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"Estar en esa playa es tan placentero como ver Netflix todo un fin de semana, pero mejor, porque no hay casa y tampoco hay Netflix."

Hay una playa lejos de casa donde nos podemos echar a ver el mar brillar. Las aguas son transparentes, profundas y siempre están frías así sea verano, el termómetro marque cuarenta y el sol dure tanto que parezca que nunca se va a ir. Te sumerges y es tan baja la temperatura que sientes lanzas atravesándote la piel, pero una vez te acostumbras no quieres salir de ahí.

El mar es de un color inenarrable, de esos que solo se consiguen poniéndole al agua muchos filtros de Instagram, y pasa de azul turquesa a verde en cuestión de metros. Hay arena, pero no fina como en las playas del Caribe. Caminas y te maltratas un poco los pies, pero todo se vale con tal de llegar al agua. También hay rocas y pinos, llegan lanchas, sirven comida y se oye música a la distancia.

La playa en cuestión queda en una isla. A ella asiste la cantidad de gente necesaria para que estés acompañado sin llegar a sentirte agobiado. Y son de todos lados del mundo, oyes diferentes idiomas, por eso, aunque está apartada de todo, no pierdes el contacto con el mundo. La única manera de aislarse completamente es sumergiéndose en esa agua en la que no hay nadie más que tú. Y si nadas lo suficientemente cerca al fondo, puedes ver tu sombra andando por ahí.

Brilla el sol y corre la brisa, y a cierta hora, después de mediodía, la luz cae de tal manera que hace que del agua salten chispas de luz. Pasa de todo y no pasa nada. Hablar, dormir, escuchar música compartiendo audífonos, simplemente mirar. Se puede también llevar un libro que no se va a leer porque en playas así el reloj no anda y todas las horas son muertas, pero al mismo tiempo vuela tanto que no alcanza para nada.

No hay que trabajar, pero si alguien quiere llevar el computador para hacer cuadros de Excel un rato es válido. Nadie anda de afán, todos se sienten afortunados por poder estar en un lugar así, pero nadie lo comenta en voz alta. También se hacen amigos aun sabiendo que nunca se volverán a ver, o precisamente por eso. Es un mundo perfecto porque, como dice una caricatura, en vestido de baño pareciera que nadie tiene la culpa de nada.

Estar en esa playa es tan placentero como ver Netflix todo un fin de semana, pero mejor, porque no hay casa y tampoco hay Netflix. Ver Netflix no está mal, pero está sobrevalorado. Uno lo defiende porque no tiene el tiempo o el dinero para escaparse a la playa de la que te hablo, pero la verdad es que, comparado con ella, Netflix queda como lo que es: una persona llena de miedo, encerrada en la soledad de su casa, narcotizándose a series y perdiéndose la vida misma.

Todos nos merecemos una tarde en una playa de esas, una tarde de verano que nos dure tanto que alcance para recordarla en las tardes de invierno que se vienen. Es la vida misma con toda su cotidianidad, pero en un sitio irrepetible. Es mero protocolo todo esto que escribo, pero para simplificar, la estaba describiendo a ver si te antojabas. Te estoy invitando a que me acompañes a esta playa porque, aunque contigo me entretengo hasta contando los huecos de la calle sentados en el andén, no encuentro a la fecha una mejor manera de proponerte que pasemos el día juntos.

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