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Las mujeres que siempre amamos a los hombres

Gustavo Gómez

Las mujeres que siempre amamos a los hombres Foto: Thinkstock

Aunque las mujeres crean que los hombres andan detrás de “la que caiga”, en el fondo hay referentes que terminan por marcar la diferencia.

Buscamos en todas las mujeres que nos cruzamos en la vida a una sola, porque, aunque las mujeres crean que somos el modelo evolucionado de un cavernícola, en realidad solo nos interesa una presa. Una en la que estén presentes todas y que no necesariamente es la primera. Pero, ¡ay si la primera no es inolvidable!

Me acuerdo perfectamente de la primera mujer de la que estuve enamorado… usaba bata blanca. Se equivocan: no tuve fantasías sexuales con una enfermera, en la época en que me enamoré de la mujer de la bata blanca la única Fantasía que conocía era la de Disney. Me enamoré, como toca, de una profesora que se llamaba Beatriz Escobar Jácome. Y me enamoré no solamente porque era preciosa y cálida, sino porque era la clase de mujer a la que uno le confiaría el cuidado de sus hijos.

Lo sabían en el San Bartolomé de La Merced, mi colegio, y por eso nos confiaban a la larga, delgada y un poco encorvada Beatriz. Sé que no va a sonar muy sexy, pero otro de los grandes atractivos de Beatriz era su papá: un día, ella, después de revisar la tarea, me devolvió mi cuaderno con unas reparaciones en el lomo argollado. Me dijo que lo había llevado a casa para calificar y que el señor Escobar, viéndolo en deplorable estado, lo había arreglado para mí. Juro que me picó un ojo.

Todos estábamos enamorados de Beatriz, pero nos ganó la carrera el papá de un compañero, el señor Sampedro, quien, tengo alguna seguridad y no poca neblina mental, se casó con ella y la sacó del aula. No sé que fue de Beatriz (alguna vez tecleé su nombre en Google y no hubo ni rastro), pero, ojalá que alguien le diga, no que yo estuve enamorado de ella, porque el amor por ella fue endémico en el San Bartolomé de aquellos años, sino que siempre la voy a amar. No todos los hombres tenemos la suerte de decir, como hago ahora, que nos enamoramos por primera vez de una mujer que vale cinco veces su peso en oro (cinco, porque era flaca).

¿Y las otras mujeres de las que uno siempre se enamora? La lista es previsible: una amiga de la hermana, la enfermera del colegio (¡y dale con las batas!); la hermana de un compañero que, excepto por las pecas y unos senos diminutos, es igual a él; una compañera de ‘primiparitis’ en la universidad y otra de la oficina; la novia de un buen amigo; la extranjera que conocemos en unas vacaciones de adolescencia; una jefa de ojos dulces que nos enseña el oficio con el que vamos a ganarnos la vida; una señora casada y cansada del marido; y una música que toca la viola en la Filarmónica… Y la que nos acompaña toda la vida y que es, aunque no cronológicamente hablando, nuestro gran amor, tiene escondido en el cuerpo y en el alma partecitas de lo que hemos amado en todas las otras.

Si no es así, hay que dejarla y correr a buscarse otra, porque no vale la pena gastarse la vida en una mujer que no sea un verdadero “grandes éxitos”. O la compañera de uno se parece al mejor de los volúmenes de los 14 cañonazos bailables o uno está en peligro de convertirse en carne de cañón.

¡Cuánto de Beatriz Escobar hay en la mía! Cuánto de la dulzura, el afecto, la belleza física y la dedicación de aquella profesora perdida en el tiempo. “Era de alta estatura, un poco delgada (…). Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso (…). Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas.

Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color (…). La penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados”. No lo digo yo sobre Beatriz, sino Edgar Allan Poe sobre Ligeia, que toca la viola mientras yo toco en esta columna el recuerdo de una mujer que fue la primera y que mucho se parece a la última.


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