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VIAJAR Adolfo Zableh/ Foto: Juan Moore

Creer que quien viaja mucho es dichoso es lo mismo que jurar que todos los ricos son felices.

VIAJAR es una de esas cosas que hay que hacer, pero que una vez logradas se descubre que no era lo que pensábamos. Usted viaja y no solo sale de su rutina, sino que renace, se le transforma la cabeza y aprende más de la vida que en todos sus años de estudio. Sin embargo, solemos envidiar a quienes viajan mucho, y no es tan así. Pregúntele usted a cualquiera que tenga que viajar por trabajo y, así lo haga a sitios exóticos, vuele en primera clase y se quede en los mejores hoteles, le dirá que extraña la casa y la estabilidad más que cualquier otra cosa. Recuerdo envidiar a la gente que viajaba porque yo no me movía mucho, y ahora que lo hago veo que puede llegar a ser una vorágine de destinos sin sentido. Pasar de una ciudad a otra como quien va de la casa al supermercado es apasionante, pero sin un orden, sin una misión diferente a conocer por conocer, termina aburriendo tanto como nunca haber salido del barrio.

Porque afuera hay un mundo que se debe conocer y es preferible no quedarnos con la duda, pero es mejor si lo recorremos con un argumento. Viajar no se trata de tener la foto en las murallas de Cartagena, la torre Eiffel y la Estatua de la Libertad, sino de saber por qué viajamos, además de ver sitios que antes solo conocíamos por imágenes y testimonios de otros. Si lo hacemos como una lista en la que hay que ir chuleando destinos para luego aburrir a la gente mientras le contamos sobre los lugares que conocemos, se convierte en una carrera vacía que no podemos ganar. Creer que quien viaja mucho es dichoso es lo mismo que jurar que todos los ricos son felices. Ambas cosas son apenas complementos que por sí mismos terminan amargando más que alegrando.

Y por mucho que lo afirmen, viajar no es un escape y tarde o temprano se tiene que volver a los problemas, a esos asuntos de nuestra vida que no nos gustan. Viajar es más fácil que cambiar, pero las cosas no se resuelven cambiando de paisaje, se necesita mucho más esfuerzo que eso. Además, en las horas muertas del viaje, como cuando te tumbas en una playa, te sientas en una banca cualquiera de lo cansado que estás o vuelves al hotel al final del día, te entra la tristeza porque recuerdas que la estás pasando bien pero no estás solucionando nada, tan solo aplazando lo irremediable, que es enfrentarte a ti mismo. Uno se puede sobreactuar con eso de viajar, que si no le busca una razón a hacerlo diferente a huir, o a hacer eso que muchos envidiarían hacer, nunca va a llenar ese vacío que lo llama a moverse.

De tanto viajar, o de tanto vivir, ni idea, he entendido que lo importante es la gente. Si se comparte con las personas indicadas, podemos estar en Japón o en el bar de la esquina, que la vamos a pasar más o menos igual de bien. Y sí, es bonito descubrir otras comidas y otras lenguas, pero ahí no está la felicidad; la felicidad está en nosotros y se disfruta más cuando la compartimos con quienes queremos, de ahí que uno de los placeres de viajar sea reencontrarse con caras familiares, o arrancar el viaje bien acompañado. Hallo lo segundo mucho más fácil que lo primero, pero ese es tema para otra columna. .

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