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Felicidad, al tercer año de matrimonio

LILA OCHOA

Felicidad, al tercer año de matrimonio Perfil de Pinterest de Alicia O'connor

Los expertos dicen que la verdadera satisfacción llega tres años después de la boda, pero las nuevas generaciones se han educado de manera egoísta y buscan la satisfacción inmediata.

Hablar de matrimonio en esta época se está volviendo tan exótico que uno no sabe si este va a permanecer como institución en el tiempo o si, sencillamente, desaparecerá. Cada vez encontramos más hombres jóvenes que se niegan a comprometerse, pues han idealizado la libertad. Y como las mujeres, por su parte, se quieren parecer a los hombres para que las tomen en serio, juegan a tener sexo sin compromiso, entonces ¿para qué casarse? 

Sin embargo, la sociedad, los individuos y las instituciones siguen en la búsqueda de la fórmula mágica para que el matrimonio permanezca como unión, pues es posible que este no sea perfecto, pero hasta ahora nadie ha inventado nada mejor. Si esos jóvenes que se niegan al compromiso supieran cómo le cambia a uno la vida con los años cuando la soledad llega irremisiblemente. El ser humano no puede, por naturaleza, estar solo, joven o viejo necesita compañía para disfrutar la vida. Y por compañía me refiero a una pareja permanente, no a una diferente cada día. 

Nadie dijo que la convivencia sea fácil. Un estudio encargado por una firma de abogados de Inglaterra encontró que solo hasta el tercer año las dos personas se sienten satisfechas con las implicaciones económicas que trae la vida en común. Se supone que después de la emoción inicial, el tercer año es el de la felicidad, básicamente porque el tema del dinero pesa demasiado en una relación y toma tiempo aprender eso de compartir gastos y de pagar cuentas. 

Pero tener dos salarios –la mayoría de mujeres trabajan– contribuye definitivamente a una mejor calidad de vida. Según la investigación, el quinto año es el de la discordia, más aún si hay niños. La ecuación resulta sencilla: más trabajo, menos tiempo para compartir juntos y en definitiva, menos plata para gastar en uno. Tal parece que vivir en pareja es dejar de vivir para uno mismo para hacerlo por los demás, y allí reside el punto de quiebre. Las nuevas generaciones se han educado de una manera muy egoísta, creen que son las dueñas del universo y no están preparadas para compartir ni para dejar de pensar en ellos mismos. Por algo la llaman “la generación del yo”. 

Es posible que nadie se case pensando en divorciarse, pero el hecho de que el divorcio no constituya ahora un problema, que la sociedad ya no lo vea como algo malo, permite que al menor desacuerdo un matrimonio se acabe. Nadie tiene paciencia. Cada uno jala para su lado pensando que tiene la razón y se les olvida que hay que construir un camino de vida para los dos y que eso toma tiempo y esfuerzo.

Así, los tres años de matrimonio significan felicidad, los cinco, discordia, y los siete, una barrera que si se logra franquear lleva a una relación feliz y duradera. Sí, la verdadera recompensa está a 30 o 40 años vista, pero vale la pena. Conocer a una persona como la palma de la mano, adivinarla, morirse de la risa con los chistes de siempre y hacerle la vida fácil no debería ser un imposible y sí contribuye a un final de la vida agradable y placentero. El otro lado de la moneda es pasarse la vida de relación en relación, sin construir y con el constante deseo de cambiar para terminar solo, deprimido y enfermo.

La gratificación inmediata no existe, a pesar de que la tecnología nos haga creer lo contrario. El amor sigue siendo hecho a mano, una puntada tras otra. Como nos lo enseña Penélope en la Odisea, el amor se teje a puntadas.

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