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No, señores. ¡Yo no tengo que aguantar su falta de control hormonal!

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No, señores. ¡Yo no tengo que aguantar su falta de control hormonal! Foto: Pinterest

Bajo la premisa de que "los hombres son hombres", se excusa la actitud de muchos repsentantes del género masculino que tienden a "piropear" a las mujeres en la calle. Una actitud que no puede seguir denominándose galantería, sino acoso callejero.

*Julia Alegre

Las mujeres hemos sufrido acoso callejero desde que el mundo es mundo y nosotras nos dimos a la tarea de caminar sobre él (insolentes). Pero tras siglos de soportar todo tipo de improperios mientras se transita por el espacio público; insolencias encubiertas bajo un decoro insultante y groserías de esas que hacen que todo el cuerpo se retuerza de forma involuntaria por la repugnancia que producen tanto los “piropos” de los que se es destinataria, como el sujeto que tuvo la valiente idea de pensar que necesitabas oírlas,  es ahora cuando se acuña el término ‘acoso’ para designar a este tipo de asaltos callejeros del que es VÍCTIMA, en mayúsculas, el género femenino. Sin excepción. Porque que levante la mano quien de nosotras no ha tenido nunca que soportar las groserías de algún pendejo mientras disfrutaba de una apacible caminata. Yo mantengo la mía bien guardadita…

Pongámonos en situación.  Yo en un taxi a las doce del medio día después de haber estado toda la mañana corriendo de un lado a otro haciendo vueltas del trabajo. Irritada, hastiada y por qué no, mamada del trancón que caracteriza la movilidad en la capital. También de la incómoda charla del taxista: “¿Es española? Las españolas son muy bonitas. ¿Le gusta bailar?”. Por fin, llego a mi destino, agobiada por todo lo que me espera por hacer en la redacción. “Le digo cuánto ha costado la vuelta si me da dos sonrisas”, me dice el taxista orgulloso de su propia ocurrencia. “Y si me da otras dos más le doy sus vueltas”, añade a continuación, sin percatar que mi cara ha adoptado un gesto de repulsión.   Y ahí que le brindé sus cuatro sonrisas sin pedir la cuota por tal desgaste de energía, preguntándome si eso mismo les exigía a todos los tipos, hombres, que se subían a su destartalado vehículo…

Apuesto a que mucho tacharán mi postura como radical. Me comprometo a dejarme avasallar –momentáneamente, que una no es tonta- por los que van a describir esta situación de normal o tacharla de pura galantería masculina –“es que los hombres son hombres”, claro, claro…-. Pero repito, con especial dedicación a esos que van a cuestionar mis argumentos, ¿por qué tengo que aguantarme el subidón de hormonas de un tipo y su incapacidad de mantener la boca cerrada? De hecho, ¿por qué tengo que soportar que me haga sentir incómoda por su falta de autocontrol hormonal?

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Daré más ejemplos. El otro día decidí ataviarme con un vestido para ir a trabajar. Y aquí es donde todos nos deberíamos replantear el por qué yo, una mujer, voy a dar las siguientes explicaciones. Primero, las que tratan sobre el por qué decidí vestirme así. Segundo, las que aclaran cómo era la susodicha prenda. Todo ello para ilustrar el por qué no procedía lo que esta generó en la actitud de ciertos transeúntes masculinos que se cruzaron en mi trayecto hacia mi puesto de trabajo. Pero lo haré por una única cuestión: para que nadie me venga con contraargumentos de esos fáciles y sexistas a modo de “es que seguro que la falda era muy corta” o “ibas muy provocativa”. Allá va pues: vestido verde de largo rozando las rodillas, sin escote alguno y acompañado de unas medias negras tupidas y unas botas sin tacón a la altura de los tobillos. ¡Ah! Y me lo puse para mí y por mí, es decir, porque me dio la real gana.

Habiendo clarificado a regañadientes cómo era mi look, aquí van las cifras. Durante mi caminata al trabajo contabilicé cuatro partidas de cuello masculinas obscenas y exageradas; dos rupturas de círculo humano, hombres todos ellos, que hiciera más visible a los mirones mi tránsito, es decir, no para facilitarme el pasar; tres chiflas a la altura de mi oído; un desagradable “hola bebé” y, para rematar, un “¡uy mamacita, que es todo eso!”. Todo ello en apenas 30 minutos.

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Caminando por el espacio público, una se vuelve previsora y se arma con un sexto sentido que le permite vaticinar este tipo de actitudes y lo incómodas que van a resultar. Pero eso no evita que acabe agachando la cabeza o poniéndome roja de la rabia y la vergüenza al ser el blanco de este tipos de actitudes sexistas e innecesarios. Otras veces, soy capaz de hacer frente a los responsables de tales acciones y reprenderles por ello. Pocas, muy pocas...

Y no hay derecho señores. No hay derecho a que me traten como carnaza por su incapacidad de controlar sus ínfulas de macho alfa. No hay derecho a que crean que quiero o necesito para el desarrollo normal de mi vida o para ensanchar mi autoestima, vaya usted a saber, escuchar los improperios y las barbaridades que escupen por la boca a modo de “piropos”. A que tenga que cambiar la dirección de mi itinerario diario cuando veo a lo lejos un grupo de hombres apostados en la calle por la que tengo que transitar. No hay derecho a que tenga que soportar sentirme invadida y amenazada en mi propio cuerpo.  Y no, no hay derecho a que sus hormonas hablen por ustedes y nos lo hagan padecer a nosotras.

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Acerca del blog:

El síndrome de la mujer pensante

Ni somos el sexo débil, ni se nos ha forjado para dejar el cerebro en casa, privado de toda actividad. Vivimos en una época de transformación, de inmediatez, de información y de libertad. Es el momento de hacer alarde de todas las posibilidades que se nos brindan; de apostar por una sociedad que no invalide la crítica constructiva proveniente de una mujer por tratar temas susceptibles y duros que, indudablemente, la repercuten. Este es el espacio para la ironía, el análisis, la contestación, la liberación... El todo y el nada.



Julia Alegre es una periodista española especializada en Cooperación Internacional y Acción Humanitaria. Actualmente desarrolla su trabajo como redactora en Fucsia.co.
JAlegreB@semana.com y @JuliaAlegre1

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