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Entre el exceso y la abstinencia: “la montaña rusa de mis comidas”

OPINIÓN

Entre el exceso y la abstinencia: “la montaña rusa de mis comidas” Foto: Thinkstock

¿Serán las dietas un auto engaño? Durante años nos han hecho creer que las dietas como método son la solución tanto al deseo de perder peso como de todas las dificultades con la alimentación: bulimia, anorexia, trastorno por atracón, entre otros; ¿Será esto un auto engaño?

Por Luisa Blanco Dávila, psicóloga-psicoterapeuta sistémica

Mi experiencia profesional, me dice que sí; esta mentira se sustenta en la creencia de pensar que consumiendo alimentos naturales, sin dejar de lado los famosísimos light, engordaremos menos, pues como “no engordan podemos consumirlos en mayor cantidad”; es ahí dónde viene la trampa: comer más porque es menos.

Caso
Llegó a mi consultorio una joven de aproximadamente 21 años, quién me consultó por una dificultad relacionada con  su alimentación, calificándose a sí misma como un “yo-yo”. Me decía que no podía parar de comer, que el día posterior a su “comilona” solo consumía productos light, o, lo que era peor, pasaba días sin comer para compensar esa desenfrenada forma de alimentarse.

Me relató cómo había sufrido lo que definió como: “la montaña rusa de mis comidas”. Para explicármelo, me decía que era muy frustrante querer un día comerse todo el mercado, y al otro, parecerse a Gandhi con sus rigurosos ayunos, y  no comer nada para ser delgada, por lo que su conflicto acabaría ahí.

A la primera consulta llegó “auto-diagnosticada” como una persona con un “trastorno por atracón”, es decir, que en periodos muy cortos de tiempo podía tener una gran ingesta de alimentos superior a la de personas “normales” –como decía-, pero sin vomitar.

Para empezar, conversamos acerca de cómo estos diagnósticos rígidos, sustentados sobre “verdades absolutas”, fabricados por la sociedad, y por ciertas disciplinas de la salud, son- construcciones arbitrarias que resultan ser útiles o inútiles en un momento dado, dependiendo para quién y que en sí mismos no son un problema. Es decir, los diagnósticos enferman más de lo que curan; son relativos ya que la realidad es construida por uno mismo.

De esta manera su diagnóstico no podía existir como algo que se quita y se pone, como las etiquetas de alguna prenda de vestir, pues su identidad como persona no podía verse reducida a “soy una persona que se atraca de comida”. Esto llamó mucho su atención, pues llevaba años “definiéndose” desde sus atracones, como si llevara un cartel en su frente y desde ahí actuaba y se relacionaba con sus amigos, novio y familiares… ¡Desde ahí vivía toda su vida!, como si ésta no tuviese más dimensiones. Quedó impactada de cómo si seguía definiéndose bajo una etiqueta, nunca implicaría mejoría ni bienestar en su vida: ese que llevaba buscando hace tanto tiempo.

Lo que sucede con la mayoría de los trastornos de la alimentación es, que al buscar las “causas”   o “porqués” de dichas dificultades se convierten en meras explicaciones. En síntesis, entender y definir un “trastorno” no garantiza éxito ni  bienestar en el paciente, lo que se logra con esto es, por el contrario, hacer a un lado el sufrimiento de la persona que los atraviesa.

Le pregunté si creía que siendo delgada –como me lo indicaba- acabaría con “todos sus problemas”, pero reconoció que no; que en realidad tenía más desafíos y dificultades  “que querer ser flaca”. Así, reconociendo su dolor y que lo físico interviene en todos los actos humanos y, desde luego,  sin negar la existencia de sus síntomas, pues la idea es ver cada caso en su contexto particular, comencé a notar que estaba condenada: sí, estaba condenada frente a su delgadez, entre los excesos y la abstinencia, pues llevando a cabo estas prácticas  –comer y no comer –, y teniendo referentes únicos de: “gordura y flacura” su cuerpo, su vida y su forma de alimentarse se le habían convertido en fuentes de sufrimiento; de si comió o no, imposibilitándola a ver y sentir que tanto su manera de comer como su cuerpo podían ser fuentes de satisfacción. ¡El sufrimiento tenía que ser terrible!

