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Piedad Córdoba: La temeraria

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Piedad Córdoba: La temeraria Foto: ©Paloma Villamil/13

Está convencida de que la política es como un apostolado, por eso no ha renunciado a ejercerla, aunque no le haya traído más que estigmas y condenas. Ser mujer, ser negra y de izquierda ha sido una suma de obstáculos. Ella persiste.

Una mujer blanca se casó con un hombre negro, negro de verdad, como los que da el Chocó profundo. Loca, le dijeron a ella. Loco, lo sentenciaron a él. Sin embargo, la condena del mundo no fue la cárcel para ellos, que decidieron tener hijos y hacerlos crecer en esa línea intermedia, en esa mezcla fértil que daban los dos colores de piel mezclados. Su valentía tenía que ser heredada por esos hijos que tendrían también que soportar el señalamiento.

“Hazte tus trenzas, ponte tus turbantes, me decía mi mamá”, recuerda Piedad Córdoba, hija de esa mujer blanca y ese hombre negro que con su unión sellaron su destino. Piedad se hizo las trenzas que, más que unos pelos entrelazados, eran la manera con la que su madre la alentaba a no tener pena.

Muchos años después, montañera aún, cuando llegaba a Bogotá para embarcarse en la política, Piedad Córdoba, la que tenía como misión defender la Ley de las Negritudes en la Cámara, le pedía a una mujer del interior que le hiciera un peinado elevado, hecho de largas tiras de pelo trenzado. La mujer le dijo que ese estilo, en la capital, era propio de las que se encargaban del servicio, que era mejor que se hiciera otra cosa. Ante tal atrevimiento, Piedad no solo terminó ella misma encargándose del peine, sino que además fue por un turbante, uno de esos que pensó imposible llevar en Bogotá, y se lo amarró como lo había aprendido de niña. “También es un grito lo que yo represento. Mis trenzas, mis turbantes, mi ropa es una forma de expresar lo que siento por ser afrodescendiente, es una forma de desafiar a aquellos que me caricaturizan como negra, como si eso fuera un delito o un pecado”, dice Córdoba.

Esa Ley de las Negritudes para la que tanto se alistaba no solo casó a la entonces representante a la Cámara con sus coloridos turbantes y sus peinados para siempre, sino que además fue la que le sembró en el pecho el ardor de la política. “Entrar a la política fue muy difícil, llegas a un espacio lleno de hombres que empiezan a merodearte, primero te quieren seducir y después, invisibilizarte, para luego sentir menos vergüenza de engañarte, como me pasó a mi cuando, estando en el exilio, dejé a mis hijos para venirme acá porque querían que encabezara el Congreso, y cuando llegué tranquilamente me dijeron que mejor no. Me pregunto si eso se lo hubieran hecho a un político hombre”, cuestiona la que en estos días no deja de responder el teléfono en medio de marchas y diálogos de paz.

Ser mujer, ser negra, ser de izquierda, le traería en realidad más de un tropiezo y muchos desengaños. Cuando Carlos Castaño la mandó secuestrar por escuchar en unos casetes cómo despotricaba contra él, Piedad Córdoba tuvo que aprender a desprenderse de la vida sin mucho aspaviento. “Segura de que me iban a matar, le escribí una carta a mi mamá en la que le encomendaba a mis cuatro hijos y mientras escribía me fui dando cuenta, ahora me sorprende, que ya me sabía muerta”. Cuando su hija desapareció en extrañas circunstancias decidió asumir la culpa, era ella la responsable de todo lo que le pasaba a su familia, o eso le reclamaban, al menos. 

Cuando el 13 de noviembre del 2007 aparecieron unas fotos de ella, para entonces facilitadora para el intercambio humanitario, con una boina de la guerrilla, abrazada a los comandantes del grupo insurgente, Piedad Córdoba tuvo que reconocer su falta de cálculo. Tuvo que reconocer que en el mundo de la política una gorra nunca es una mera gorra. “Fue falta de cálculo y sé que mucha gente se sintió ofendida. En ese momento, cuando me regalaron flores y me dijeron que yo era la que podría abrir la puerta para el intercambio, no sospeché el valor político de una gorra, pero ponérmela no significaba que yo acogiera la lucha armada, mi lucha ha sido todo lo contrario, que los armados salgan de ahí, esa gorra fue una manera de decirles ‘somos iguales, podemos hablar’, pero sé que fue un error; si lo hubiera calculado o sopesado, no me la hubiera puesto”, confiesa Córdoba, quien a pesar de estar inhabilitada por 18 años para ocupar un cargo público por una sanción que le impuso el procurador general, Alejandro Ordóñez Maldonado, “por haber promocionado y colaborado con las Farc”, sigue creyendo fielmente en la política: “Es como un apostolado”.

Piedad Córdoba prefiere no ir hoy a los matrimonios de los amigos cercanos de sus hijos para no indisponer el ambiente; soporta escupitajos y groserías cuando se asoma a un aeropuerto o a un centro comercial. Lidia con la estigmatización, que aunque no la quiebra del todo, la va minando por dentro, “hay cosas que nunca podrás volver a tener”. Una cotidianidad así hace que tener una familia, ocuparse de los hijos y del amor sea quizá tan complicado como la política misma. “Confieso que le tengo mucho miedo a la vejez sola. Se paga un precio alto. Yo podría ser un ejemplo del tremendo costo que supone ser una mujer contra la corriente”, asevera Córdoba, que muchas veces fue persuadida por su marido y su familia de que dejara de hacer eso tan molesto que hacía, “pero uno siempre puede tomar una opción, la mía fue divorciarme”.

A pesar del miedo a la soledad, también a las arrugas, Piedad Córdoba sigue insistiendo en sus propósitos y está más involucrada que nunca en los avatares políticos del país. “Soportar todo lo que he pasado me acercó al dolor de los otros y de alguna forma potenció mi capacidad de ser una interlocutora válida para diferentes grupos armados como los paramilitares, también con el Eln”, cuenta Piedad.

Aún hoy, alejada mucho ya de esas realidades de infancia, época en la que a quien había que hacerle frente era al niño molesto de la cuadra, y enfrentada a luchas de tamaños enormes, ella se pone sus turbantes como si se enrollara una cobijita de niña entre los dedos y se sintiera así más protegida.

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