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La saga Murdoch Foto: AFP

La tercera no fue la vencida. A sus 82 años el magnate de los medios se está divorciando de su última esposa y añade un nuevo capítulo al novelón de su escandalosa vida personal y profesional.

Cuenta la leyenda que Rupert Murdoch lloró desconsolado cuando se enteró de la muerte de Lady Di. Sin embargo, para decepción de los más románticos, ese gesto de consternación no fue producto de sentimentalismos sino de un cálculo económico: había perdido la gallina de los huevos de oro que llenaba las páginas de sus periódicos sensacionalistas The Sun y News of the World.

Gracias a su consigna de darles a los lectores lo que quieren, “una mezcla entre lo vulgar y lo santurrón”, construyó el imperio de las comunicaciones más poderoso del planeta. Lástima que en el fondo tenga algo de pudor, pues de lo contrario su propia vida sería una fuente inagotable de material para vender millones de pasquines. Especialmente ahora que se divorcia de Wendi Deng, la tercera señora Murdoch, una asiática con fama de oportunista, casi cuatro décadas menor que él, con quien en sus catorce años de relación tuvo dos hijas.

La noticia de que desde hace seis meses están en crisis aparece justo cuando la empresa del magnate, News Corporation, se encuentra en pleno proceso de división en dos empresas: una dedicada al entretenimiento, que cuenta con Twentieth Century Fox Studio, responsable de las dos películas más taquilleras de la historia, "Avatar" y "Titanic"; y la otra, a la prensa, con diarios de prestigio como The Sunday Times, The Wall Street Journal y The Sun, el de mayor circulación en el Reino Unido.

En los medios ajenos a Murdoch no han faltado quienes anticipan una batalla campal en la que estaría en juego su fortuna de más de 11.000 millones de dólares y un emporio avaluado en 70.700 millones, responsables de que, a pesar de los reveses que ha tenido, como el escándalo de las chuzadas, este australiano nacionalizado norteamericano se ubique en el puesto 33 de los más ricos de Estados Unidos, según Forbes.

Pese a las especulaciones, voceros de la compañía han dado un parte de tranquilidad asegurando que el fin del matrimonio no tendrá implicaciones financieras. Después de todo, la lección podría haber quedado aprendida en 1998, pues la histórica separación de su segunda esposa, Anna Torv, le habría costado 1.700 millones de dólares, de los cuales se dice le entregó 110 millones en efectivo. Con Deng se habría blindado al firmar un acuerdo prenupcial que supuestamente renovó con dos ajustes posteriores.

Pero, como dice el refrán, “en el juego y el amor todo se vale”. Y Murdoch, como buen estratega, siempre ha querido jugar con mujeres que lo hacen sentir poderoso: una azafata, una periodista, y su traductora y empleada. La primera, quien falleció en el 2000, pasó sin pena ni gloria, a excepción de que con ella tuvo a su primera hija, Prudence. Tal vez porque en ese momento no había tantas mansiones ni tantos medios por qué pelear, pues cuando se casaron él había heredado recientemente de su padre un modesto periódico en Adelaida, Australia, aunque ya hacía lo suyo para conquistar el mercado local. Se llamaba Patricia Booker y la unión duró once años.

Pero en 1967, el mismo año de su divorcio, se casó con Anna, a quien le tocó durante sus más de tres décadas juntos la suerte de verlo en acción, convirtiéndose primero en amo y señor de la prensa inglesa antes de tomarse el mundo. Ella trabajaba como periodista practicante para The Daily Telegraph de Sydney (parte de News Corporation) y en una oportunidad le fue asignada la tarea de entrevistarlo. Desde entonces iniciaron una relación que produjo tres hijos: Elizabeth, Lachlan y James. Cuentan que la escritora y filántropa le pedía a su esposo dedicarle más tiempo a ella y menos al trabajo, y que descargara responsabilidades en sus hijos. A pesar de sus reclamos, ocupaba una posición en la junta directiva de la organización y fue pieza clave de su expansión, tal vez demasiado para su gusto pues con esta llegó la amenaza china: Wendi Deng. Murdoch siempre ha dicho que ese romance se inició cuando ya se había separado, a los 67 años, pero al parecer Anna, entonces de 53, no estaba bien informada y mantiene otra versión: “Pienso que el affaire de Rupert, que no es un argumento original, acabó con lo nuestro… Yo creía que teníamos un matrimonio feliz. Obviamente no era así”.

Todo comenzó a finales de la década de los noventa durante una visita del presidente de la compañía a su firma Star Tv, en Hong Kong. Deng había llegado hasta allí después de realizar sus prácticas en Fox, en Los Ángeles, donde notaron su habilidad para los negocios y el valor agregado de su idioma. Por eso cuando Murdoch viajó a la región en busca de oportunidades, ella fue su intérprete. El flechazo se produjo con una simple pregunta demasiado directa para ser de una empleada anónima al jefe máximo: “¿Por qué su estrategia en China es tan mala?”.

Sus detractores consideran que hace lo que sea para lograr lo que quiere. Originalmente se llamaba Deng Wenge, que significa “revolución cultural”, pues nació en ese periodo orquestado por Mao Zedong para luchar contra el capitalismo. Sin duda su nombre no representaba su ambición y, para americanizarlo, lo cambió a Wendi. “Como crecí siendo pobre, aspiraba comer carne regularmente. Ahora que puedo comerla tres veces al día me dicen que no lo haga”, bromeó recientemente durante su brindis en honor a la escritora vegana Kathy Freston.

