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El síndrome de la Barbie

Revista Fucsia

El síndrome de la Barbie El síndrome de la Barbie

Su sueño es convertirse en los famosos muñecos de plástico. Su pesadilla, una enfermedad que los obliga a buscar la perfección a cualquier precio.

Después de 43 años de relación, en el 2004, la casa Mattel anunció que Barbie y Ken habían puesto punto final a su idilio. Pero en el 2006 la compañía dejó saber que la muñeca más famosa de todos los tiempos estaba reconsiderando su decisión tras un cambio de imagen de su compañero. Sin duda, cosa de juegos. Pero para dos jóvenes ese mundo de plástico es muy real. Y en su mundo parece que las diferencias serán permanentes.

Justin Jedlica, conocido como el Ken humano, llamó “falsa” a Valeria Lukyanova, la Barbie de carne y hueso, por no transformarse tanto como él: “Me da la impresión de que consigue su aspecto poniéndose capas de maquillaje, extensiones en el pelo, lentes de contacto azules y corsés para adelgazar. Además, insiste en tener iluminación extra para que su piel parezca de porcelana. Las Drag Queens han generado la misma ilusión pintándose y disfrazándose”. Furiosa, la Barbie le respondió que sería mejor “no comentar quién es plástico y quién no. Él es atractivo, pero sus labios son muy exagerados. No oculto el tema de la cirugía. Me hice implantes de seno porque quiero ser perfecta”.

La discusión “marital” se dio cuando posaron juntos como Barbie y Ken en Nueva York. Al ver sus imágenes, los labios delineados y los pómulos bien demarcados, en el caso de él; los ojos inexpresivos y el voluminoso pecho de ella en contraste con su diminuta cintura de 43 centímetros, es difícil creer que se trate de seres humanos y no de maniquíes o réplicas de cera de los muñecos de Mattel. “Los rumores de que Lukyanova era una mera fantasía generada por computador se esfumaron cuando apareció en un show en Rusia. Todavía hay sitios en internet dedicados a demostrar que es falsa y que su piel plástica y sus curvas improbables son producto del Photo Shop.
Se equivocan. Cuando se ve en carne y hueso (si ‘carne’ es la palabra adecuada) no es menos inquietante y sorprendente que en las fotos. Realmente luce como una Barbie”, explicó al diario The Independent el periodista Shaun Walker. Para ella el piropo “muñeca” es literal.

Ambos llegaron a la fama por mostrar en las redes sociales su dramática transformación y han despertado todo tipo de críticas en las que los tildan de “fenómenos” y “monstruos”: “Justin y Valeria son una pareja falsa perfecta. Lástima que él sea gay y que tal vez haga un concurso de cirugías plásticas contra ella”, decía uno de los comentarios. Otro agregaba que “juntos son la película de horror de Barbie y Ken”. Pero a pesar de las burlas, han conquistado a miles de curiosos: cerca de 700 mil personas le han dado un “me gusta” a la Barbie en su página de Facebook, y alrededor de 16 millones han visto sus videos en Youtube. El norteamericano, por su parte, cuenta solo con aproximadamente 4.500 admiradores. “Soy la rusa más famosa de la web”, afirma ella con orgullo.


“La perfección no tiene límites”

Quizá lo que hace que Lukyanova esté ganando este duelo de muñecos no es solo su apariencia real, sino una extraña filosofía de vida que le ha generado seguidores. La joven, que dice tener 23 años, pero según algunos conocidos supera los 27, vive en Ucrania y se cree de otro planeta, “de la constelación de las Pléyades”.
 
En realidad su apariencia y su forma de pensar no parecen de este mundo. Estudió arquitectura, pero en la actualidad asegura ser cantante y se ha convertido en una especie de guía espiritual que dicta seminarios sobre prácticas esotéricas y meditación para, según su respuesta de muñeca, “mejorar el mundo”. Asevera que solo ha pasado por el quirófano para la mamoplastia de aumento, aunque los expertos opinen que debe tener por lo menos retoque de nariz, pómulos y ojos. En cuanto a su desproporcionada cintura se especula que puede ser producto de extracción de la última costilla o de fajas para achicarla. Ella explica que ha trabajado muy duro para conseguir su figura con horas de gimnasio y a punta de una dieta líquida. Su almuerzo consiste en jugo de apio y zanahoria. “Hace un año me alimento así. Ya no siento hambre y espero que esta sea una etapa final antes de poder vivir únicamente de luz solar y aire”, le explicó a Walker con naturalidad. Niega que su estilo de vida invite a adolescentes a la anorexia al decir “yo soy saludable”. Aun así se ha quejado de que subió de peso porque pasó de 42 a 45 kilos. Dice que no tiene “ninguna urgencia animal”, incluido el sexo, y que su esposo la apoya. Y gracias a ese camino les enseña a sus discípulos “a dejar su cuerpo físico y viajar por el universo”.

Lo que resulta paradójico es precisamente su obsesión por ese cuerpo físico, aunque ella deja saber que siempre trata de “ser perfecta por dentro y por fuera porque la perfección no tiene límites”. Para ella, “Barbie es la mujer ideal”. Cuenta que quedó fascinada con la muñeca desde los 5 años y que llegó a tener una colección de cincuenta. De todos modos confiesa que su mundo no siempre fue color rosa y que a los 14 años trató de suicidarse con una sobredosis de pastillas por una decepción amorosa, que bebía y fumaba sin control. “Afortunadamente no arruiné mi apariencia”.

