un nuevo procedimiento. “Entonces decidí dejar las cosas como estaban. Mi familia quería demandar al doctor, pero preferí no seguir ahondando en el tema sino continuar hacia delante. Al principio, cuando la gente me preguntaba qué me había pasado, yo les decía que tenía dolor de muela o que me había golpeado. Una vez una conocida me felicitó por valiente, por ser capaz de salir así a la calle, y lo único que respondí es que debía proseguir con mi vida porque yo soy más que mi físico. Tenía dos opciones: o echarme a la pena o asumirlo, y elegí la segunda”. Aunque hace seis años no se ha vuelto a inyectar ninguna sustancia en el rostro, las secuelas no terminan: “Todos los días me sale una bolita nueva, en clima caliente, por ejemplo, se crecen y me molestan porque presionan la piel, y si me rozo o me golpeo duelen. A veces me pregunto hasta cuándo va a parar esto, cómo voy a quedar, y sé que podría estar peor”.

Mal de muchas
El doctor Ríos advierte que las reacciones a estas sustancias agresivas pueden ser tardías y que pueden aparecer inclusive quince años después de aplicado un tratamiento. Por su consultorio pasan constantemente víctimas de estos malos procedimientos, en su mayoría con cicatrices pigmentadas y granulomas o inflamación crónica. “Se producen cuando el cuerpo reacciona a una sustancia que no puede ‘digerir’. Las células de la defensa actúan y van a seguir haciéndolo hasta que no se retire el cuerpo extraño. Lo grave del asunto es que es muy difícil de sacar, porque se ha incorporado a las células de la piel, se integra a esta. Actualmente se están realizando procedimientos experimentales con láser de tatuaje, pero en realidad revertir el proceso es muy complicado”.

Si bien el ácido hialurónico no está exento de generar granulomas, ha resultado más seguro porque existe una enzima, la hialuronidasa, que lo degrada en caso de que se presente algún problema en la aplicación. Se puede recomendar cuando hay falta de volumen en algunas partes del rostro por pérdida de hueso y grasa. En cuanto a otros productos como el Bótox, Ríos lo aconseja solo para las arrugas de expresión del tercio superior de la cara, pues paraliza los músculos. También hay tratamientos con dióxido de carbono para desmanchar y alisar, y técnicas que se basan en sacar sangre y centrifugarla para producir un concentrado de plaquetas con el objetivo de mejorar la piel. “El relleno graso está apareciendo como una nueva opción, es casi como un trasplante. Las opciones futuras pueden ser de esta naturaleza, porque todo va cambiando. Hace mucho tiempo se inyectaba colágeno, pero eso es como aplicarse cuero de vaca en los cachetes”, comenta Ríos.

Además de conocer los tratamientos y sus posibles riesgos, el principal consejo del especialista es confiar en la experiencia: “Las personas deben preguntar varias veces a otros pacientes. Deben ir a lugares que lleven trabajando la técnica deseada por muchos años y con buenos resultados, con evidencia. Eso es fácil saberlo, un paciente inconforme espanta a veinte y uno contento solo trae cinco, por eso hay que ser tan cuidadoso con este oficio. Un médico respetable no se va a meter en un salón de belleza a hacer sus procedimientos, hay que sospechar de eso. Por algo la Secretaría de Salud no controla estos lugares y en caso de que algo salga mal no hay cómo quejarse. Lo difícil de indagar es que un relleno bien puesto no se nota y, por vanidad, hay quienes no admiten que se lo han hecho”.

Por su parte, Paula no entiende cómo a pesar de todas las alarmas que se han prendido, las mujeres, muchas de ellas muy jóvenes, siguen cayendo en lo mismo. “Todavía no dejo de preguntarme qué necesidad tenía yo de esto. Aprendí la lección en medio de mi dificultad y lo mejor que puedo decir es que hay que envejecer con dignidad”.

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