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Tiempos de confusión

Lila Ochoa

Tiempos de confusión Lila Ochoa. Directora revista FUCSIA.

¿Un hombre que conozca los usos del Clorox y las propiedades de la caléndula? No, no y no.

Hay demasiadas cosas que por estos días nos tienen confundidas. El hecho de tener que ser políticamente correctas nos está obligando a vivir una doble vida. Una cosa es lo que decimos en público y otra en privado. Por ejemplo, todas las mujeres quisiéramos reivindicar nuestro derecho a usar la talla de ropa que nos dé la gana y nos quede bien, pero la verdad es que nos morimos de hambre haciendo dieta.

Cuando una mujer no se ha casado, lo primero que dice es que le fascina la vida de soltera y suelta un discurso sobre la independencia y la cotidianidad bajo control, pero lo cierto es que se pasa las horas frente al computador mirando perfiles de hombres en las páginas especializadas en encontrar pareja. Si se han hecho cirugía plástica, lo niegan hasta la muerte y consideran una ofensa que se hable al respecto. Solo aceptan que se han hecho unos cuantos retoques y uno que otro relleno. Lo malo es que las fotos de las notas sociales las delatan y todo el mundo termina enterándose de sus peripecias estéticas.

Ni hablar de las que se están leyendo el libro de moda, 50 Shades of Grey (‘Cincuenta sombras de Grey’), un libro sobre la sumisión sexual femenina, por cierto bastante mal escrito, además de aburrido después del primer tomo. Pocas reconocen que lo están leyendo y si alguien las pesca, lo esconden inmediatamente.

Esta especie de bipolaridad nos está haciendo perder el norte y, diría yo, hasta enloqueciendo. No creo que haya nada de raro en tener ideas propias y estar en desacuerdo de vez en cuando con los demás. ¿Por qué se tiene uno que pasar la vida justificándose ante los amigos y enemigos?

El rol del hombre en el mundo de hoy es tal vez lo que más nos confunde, tanto a ellos como a nosotras. Según una encuesta hecha por el American Sociological Review a 4.500 parejas heterosexuales, lo último que quiere una mujer es un “hombre moderno”. Es decir, uno que se ocupe de la mitad del trabajo de la casa, que limpie los pisos, lave la ropa y tienda la cama. Por lo visto, ese tipo de hombre que todas mencionamos en público como “el hombre ideal” no es ni remotamente el que queremos y la ciencia así lo confirma.

De acuerdo con un estudio hecho en el Instituto de Madrid, en España, las parejas tradicionales, en las que cada uno desempeña el rol que toca, tienen 1,6 más sexo que las parejas modernas que tratan de ser iguales en todo. Por eso digo que estamos confundidas. No quiero generalizar, solo sé que no me imagino a mi pareja lavando el piso y hablándome de las maravillas del Clorox. 

Eso no tiene nada de sexy y estoy aburrida de las mujeres que pretenden que su pareja se encargue de una parte de los oficios de la casa. Un hombre hablando sobre los desinfectantes para combatir los gérmenes en la cocina no es precisamente mi ideal. O el metrosexual que se entusiasma con las propiedades de la caléndula y toma té verde porque contiene antioxidantes, y no café. Creo que este puede ser un buen amigo, pero no precisamente un amante.

Más de la mitad de las mujeres que conozco saldrían corriendo ante esta perspectiva, porque estoy segura de que les gusta exactamente lo contrario. Eso no quiere decir que haya que irse a los extremos, pues tampoco me parece bien un marido tirado en el sofá viendo televisión, o el Neanderthal que lo agarra a uno del pelo y lo arrastra, como en Los Picapiedra. Eso tampoco tiene nada de sexy.

Vivimos en un mundo cambiante y problemático para ambos géneros. Para los hombres es cada vez más difícil entender lo que quieren las mujeres y por eso tienden a decir mentiras, asumiendo un papel políticamente correcto. Pero nosotras estamos en las mismas. En una frase, este relajo se parece mucho al de la cocina después de haber preparado “una paella para treinta”.

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