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La Bella y la Bestia

Lila Ochoa

La Bella y  la Bestia La Bella y la Bestia

Una cosa es la mala reputación de alguien y otra sacar partido de ella con intenciones perversas.

Soy una fiel creyente en las capacidades de las mujeres y en la necesidad de trabajar para que las nuevas generaciones crezcan con un modelo que haga énfasis en los valores, la creatividad y la independencia. Pero hay cosas que me ponen a reflexionar seriamente acerca de si los defectos pesan a veces más que las cualidades. Todo esto por cuenta de un artículo sobre una de las últimas amantes de Dominique Strauss-Kahn, el exdirector del Fondo Monetario Internacional. Marcela Iacub, escritora franco-argentina, confiesa que decidió seducir a este personaje para conocerlo, y escribió un artículo en el que lo defiende de las acusaciones de violador que le hizo la prensa cuando estalló el escándalo en Nueva York.

En su libro Bella y Bestia, a punto de salir a la venta, relata su relación con un hombre al que no identifica, pero no se necesita ser demasiado intuitivo para adivinar que es Strauss-Kahn. Los abogados del financista no tardaron en instaurar una demanda contra la escritora, la casa editorial y Le Nouvel Observateur, que publicó extractos del libro. La Iacub acaba de ser condenada por una corte francesa a pagar 50.000 euros por haber violado la intimidad del señor Strauss-Kahn, a quien Iacub califica de “mitad seductor, mitad cerdo”. Fue tan severo el veredicto, que obligó a la editorial a incluir una nota legal que lo reproduce en cada uno de los 40.000 ejemplares. Además, la casa y la autora deberán pagar 50.000 euros por concepto de daños y perjuicios. El semanario Le Nouvel Observateur, que como dije reprodujo algunos extractos del libro, deberá pagar también una multa de 25.000 euros y publicar en su carátula el fallo de la corte.

Se calcula que este “chiste” le va a costar a la escritora cerca de 200.000 euros, entre intereses, daños y perjuicios y costos legales. Aunque al principio todo parecía un golpe publicitario, las cosas se le han complicado. Los abogados llevaron a la corte una serie de e-mails en los que ella admite que publicó el primer artículo con el objeto de entablar una relación, la cual duró siete meses y, según lo que se conoce hasta ahora, mantuvo un tono subido, francamente pornográfico.

Como en esta época la tecnología recupera todo lo que uno escribe, los mensajes en los que Iacub le decía a Strauss–Kahn que estaba enloquecida por él y que planeó todo con el fin de escribir el libro son la prueba reina. No se trata de juzgar a nadie; una mujer de 49 años puede hacer lo que le dé la gana. Lo que me tiene desconcertada es cómo pensó ella que podía utilizar a una persona de una manera tan olímpica, sin agüeros, solo por ganarse un dinero. Parecería que el ejemplo de 50 sombras de Grey le hizo creer que también podía volverse millonaria.

Me imagino que después del escándalo habrá mucha gente que quiera comprar el libro, cosa que por principio no debería hacer nadie. El señor no es ningún ángel, es un enfermo y necesita un tratamiento psiquiátrico. No pretendo defenderlo, pero en este caso a la Iacub no se la puede tratar de mártir. Y en cuanto a la responsabilidad de la casa editorial, no todo vale. No se puede llegar al punto de que lo “políticamente correcto” impida distinguir entre la basura y lo valioso.
 
Además, la calidad literaria del libro deja mucho que desear, ¿será que suscitar morbo es superior a cualquier principio? Pienso que la escritora no acaba de entender que al crucificar al exdirector del FMI también se está crucificando a sí misma, pues para describir una escena de sexo se necesitan dos, y en este caso ella es la protagonista. Por eso la crítica francesa habla de su libro como una “porqueriza”. No se trata de moralizar, simplemente hay cosas que no se pueden justificar. Volvemos una vez más a las Redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz: “¿O cuál es más de culpar / aunque cualquiera mal haga / la que peca por la paga / o el que paga por pecar?”. Aunque se trate de revelar las culpas de una figura pública, no se puede llegar al extremo de destruir a una persona simplemente por el afán de obtener dinero.

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