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Conversaciones entre madres e hijas

Lila Ochoa

Conversaciones entre madres e hijas Foto: Thinkstock

¿Mejores amigas o eternas rivales? El verdadero amor de madre es decir la verdad y no aprobar todo para evitar el conflicto. Las relaciones entre madres e hijas son únicas y especiales, de ahí la importancia de saber dialogar con los adolescentes.

Las mujeres crecemos con una serie de mitos que aceptamos como verdades absolutas, sin cuestionarlas. Entre estos está el que supone que las mamás y las hijas tienen que entenderse y adorarse necesariamente, sin que medie en esa relación algún obstáculo. Últimamente he llegado a la conclusión de que este es realmente un mito, mas no una verdad. Tengo varias amigas que apenas si se hablan con sus hijas, y otras que sencillamente se detestan entre sí.

No sé si el hecho de que se espera que esa relación siempre sea perfecta impone una tensión innecesaria que acaba por crear un gran sentido de culpa, que muchas veces nos impide aceptar que ser mamá biológica de alguien no implica ni entendimiento ni amor. Se supone que si uno no logra entenderse con su hija, es una mala mamá. ¡Ojalá la vida fuera tan sencilla y las soluciones estuvieran consignadas en un manual de instrucciones!

No hay relación fácil y ésta lo es aun menos, pues está dominada por las emociones y es difícil tener perspectiva para comprender su complejidad. Las mujeres se relacionan conversando y a través de esas conversaciones entre madre e hija se consigue la intimidad en la relación, pero una conversación con una hija puede derivar en lo mejor y también en lo peor.

Las conversaciones con los hijos hombres son diferentes, se dan en un plano de comunicación distinto. En las relaciones madre e hija los detalles son lo importante, el matiz de las palabras es el que colorea la conversación y le da uno u otro sentido. Yo, por ejemplo, nunca tuve grandes conversaciones con mi mamá, en esa época era algo que no se usaba. Las mamás estaban para darnos unas directrices generales, pero no para discutir ‘pequeñeces’. Todavía recuerdo que a los 14 años mis amigas y yo pensábamos que podíamos quedar embarazadas si nos besábamos con nuestros novios, y que me enteré como nacía un bebé el día en que tuve mi primer hijo.

En ese entonces no se me pasó por la imaginación que pudiera hablar con mi mamá de esas cosas. De alguna manera partía de la base de que ella estaba en un pedestal y que su papel en la vida era inspirar respeto y autoridad más que confianza para hablar de temas íntimos. Lo fundamental: los valores de familia, los límites del bien y del mal, el coraje para enfrentar las dificultades, la esencia del amor, la generosidad y el respeto, fueron los temas verdaderamente importantes que aprendí de ella. No se suponía que las mamás y las hijas fueran amigas.

Cuando tuve mis hijos, hice lo que hacen todas las generaciones: revaluar la forma como me habían educado. Quería ser amiga de mis hijos, compartir cada uno de los momentos de sus vidas, estar presente en las situaciones importantes a través del conocimiento, no solamente de la presencia física, ganarme su confianza, hacerlos seguros de sí mismos. Pero pronto entendí que esos eran los detalles y que no podía olvidarme de lo fundamental.

Hoy me enfrento a la realidad de que mis hijas quieren mi aprobación a toda costa y se resienten cuando eso no es así. Soy consciente de lo importante que es esto para ellas, pero creo que el amor verdadero es decir la verdad y no aprobar todo para evitar un conflicto. Y a veces soy yo la que necesita de su aprobación, aun en cosas intrascendentes, por ejemplo, no me atrevo a vestirme para una comida sin preguntarles qué debo ponerme.

Muchas veces intento explicarles que a pesar de que las adoro con toda mi alma nunca voy a pensar igual que ellas. Que no puedo reemplazar su criterio por el mío. Que a pesar de lo que me duela verlas equivocarse tienen que aprender a asumir sus decisiones y las consecuencias que éstas traen. Pero otras tantas veces no soy capaz de expresar ese sentimiento correctamente y se crean malentendidos, y aunque tengamos largas conversaciones, a veces no logramos comunicarnos, nos decimos lo que no toca y nos herimos sin querer.

Cuando mis hijas eran chiquitas yo podía resolver todos sus problemas: un raspón en la rodilla, una muñeca rota, una tarea mal hecha. Hoy no puedo remendar un corazón roto, no puedo decidir su camino ni inmiscuirme en los detalles de su vida diaria, no porque no quiera o no tenga tiempo, sino por respeto. Creo que ya hice mi tarea, ya les enseñé a volar y no puedo retenerlas por temor a que la vida las dañe o los obstáculos las hagan sufrir. A cada una la admiro en su individualidad, cada una tiene sus logros y cada una comete sus equivocaciones. No soy juez sino de mí misma y las adoro por lo que son, con sus virtudes y debilidades.

A ellas les pongo siempre de presente que el dolor es inevitable, pero que el sufrimiento es una escogencia y no hay forma de transitar por la vida sin sentirlo. Y estas son las reflexiones de una mamá privilegiada, que se entiende con sus hijas, aunque en algunas ocasiones ellas no lo piensen ni lo sientan así.

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