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Los hijos y la felicidad Los hijos y la felicidad

Podemos amar a nuestros hijos, pero no garantizar nuestra felicidad ni la de ellos.

Por: Lila Ochoa, Directora Revista FUCSIA
 
Siempre había pensado que uno de los momentos más felices de mi vida fue el día en que nació mi hija mayor. Esto no quiere decir que con mis otros tres hijos no haya sentido una emoción profunda, simplemente, la de mi hija fue la primera. Pero acabo de leer un artículo de la revista norteamericana The New Yorker, que dice que el que espera que los hijos lo hagan feliz puede sufrir una desilusión. El artículo se basa en un estudio que concluye que las parejas que no tienen hijos tienen más probabilidades de ser felices que las que los tienen.

Aparentemente, una madre sólo puede ser tan feliz como lo es el menos feliz de sus hijos. Pero yo creo que la felicidad no tiene nada que ver con tener hijos o no tenerlos. Los padres que creen que están obligados a procurar la felicidad de sus hijos a toda costa son, tal vez, los que se desilusionan. El problema no está en los hijos, sino en la falta de sentido de la realidad de los papás que tienen la convicción de que son responsables de la felicidad de sus hijos.

La felicidad no puede ser un estado permanente, ni depende de otras personas. Uno no puede esperar que los hijos no lloren, no hagan pataletas, no se raspen una rodilla o no tengan, cuando ya son adultos, una pena de amor. Esa situación no existe, no sucede en la vida real, pues ésta constituye un conjunto de dificultades y buenos momentos. Pensar que uno le puede procurar una vida perfecta a un hijo, sin sufrimientos es, más que una utopía, una bobada.

La idea es más bien darle a los hijos las herramientas necesarias para que encuentren las soluciones a sus problemas, para que logren sobreponerse a las dificultades. Ellos son los que deben encontrar la felicidad, no los padres. No quiero decir con esto que la felicidad de un hijo no sea problema de uno, simplemente no está en sus manos. Por eso, no creo en la teoría que dice que los hijos sólo traen sufrimiento a la vida de los padres.
No sé si el hecho de que hoy en día haya un exceso de información que hace que las madres piensen que ellas sí van a lograr los que las suyas no lograron, las ponga en una situación utópica. Las primerizas siempre están en conflicto, pues creen que tienen el poder de hacer felices a sus hijos, y no siempre un pañal limpio o un tetero son la solución al problema, pues desde el primer momento las emociones juegan un papel crucial en el ser humano y, como es difícil adivinar qué sienten los bebés, se hace difícil también reaccionar correctamente. La llegada de un hijo trae mucha felicidad, pero también mucho trabajo, y no hay que confundir la felicidad con el amor. Amor es lo que uno siente, independientemente de las emociones positivas o negativas.

Es apenas natural que un bebé produzca tensión en el matrimonio, y la pareja tiene que aprender a manejarla para que no se produzca un daño irreparable en la relación. Por ejemplo, no es fácil recobrar la intimidad con un bebé llorando, se necesita paciencia y tiempo. Igualmente, hay otra serie de factores que nos afectan a las mujeres después del parto, que desconocemos y que nadie nos explica. Uno se siente gordo, feo y sin cerebro.

Es un hecho que una mujer se demora en volver a la normalidad, a mí me tomó siete años volver a leer un libro y pensar en algo distinto al cuidado de mis hijos. Pero mirando hacia atrás, creo que lo mejor que me trajo la vida fueron mis hijos y esos momentos de felicidad no hay MasterCard que pueda pagarlos.

Sufrimiento sí lo hay, y mucho, pero me cuesta creer que haya alguien que espere que la vida no sea así. Uno no entiende un sentimiento cuando no lo ha vivido, por eso, es imposible explicarle la felicidad que producen los hijos a una persona que no los ha tenido. Tal vez tener un nieto es lo único que supera esta felicidad, pues es un amor sin responsabilidades. Me imagino que tampoco tengo el poder de hacer feliz a ese niño, pero tampoco tengo esa expectativa. Vivo y gozo cada instante que comparto con él, sin pensar en el mañana.

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