En su adolescencia, la menor de cuatro hijos no solo demostró su talento deportivo en el voleibol sino en lo académico, y a los 16 años empezó a estudiar medicina. Pero China le quedó pequeña. Y se las ingenió para conseguir su tiquete rumbo a su sueño americano; para ello conquistó una pareja de gringos que terminaron viviendo una pesadilla. Se trataba de Joyce y Jake Cherry, que estaban en Asia temporalmente mientras él ayudaba a establecer una compañía de refrigeradores.

Se conocieron por un amigo en común y Deng les manifestó su deseo de aprender inglés. Con una actitud maternal, Joyce se encargó de darle clases hasta que, sin su marido, regresó a Los Ángeles para que sus hijos fueran al colegio. Las malas lenguas dicen que Jake la llamó para pedirle que patrocinaran la visa de estudiante de la adolescente con la que se habían encariñado y que arreglara los trámites. A los 19, Deng estaba viviendo con los Cherry y compartiendo habitación con sus niños cuando la dueña de casa encontró unas fotos tomadas por su esposo cincuentón a esa belleza exótica de 1,77 metros de estatura en poses coquetas. El matrimonio se terminó, pero empezó uno nuevo: el de Wendi y Jake, aunque solo duró poco más de dos años, tiempo suficiente para que la asiática obtuviera la "Green Card" y pudiera quedarse a sus anchas en Estados Unidos. Él habría descubierto que le era infiel.

En esta historia de superación de la joven inmigrante no todo fue tan fácil: trabajó como mesera en un restaurante chino para poder terminar de pagar sus estudios de economía, antes de lograr su MBA de Yale. Estos detalles harían entrar en cólera a Murdoch cuando luego de su matrimonio con Deng, el cuento completo salió a la luz en The Wall Street Journal. Eso sí, años más tarde compró el periódico.

Solo dos semanas después del divorcio entre el magnate y su segunda esposa en medio de los reparos de su familia, incluida su mamá, él y la asiática estaban en un yate celebrando su unión. Aun así, Anna Torv se aseguró de cobrarle un alto precio a su exmarido por la libertad: en su acuerdo de divorcio quedó estipulado que los hijos de los dos matrimonios anteriores tendrían el control del conglomerado después de la muerte del padre y que no podría cambiar la estructura del fondo que maneja la compañía unilateralmente. La situación se complicó con la milagrosa llegada, después de superar un cáncer de próstata, de dos retoños más: Grace y Chloe.

Como dato curioso, se hizo célebre la anécdota de que Wendi era deslenguada porque habría revelado que su marido tomaba viagra, aunque ella se ufanaba de que no lo necesitaba. Para aminorar la tensión familiar, Murdoch habría pagado a sus herederos mayores alrededor de 150 millones de dólares en acciones, con el fin de que las dos pequeñas fueran incluidas en el fondo, aunque el arreglo no les permitirá a estas tomar ninguna decisión.

Lógicamente, Deng no quedó contenta, aunque ha gozado de los lujos que siempre creyó merecer. La que antes ni se maquillaba, ahora parece modelo y solo usa atuendos de marcas como Prada. Logró vivir en un majestuoso apartamento neoyorquino de 44 millones de dólares al que ella misma le construyó un gimnasio de casi 500.000. Sus hijas fueron bautizadas imitando a Jesús, en el río Jordán, ceremonia a la que asistió la reina Rania. Entre sus padrinos estaría Tony Blair, quien ha desmentido los rumores de que tuvo un affaire con su “comadre”. También se habla de que Nicole Kidman y Hugh Jackman cumplen ese rol con las niñas. Pero no solo ella tuvo una transformación: Murdoch empezó a teñirse el pelo de un tono naranja extraño, cambió sus desayunos por malteadas adelgazantes, los vestidos por buzos de cuello tortuga, y se interesó en los negocios de Internet, aunque en su vida personal era Deng quien recibía sus correos electrónicos.

Sin ser parte del consejo de la empresa, ha estado lejos de ser una esposa decorativa: ella hacía las veces de diplomática. Incluso ha ejercido de guardaespaldas. Saltó a la fama en 2011 cuando, recordando sus épocas de voleibolista, bloqueó un ataque con un pastel de espuma que iba directo a su esposo mientras comparecía ante la comisión parlamentaria que investigaba las chuzadas del News of the World. Entonces fue bautizada “la tigresa”, su mote de heroína. Pero si bien salvó a Murdoch del golpe, no pasó lo mismo con el tabloide, que fue cerrado por grabar ilegalmente hasta a la realeza.

Según el testimonio de una tutora de sus niñas, Deng no sería en lo privado la misma esposa abnegada. Reveló que vivía gritándole groserías al magnate, que era estricta en exceso con sus hijas y que llegó a arrojar de un carro a una de sus niñeras. Otros allegados de la pareja habrían manifestado que ambos tenían vidas separadas, que ella estaba dedicada a su faceta de productora de cine y a aparecer en las alfombras rojas, y él a levantar el honor de su imperio. Lo cierto es que, con todo lo que ha logrado a sus 44 años, lo menos que hay que esperar de la nueva exseñora Murdoch es que frente al divorcio se quede de brazos cruzados.

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