La psicoanalista Geraldine Scioville explicó a FUCSIA que esta necesidad constante de cambiar el físico se debe a “la externalización de conflictos emocionales. Está en juego una búsqueda de identidad a través de situaciones idealizadas de amor y belleza con transformaciones externas”. De acuerdo con la experta, lo que se desea en últimas es la aceptación, “por eso buscan parecerse a íconos culturales. Después de todo, Barbie es la muñeca preferida”. De hecho, los expertos en crianza han hablado de los perjuicios de que las mujeres jueguen desde pequeñas con muñecas que representen un ideal de belleza.


El hombre de los cien mil dólares

En su adolescencia, Justin Jedlica se cansó de ser blanco de burlas y tomó la determinación de transformarse por completo.
“Pensaba que mi nariz era el origen de mis problemas, sumándole el espacio entre mis dientes, los enormes lentes y que tenía que afeitarme dos veces al día por el exceso de bello facial”. También cuenta que era demasiado flaco. Con el fin de iniciar su cambio extremo empezó a coleccionar imágenes de modelos y cuando se encontró con Gisele Bundchen le dijo a su mamá, “esta es la nariz que quiero”. Ella lo apoyó, en contra de la opinión de su padre, que no aprueba esta adicción, pagándole la primera de cinco rinoplastias y de cerca de cien cirugías que lleva a sus 32 años, entre ellas de aumento de pómulos, glúteos, bíceps y músculos del abdomen. Admite que no va al gimnasio hace dos años pues “no es glamuroso” y que ha logrado resultados “permanentes sin sudar”.

Además, el norteamericano se aplica Botox cuatro veces al año. “Créanlo o no, después de más de 26.000 dólares invertidos en mi nariz no creo que sea perfecta todavía”. En total lleva más de 100.000 dólares en procedimientos. La plata afortunadamente no ha sido un inconveniente porque cuenta con amigos generosos y una pareja capaz de costear su obsesión. Sabe que la silicona le puede cobrar factura, pero es el precio de la perfección y para él, al buscar ese ideal, nunca es suficiente. “En la cara, por ejemplo, solo se deben inyectar sustancias temporales reabsorbibles. La silicona no lo es y puede traer complicaciones infinitas. Un relleno mal puesto en un trayecto vascular puede ocasionar ceguera”, advierte el doctor John Sanabria, experto en cirugía plástica.

Jedlica y Lukyanova son solo los ejemplos más sonados de personas que imitan la apariencia perfecta de barbies y hasta de caricaturas. Youtube está llena de casos como el de Anastasiya Shpagina, una joven que pretende ser un anime japonés, y Dakota Rose, quien con el seudónimo Kotakoti hizo tutoriales para enseñar cómo conseguir su look de muñeca. Jedlica, por ejemplo, muestra en Facebook unas fotos con su amiga Lacey Wildd, que se ha hecho doce operaciones de senos con el fin de estar entre las mujeres con los pechos más grandes del mundo. Todo con un objetivo claro: “Tener más fama y darles una mejor calidad de vida a mis hijos”.


Problema de la mente,  no del cuerpo

Para el cirujano plástico Alan González Varela, “ante esas características siempre habrá una alteración psicológica del individuo, razón por la cual busca un prototipo de belleza que le permita encontrar arraigo en la personalidad que desea tener”. Detrás de quienes se transforman, que a través de sus cambios buscan popularidad, puede existir una patología denominada dismorfofobia, “que es cuando la persona no está satisfecha con su físico y nunca va a estarlo”, explica su colega Hernando Harker.

“Como especialistas debemos analizar muy bien a los pacientes para detectar si los defectos que desean mejorar son solo imaginarios y sí es así, remitirlos a un psiquiatra. Por lo general son obsesivo-compulsivos, depresivos, y centran todos sus problemas en un detalle anatómico, aunque sea mínimo. Son los que llegan a consulta diciendo frases como ‘doctor, no consigo trabajo por culpa de esta nariz’. Cuando detecto uno de esos casos y les pido un certificado de otro experto me miran mal y no vuelven”. Para el especialista, cada procedimiento conlleva un pequeño riesgo “y si son cien cirugías estamos hablando de cien riesgos inherentes a la anestesia, o una infección. Además, se estaría trabajando en tejidos que ya perdieron su esencia, es hacer una cicatriz en otra cicatriz”. Señala que aceptar operar a personas con esta patología genera “un matrimonio desastroso”, de nunca acabar.
“Se pueden operar cuantas veces quieran y nunca van a quedar conformes aunque el resultado sea óptimo, porque el problema está en su mente, no en su cuerpo, y una mente con problemas no la arregla el bisturí”, agrega Sanabria.

“Para tener éxito en esta rama de la medicina hay que hacer un buen diagnóstico, una selección adecuada del paciente, evaluar que sus expectativas sean reales respecto a los resultados y usar la técnica indicada de manera correcta”. Sanabria responsabiliza del aumento de la obsesión por las cirugías a la presión de los medios que han creado ciertos estereotipos de belleza: “Todas las niñas son iguales en los reinados. Antes las lindas eran las rellenitas y caderonas porque podían tener hijos fácilmente y la delgadez era sinónimo de tuberculosa. En mi consultorio a veces mi pelea es con las mamás que no lograron cumplir sus expectativas y quieren hacerlo a través de sus hijas y las llevan para darles de regalo de 15 el aumento de seno. Pero como cirujanos debemos saber decir que no”.

Los expertos advierten que si bien la cirugía plástica es una ayuda para que en muchos casos los pacientes adquieran más seguridad en sí mismos, no hay que tomar las cosas con superficialidad. Pero en el mundo de Justin Jedlica, esta advertencia no aplica y se siente orgulloso de ser como Ken: “He llegado a ser tan de plástico
como el muñeco”
.

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