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¿Podrá el mundo volver a ser de Elsa Schiaparelli?

Revista FUCSIA

¿Podrá el mundo volver a ser de Elsa Schiaparelli? Foto: AFP

Christian Lacroix diseñó 18 prendas que celebran el ingenio de la diseñadora que marcó las primeras décadas del Siglo XX. Una iniciativa para revivir a la mujer que volvió el surrealismo moda.

El mundo hoy en día es de Coco Chanel. Tanto su casa de modas como su imagen, su impronta, sus revoluciones, parecen estar más vigentes que nunca. El mundo, por el contrario, olvidó a su contemporánea y eterna rival, Elsa Schiaparelli. Su nombre italiano apenas si es bien pronunciado.

Pocos saben que es gracias a Schiap –como se hacía llamar, por repudiar su nombre Elsa– que las mujeres pudieron dejar atrás las incómodas faldas largas y pesadas de principios del siglo XX para practicar tenis o salir a dar un paseo en bicicleta. Pocos, que no sean amantes de la historia de la moda, sabrán que esos suéteres de tejido de punto que son tan esenciales en nuestro guardarropa evolucionaron gracias a ella, que no solo inventó una manera para que mantuvieran su forma, sino que los llenó con motivos gráficos divertidos y exuberantes.

Esta romana aristocrática, amiga de los surrealistas y quien solía llamar a Chanel como “la millinier”, decidió que los desfiles de modas requerían más que ropa: debían tener música, un escenario, una puesta en escena. Elsa Schiaparelli cerró su boutique de París en 1954 y aunque en su momento fue trasgresora y determinó los avatares de la moda moderna, los consumidores de moda de hoy apenas resuenan su nombre.

¿Podría el mundo volver a ser de Schiaparelli como lo fue durante los años treinta? Traer su impronta de vuelta no será tarea difícil, pero sí una muy exigente. El grupo Tod´s, presidido por Diego Della Valle, quien compró la marca hace seis años, se ha tomado un tiempo prudente para hacer justicia a un nombre que promete volver a sacudir los cimientos mismos de la moda, una propuesta que deberá estar a la altura de un carácter que el diseñador Yves Saint Laurent, admirador del trabajo se Schiaparelli, definió como “brutal, una tormenta de rabia, de desdén, de seguridad, lleno de raros antojos”. Este resurgir del genio de la “artista que hacía ropa”, como la llamaba Chanel, se ha iniciado con la solicitud de la compañía al diseñador Christian Lacroix de crear unos vestidos inspirados en sus prendas más emblemáticas.

Lacroix, también ausente del mundo de la moda por unos años y concentrado en hacer vestuarios para teatro y ópera, tuvo acceso a amplios archivos que desvelaban las primeras décadas del siglo XX. Fue fácil descubrir que compartía con Elsa su gusto por los colores estridentes, por el verde billar, el rosado chocante o el azul eléctrico, y también se hizo evidente esa devoción que ambos sentían por las siluetas ostentosas, alentadas por ideas muy radicales sobre la elegancia. Con estos descubrimientos empezó un proceso de desarrollar 99 bocetos que luego depuró para dar origen a 18 piezas finales que fueron expuestas recientemente en el Museo de las Artes Decorativas de París.

“En Schiaparelli se encarnaba un verdadero espíritu aristocrático, en ella habitaba un espíritu en el que las matemáticas y la literatura, así como la poesía, coexistían. Elsa es una esfinge que nunca deja de interrogarnos, mientras nos ofrece un nuevo enigma como respuesta. Mi deseo es reposicionar a Elsa en el centro de su casa de moda y en el centro del escenario desde el que sedujo al mundo”, expresó Lacroix en el lanzamiento oficial de la muestra. Ninguna prenda fue vendida a pesar de recibir tentadoras ofertas económicas, fueron creadas para ser admiradas, para encarnar un recuerdo. Además, retomando esos propósitos artísticos de su musa inspiradora el diseñador creó vestidos con un peso que sería insoportable de llevar. 