La idea no era aprender a vivir con estos síntomas – ¡con los que ya estaba cansada de vivir!: dietas una y otra vez, nutricionistas, psicólogos, psiquiatras y  hasta pasó por el quirófano pensando que una vez su abdomen estuviese plano su problema estaría solucionado: eso se convertiría en un alivio paliativo de los síntomas. Lo que teníamos que hacer era algo diferente. Sus intentos fallidos de solución que rodeaban y mantenían su problemática no sólo hacían la situación inmodificable (Crispo R., & cols, 1994), sino también se había convertido en su propia condena. Una condena que era clara: aguantaba para no sentir: no sentir el placer de la comida, de las situaciones cercanas a esta y de la vida misma.

Me daba cuenta de que aguantaba para no sentir; que organizaba sus comidas por calidad y cantidad de calorías pero no por que le produjeran placer, esto me confirmó aún más que nuestro cuerpo es termómetro de nuestro bienestar, situación que en ella, no estaba sucediendo. Observé entonces que quien gobernaba internamente era esa lucha diaria por su delgadez, escenario que no le daría  bienestar ni placer.

Teniendo en cuenta esto, durante las siguientes sesiones, -siguiendo al Psicólogo- Psicoterapeuta Giorgio Nardone (1999), a hacer dos cosas: por un lado, introducirle el miedo al ayuno y no a los atracones o “comilonas”, pues la restricción es la que provoca los atracones –esos que tanto hacía y que sólo trataba de controlar-, queríamos combatir la tendencia al atracón evitando los ayunos prolongados; circunstancia  que la impactó y persuadió. Y, por otro, comencé a sugerirle una manera diferente de comer, la cual  –basada en el placer y no en la restricción –, la invitaba a comer 3 veces al día sus comidas más placenteras: debía comer sólo lo que más le gustara; si se lo concedía podía renunciar, si no, sería irrenunciable.

Si seguía haciendo dietas nunca conseguirá el equilibrio deseado; su mente, de manera constante estaría pensando en comida. Me preguntaba: “pero sin hacer dieta ¿cómo quieres que me adelgace?, ¡no!, ¡me voy a engordar más; no soy capaz!”; Pero le decía: “has hecho dietas toda tu vida: ¿te han funcionado?”. Pausada y con tristeza decía que no y que esta era una de las razones que en el momento más atormentaba su vida.  Por esto,  aceptó la idea de introducir placer en sus comidas.

Poco a poco, ha ido evolucionando y su miedo a ayunar es ahora el que le impide tener esas “comilonas”;“ahora no soy capaz de saltarme ninguna de mis 3 comidas”, dice. Las consultas han continuado, reporta sentirse mejor; el “tema” de la comida aparece esporádicamente. Hemos pasado a otras dimensiones de su vida como su relación de pareja, su vida sexual, la cercanía afectiva con su familia; ¡dejando así de aguantar para pasar a sentir!

El problema con las dietas es que todas se basan en la limitación y el control -que hace perder el control-, pero ninguna tiene en cuenta la relación que como seres humanos tenemos con la comida: el placer, (Nardone., G, 2007). De esta manera se hace imposible que alguna dieta  funcione.

Esta joven se sintió, atraída con estas nuevas ideas frente al comer, las cuales le ha permitido tomar la decisión de temerle a un ayuno infame, porque sabe que podría venir su próximo atracón.

Igualmente, la resonancia emocional con la idea de una nueva relación con la comida basada en el placer ha tenido resultados maravillosos;  tanto así que sus padres me consultaron para saber qué había pasado con su hija, pues había demostrado muchos cambios en casa: la gimnasia emocional debida a la montaña rusa de sus comidas, ya no era un problema: percibió diferente su realidad y así, consecuentemente sus reacciones fueron otras.







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