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¡A renovar votos! Ilustración: ©Ivo/13

Hace un año me estrené como columnista de esta revista con una confesión sobre mi talante envidioso. En este primer aniversario quiero renovar mis votos frente a la envidia, porque creo que no siempre es mejor despertarla que sentirla.

Cada día descubro nuevos motivos para envidiar a los demás. Aún no he encontrado razones para renunciar a este sentimiento; por el contrario, me reafirmo sobre la importancia de llevarlo adscrito a mi vida.

Imagínense que soy de esa gente que en los aviones, sin importar si pide pollo o carne, mira siempre el menú del vecino para ver de qué se perdió. De esas que en los conciertos se fijan si valió la pena pagar platea o si las boletas de general aguantaban, de aquellas que en Navidad comparan el regalo que les da el jefe con en el que le dio a la de al lado.

Aunque la mayoría de las veces me alegro de haber pedido carne y haberle invertido a la boleta de platea, y aunque generalmente me gusta más mi regalo que el que recibió la de al lado, lo interesante es lo que hago cuando pasa lo contrario.

Cuando no salgo ganando, la envidia me abre un abanico de posibilidades: anoto mentalmente que el pollo en esa aerolínea sube al podio y lo tengo en cuenta para los próximos viajes; anoto también que en el Palacio de los Deportes aguanta la boleta barata, o digo en voz alta, delante del jefe, que a mí me gusta más el morado que el naranja, pensando que siempre habrá otra Navidad.

Eso significa que a mí la envidia no me inmoviliza, me mueve.
Mi envidia a los que viajan ligeros de equipaje hace que cada tanto saque de mi casa y de mi vida aquello que no ocupa un lugar importante. Como envidio a los irresponsables y a quienes no le temen al futuro, estoy entrando en la onda de la confianza, soltando cosas que me dan seguridad para asumir más riesgos.

Como también envidio a los que crean cosas con sus manos: artistas y artesanos, chefs, ilustradores, costureras, joyeros, procuro sacar a pasear la vieja creencia de que nací con dos manos izquierdas para darme permiso de dibujar, cocinar, decorar. Uno no tiene que ser bueno en todo lo que hace, esa es solo una idea castradora.

La envidia hacia los que viven de hacer solamente lo que más les gusta me ha llevado a estudiar lo que realmente me interesa, sin importar que sea poco taquillero ni esperar que “engalle” mi hoja de vida. Esa misma envidia me hace considerar endeudarme sin angustias.

Y como a los viajeros los he envidiado siempre, cada año hago más viajes. Pero, sobre todo, hago viajes poco planeados, un poco incómodos, de esos en los que para no cargar mucho peso tienes que repetir jeans y evitar comprar regalos. Y en vez de maquillaje y tacones, cargo siempre en la maleta unos tenis extra.

La envidia me ha ayudado a apreciar la diversidad, a valorar los talentos ajenos y a comprometerme con los propios. Por eso la quiero a mi lado, la seguiré queriendo mientras me siga inspirando. Me comprometo hoy ante ustedes, testigos de mi envidia, a alimentarla y aprovecharla todos los días de mi vida. A cambio, espero que ella siga siendo mi musa y mi motor.

Para convivir juntas el tiempo que nos quede y poder vivir con la nostalgia de no saber qué se siente ser judía ni musulmana, deportista de élite, cura ni bloguera de moda, hago estos votos procurando conocer a mucha más gente distinta a mí. Gente a la que pueda envidiar, gente que lea los libros que yo no leo y que nunca haya leído los libros que leo yo.

Todo el mundo sabe lo halagador que resulta ser envidiado, pero no todos reconocen lo iluminado y desafiado que puede sentirse un envidioso. Yo sí, porque a mí ese sentimiento me ha motivado durante estos años. Por eso, no dudo en repetir: “¡querida envidia, quédate a mi lado!”.

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