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La educación y las mujeres

Lila Ochoa

La educación y las mujeres Foto: Paloma Villamil

El derecho de la mujer a la educación es coartado por fundamentalismos de toda laya.

¿Por qué les tienen miedo los hombres a las mujeres educadas?, me preguntaba hace unos días, mientras leía un artículo acerca de cómo 70 niñas afganas habían sido envenenadas en su colegio. Aunque hasta hoy nadie se ha atribuido la autoría, no es difícil imaginarse que es obra de los talibanes, quienes se oponen a la educación de las niñas y adolescentes y la prohibieron durante los años que duró su régimen fundamentalista islámico.

En pleno siglo XXI se siguen sucediendo casos abominables como el de Malala, adolescente pakistaní a quien le dieron un tiro en la cabeza por defender el derecho de las niñas de su país a recibir educación. Pero lo grave no es que usen la religión, las costumbres y la tradición para violar los derechos humanos de las mujeres, sin consecuencia alguna. Lo que asusta es que en las Naciones Unidas, los delegados de la Comisión sobre el Estatus de la Mujer no hayan logrado ponerse de acuerdo para legislar en defensa de los derechos de las mujeres —entre estos el de la educación— y prevenir la violencia de género.

Pero, ¿qué Estados se oponen a que realmente se introduzca una legislación? Nada menos que el Vaticano, Rusia e Irán, supuestamente por razones culturales y religiosas. Uno podría pensar que ese desprecio por las mujeres se da solo en la religión islámica, pero vale la pena recordar que en el Concilio de Trento (1563) la Iglesia católica decretó por un solo voto de diferencia que las mujeres sí teníamos alma. Hasta ese momento no éramos personas, no sé si para la jerarquía católica éramos cosas o animales.

Y ya sabemos que el Vaticano e Irán no cejan en su esfuerzo por controlar los derechos de las mujeres. No se puede hablar en el Vaticano del derecho de ellas al aborto o a ordenarse de sacerdotes, ni en Irán del de conducir un automóvil.

Pero, ¿por qué se opone Rusia? Es de suponer que Putin y su gobierno son antifeministas, misóginos, o a lo mejor están tratando de quedar bien con los Estados islámicos. Yo no tenía muy claro que los rusos fueran antifeministas, finalmente, la zarina Catalina la Grande fue una de las pocas mujeres que tuvieron un poder real en su época. Pero la historia de sojuzgamiento a los siervos en Rusia hace pensar que tampoco son muy amantes de una población educada e independiente.

Lo único que se sabe con certeza es que la violencia de género es una epidemia y que impedir que las mujeres se eduquen es limitar el desarrollo de los países, pues finalmente las mujeres constituimos el 50 por ciento de la población. Quienes se oponen a este derecho temen perder el control sobre la población femenina, pues una mujer educada es capaz de romper con los vínculos de subordinación y evitar la discriminación, tanto en lo público como en lo privado. Los que se oponen arguyen que la mujer no es apta para ciertas labores de carácter masculino y que por lo tanto, si se les permitiera ejercerlas, se distorsionarían la sexualidad y la competencia laboral.

La educación es un derecho fundamental que se debe garantizar a hombres y mujeres.
Solo a través de esta la mujer podrá realizarse dentro de la sociedad, dice Ana María Navarrete en su libro "La mujer y el derecho a la educación en Colombia".

En el caso de Colombia, en 1933 se estableció el grado de bachiller y en 1935 se aprobó la educación mixta para permitir la entrada de las mujeres a la universidad. La Iglesia y algunos sectores conservadores se oponían a su ingreso a la educación superior, pues contradecía la visión masculina del mundo de ese momento. Aunque tardíamente con respecto a los países europeos, Colombia ha logrado un gran avance al respecto y hoy las ejecutivas colombianas no solo ocupan altos cargos, sino que también son respetadas y admiradas por sus conocimientos y desempeño. Pero, lejos de lograr una verdadera igualdad, en las clases menos favorecidas la educación es todavía prioridad del hombre.

Lo increíble es que la ONU no haya podido implementar estos derechos y que Polonia, Egipto, el bloque de países islámicos y los grupos cristianos norteamericanos se opongan a la firma del documento respectivo. El hecho de que no se legisle en serio pensando que se debe respetar la tradición y la religión permite que casos como los de India, Afganistán y Pakistán sigan sucediendo.
Todavía hay millones de mujeres esperando hacer valer sus derechos y no sé cuántos años o siglos tardaremos en que estos sean una realidad. Señores expresidentes, ¿no es hora de que dejen de pelear por bobadas y se ocupen de los problemas reales de este país? 

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