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La luna de miel se demora

La luna de miel  se demora La luna de miel se demora

Aunque las parejas se casen ilusionadas, los dos primeros años no suelen ser un lecho de rosas sino un duro aterrizaje en la realidad de la convivencia.

Los cuentos de hadas siempre terminan cuando el príncipe y la princesa sellan su amor con un beso el día de su majestuosa boda. Quizá la palabra “fin” se escribe justo en esa escena, porque a nadie le gustaría ver a Cenicienta o a Blancanieves alegando con sus maridos que dejaron fragmentos de crema dental pegados al lavamanos o la ropa interior regada. Los expertos coinciden en que los dos primeros años de unión son cruciales, porque destapan lo que cada persona es “con esas sombras que todos tenemos”, señala la sexóloga Luisa Torres, quien prepara a las parejas de cara a su vida juntos. “Por lo general se habla de que es habitual la crisis de la llegada de los hijos, la de la edad madura y la del nido vacío. Pero el comienzo de la convivencia es una etapa crítica que requiere ajustes. A las mujeres especialmente, desde la infancia nos vendieron la idea del matrimonio soñado, una fiesta inigualable y un vestido de película, ¿y el resto de la historia qué?”. De hecho se le conoce como el periodo de transición y adaptación. “Es habitual caer en la rutina y por eso les pido a las parejas que así como invierten ocho horas en sueño y ocho en el trabajo, se dediquen el mismo tiempo a sí mismos y a los dos”.
 Las expectativas idealizadas hacen que el encuentro con el día tras día caiga como un baldado de agua fría. “Uno no sabe lo que va a vivir hasta que lo vive. Más si se viene del cómodo ‘hotel mamá’. Se trata de dos individuos con sus respectivas costumbres y emociones. En el noviazgo es común que se hagan negociaciones previas sobre temas trascendentales como si alguno quiere hijos y el otro no, o si esperan establecerse en el país o en el exterior. En cambio, no se puede prever cada detalle de la cotidianidad. Aunque se tenga clara la teoría acerca de lo que debe ser una buena relación, esta patina cuando aparece una toalla mojada sobre la cama”, reflexiona la experta en terapia de familia Mariángela Rodríguez. Sin embargo, advierte que la mejor manera de superar esos imprevistos es no alarmarse y aceptar que se trata de un proceso normal que toma tiempo.
 
Mitos románticos
El psicólogo José Alonso Peña advierte que el caos inicial es predecible, pues los novios no se preparan para lo que implica ser esposos. “No he conocido a los primeros que se lean un libro sobre cómo asumir la convivencia, quizá lo compren cuando lleven tres años de casados y estén al borde del divorcio. Lo único que algunos hacen es un curso prematrimonial muy corto porque es un requisito de la iglesia. Y para afrontar los cambios toca entrenarse, como cuando se va al gimnasio, y hasta estudiar como las embarazadas, que se informan de todo lo relativo a los bebés”. Según el especialista, el choque se genera porque la gente se casa con una serie de mitos nocivos y engañosos. “Vamos a hacer el esfuerzo para seguir siendo como cuando éramos novios”, juran los recién casados. “Mentira”, les responde Peña. “El matrimonio no es la prolongación del noviazgo y no solo porque se cambie de estatus. Es muy difícil continuar con la dinámica que se tenía anteriormente: ¿acaso les gustan los mismos horarios para dormir o comer? ¿Prefieren lavar los platos sucios en la noche o en la mañana? Resulta que cada persona viene con su propio equipaje. Además, la frecuencia con que se tienen relaciones sexuales tiende a disminuir porque la disponibilidad absoluta les resta prioridad”. Creer que el amor lo puede todo es otro precepto errado. “La frase suena muy bonito, pero en nombre del amor se pueden hacer cosas terribles, incluso en contra de uno mismo, como aguantarse a un alcohólico”. Un tercer mito es que el matrimonio significa perder la libertad. “La gente les dice a los prometidos que si se cansaron de vivir bueno, como previniéndolos de algo aburrido. Lo que sucede es que tenemos conceptos diferentes de lo que es amar y para unos significa estar siempre al lado del otro. Lo sano es verlo como una ganancia de libertad, en expresarse tranquilamente ante la pareja en todo sentido”. Más dañina aún es la idea de que los esposos “son dos en uno”: “ninguno se puede convertir en el otro. Decirle al ser amado ‘sin ti no soy feliz’, puede derretirlo, pero a la vez le está imponiendo una carga muy pesada pues cada quien es responsable de su propia felicidad”.
 Al respecto Luisa Torres considera que es común que la gente se case por las razones equivocadas, como llenar vacíos emocionales en lugar de hacer un trabajo individual de crecimiento: “lo de la media naranja no funciona, hay que ser naranja completa. Frases como ‘es que tú me ayudas a enfocarme’ no son parte de un buen pronóstico. ¿Y qué pasa si el otro no está? Las personas no se conocen, no saben a qué aspiran, ni qué están dispuestas a ceder”. Para no caer en esa actitud es importante “ejercitar” la inteligencia emocional. “A mis pacientes les dejo de tarea hacer un diario de cómo se sienten en un día cualquiera, y ese inventario de sentimientos les proporciona claridad sobre sus reacciones, paso esencial para manejarlas, y los entrena para hablar fácilmente al respecto”, agrega Peña. Y es que los expertos coinciden en que la buena comunicación es la habilidad que debe desarrollarse para lograr una relación exitosa.
Hablando se entiende
la gente
El matrimonio y la tolerancia son un dúo indisoluble y en sus inicios hay que aprender a elegir qué batallas dar. “Tal vez pelear por cada pequeñez es invertir mal la energía. Si lo de la toalla mojada en la cama me molesta, puedo colgarla yo misma sin generar un mal ambiente, porque en la tensión es difícil hacerse entender”, comenta Rodríguez. Funciona mejor encontrar un momento tranquilo para manifestarse desde el “sentir” y no desde el “culpar”. El secreto está en no cargarse de rabia, ni asumir todo como algo personal. Es un dar y recibir permanente porque al nuevo hogar se suele llegar con una perspectiva egoísta.
Por eso los esposos deben afinar su capacidad negociadora y aderezarla con estrategias de seducción: “que logren un gana-gana. La esencia de las personas no cambia. Si no me gusta el fútbol y mi compañero es aficionado y me invita a un partido, qué bueno resultaría que me convenciera de acompañarlo prometiéndome que luego me llevará a mi restaurante favorito. Si para mí es imperativo ver a mis papás cada fin de semana, que él aproveche ese espacio para salir con sus amigos”, ejemplifica Torres. “Aunque es fundamental casarse con alguien afín y tener proyectos comunes, cada quien debe sentirse confiado de mostrarse como es con sus dudas, y ponerlas sobre la mesa. Muchas parejas andan en piloto automático, es decir, se casan siguiendo las mismas creencias de sus ‘ancestros’. Pero es necesario actualizar y personalizar la relación y para eso nada mejor que hacerse entre los dos preguntas acerca de todos los temas”. Se refiere al manejo del dinero, a los roles en casa, las visitas a los familiares y al sexo, “hasta plantearse cuántas veces van a hacer el amor a la semana, porque uno lo necesita más que el otro, o definir qué entienden por fidelidad. No dar nada por sentado”. Y precisamente aprovechar esta etapa inicial de enamoramiento e ilusiones para concretar los acuerdos más difíciles.

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