Breve historia de ‘Schiap’ Italiana, de linaje toscano, Elsa Schiaparelli fue provocadora desde niña y buscó sacudirse de la tradicional educación que le impartieron sus padres. Cuando apenas tenía 14 años escribió un libro de poemas filosóficos sobre el amor, titulado Arethusa, lo que le valió un castigo inmediato: fue enviada a un convento en el que estuvo confinada a vivir y desde el que empezó a distanciarse de las ideas de clase y de las comodidades de su familia. El espíritu rebelde la llevó a casarse con el conde Wilhelm de Wendt de Kerlor un día después de conocerlo. Esta relación y su paso por el convento serían algunos de los detonantes de esa cierta oscuridad que siempre la acompañó en vida.

El matrimonio se fue a vivir a Nueva York en donde el Conde la dejó por la bailarina Isadora Ducan. Schiaparelli no solo estaba embarazada, sino en la pobreza absoluta. Esa desdicha la alentó a devolverse a París donde conoció y comenzó a frecuentar a los surrealistas, un grupo de hombres que empezaban a encontrar en el inconsciente una nueva inspiración para retratar otra realidad, encuentro que determinaría su carrera como diseñadora al poner sobre la mesa la posibilidad de que un vestido fuera materia propia del arte.

Fueron justamente las colaboraciones con Dalí las que convirtieron sus diseños en lienzo de algo más. Llenos de referencias graciosas, de paradojas, Schiaparelli dimensionó cómo una prenda de vestir podría ser una escultura usable, además de albergar sentidos insospechados y, por qué no, generar interrogantes. “Ella tradujo los elementos básicos del arte moderno, su simplicidad, sus líneas continuas, sus contrastes, en arte usable. Modificaba un sombrero o un suéter como otro artista lo hacía con las formas de una pintura, una escultura o un poema. Mientras Marcel Duchamp sacudió al público poniendo un orinal en una galería, Schiaparelli le dio un remesón a la moda convirtiendo un zapato en un sombrero”, explica Dilys E. Blum, curador del Museo de Arte de Filadelfia, quien tuvo a cargo la exposición Shocking! The art & fashion of Elsa Schiaparelli, en 2003.

En la colección de otoño-invierno de 1937, un sombrero en forma de zapato hizo que el mundo pusiera los ojos en Schiaparelli, y que un objeto de moda retumbara más allá de las pasarelas y los banquetes en los estratos artísticos. La diseñadora ya había llamado la atención de los artistas por su gusto peculiar por los botones, elaborados por encargo por diferentes escultores y pintores a quienes les pedía manos, insectos, semillas, en lugar de la tradicional redondez. Pero el zapato sobre la cabeza que se convirtió en sombrero encarnaría el epítome de ese humor elegante, de esa afrenta que Schiaparelli hacía a los cánones más tradicionales de la moda. Su estilo quedó también consignado en sus chaquetas, que en lugar de bolsillos tenían cajones, en sus bordados zodiacales sobre abrigos de noche, pero ante todo en un vestido de noche blanco al que le estampó una enorme langosta en la falda, formando una yuxtaposición de elementos contrarios: la extraña criatura marina invadiendo un romántico y sutil vestido de organza y seda blanca. El diseño fue claramente un guiño al “teléfono langosta” que Dalí había desarrollado. Su creación peculiar terminó llevándola Wallis Simpson en una edición de Vogue, hecho que le valió a Schiaparelli la firma definitiva para su fama.

Schiaparelli le cosió así un vestido a la mujer moderna, acompañando con sus creaciones movimientos políticos y literarios. Con sus vestidos le dio nuevas posibilidades al cuerpo femenino, que pudo moverse de formas diferentes y ya no tuvo que estar confinado a la inhabilidad para el trabajo que durante siglos motivó el uso de corsés y pesadas enaguas. Inventó la noción del sportswear, creó ropa para aviadores y tenistas, y popularizó en Europa el ready to wear, o las prendas listas para usar que se distanciaban de los mandatos de la alta costura.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la moda europea se vio tremendamente minada, Schiaparelli se marchó a Nueva York, solo para descubrir a su regreso que esas vanguardias con las que había crecido de la mano ya no estaban tan vigentes y que la moda reinventaba unas nuevas formas de producción. Su tienda, ubicada en el 21 Place Vendôme, de París, cerró sus puertas en 1954, fecha desde la que su estilo quedó latente, esperando volver a encontrar una era que pudiera asimilar tanto ingenio. ¿Será este el momento para volver a entender a Schiaparelli?

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