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“Estoy bien, estoy mal”

“Estoy bien, estoy mal” Foto: Thinkstock

El problema de enfermedades mentales como ésta, es que alteran el desarrollo del entorno familiar, e incluso comunitario. Una enfermedad que antes parecía exclusiva de adultos jóvenes, comienza a mostrar su impacto en pacientes infantiles, se trata del trastorno afectivo bipolar.

 Hasta hace unos años se le conocía como maniaco–depresión, un trastorno en los estados de ánimo caracterizado por periodos de depresión profunda, alternados con episodios de euforia desmedida, debido a un desequilibrio químico en los neurotransmisores del cerebro. Los médicos no se han puesto de acuerdo sobre un origen estricto para esta disfunción, pero todo parece indicar que hay un factor genético importante que hace que en una familia varias personas puedan desarrollarla.
 
Un mal silencioso
María Eugenia Quemba, terapeuta ocupacional del Hospital Militar Central en Bogotá, explica que uno de los aspectos más graves del trastorno afectivo bipolar en la infancia tiene que ver con que es un trastorno subvalorado, que se confunde con otras patologías, como el trastorno o déficit de atención y sólo cuando está avanzado lo identifican como trastorno bipolar.
 
Es una enfermedad que tiene casi las mismas características que en los adultos, fluctuando entre la depresión y la manía. La doctora Quemba, aclara que aunque es una enfermedad cuyo origen no está del todo preestablecido, se ha llegado a la conclusión de que si alguien en la familia ha tenido esta patología, la pueden heredar las nuevas generaciones. Sin embargo, esa genética tiene una estrecha relación con otros aspectos. “Un niño puede tener la herencia, pero si hay unos factores ambientales que lo protegen hay menos posibilidades de desarrollarla. Si los factores ambientales están en contra, como una familia disfuncional, un entorno de consumo de sustancias, problemas académicos, cambios permanentes, falta de adaptación, abusos, pérdidas importantes, estos pueden ser detonantes para que los niños la desencadenen".
 
Como dato importante algunos estudios han señalado que cuando la enfermedad aparece en alguien que tenga la predisposición genética, aparece diez años antes que la generación que la tuvo inicialmente, es decir, si el papá la tuvo a los 20, es posible que el hijo la desarrolle a los 10.

Enfermedad de todos
El problema de enfermedades mentales como esta es que alteran el desarrollo del entorno familiar, e incluso comunitario. Son personas que no encajan en la sociedad y tienen dificultad para poderse adaptar en circunstancias normales, sin embargo, a no ser que se trate de casos extremos, son niños que deben permanecer en un sistema académico convencional, pero para esto es importante que los docentes sepan manejar el tema desde el punto de vista pedagógico. Los niños con trastorno bipolar son niños que muchas veces no aprenden al mismo ritmo de los demás. Es decir, tienen la misma capacidad de cualquier niño normal, pero su disposición es diferente, a veces están animados a veces no, por eso, hay que aprovechar los episodios en los que están más motivados para potenciar su aprendizaje con actividades más dinámicas.
 
 Por otra parte, no es fácil de diagnosticar en edades tempranas, y el concepto debe ser emitido por un grupo interdisciplinario que incluya neurosiquiatra, neuropediatra, terapeuta ocupacional, que apliquen diferentes pruebas para aclarar el diagnóstico, pues como se dijo, es posible confundirlo con otras condiciones; como trastorno de la conducta, trastorno oposicional desafiante, trastorno de ansiedad, obsesivo compulsivo, etc.

Terapias exitosas
La doctora Quemba explica que la terapia ocupacional se ha convertido en una excelente opción para manejar no sólo a pacientes con trastorno bipolar, sino con muchas otras patologías de origen sicológico. Lo primero que hacen los terapeutas es realizar un diagnóstico ocupacional, a partir del dictamen siquiátrico. En esta evaluación se identifican las fortalezas del paciente, sus habilidades frente al medio que lo rodea, y que le cuesta trabajo, pero sobre todo, encontrar qué es lo que más le gusta y se le puede explotar, para que convierta sus fortalezas en las herramientas ideales para manejar su condición.

Posteriormente, se diseña un plan de tratamiento con unos objetivos a corto, mediano y largo plazo de acuerdo con sus necesidades en orden de prioridad, y que le permita seguir con su vida de la manera más normal posible.

La mayoría de las actividades poseen una gran carga artística y expresiva, ya que estos pacientes son personas que llevan consigo mucha sensibilidad que debe ser canalizada para que no la demuestren con agresividad. Se trabaja con pintura, metales, materiales pesados, para que esa energía se concentre en sus obras y puedan manifestar muchas de sus emociones internas.
 
Como complemento, se le sugiere a los padres buscar una actividad que le guste a los niños y que implique un gasto importante de energía, como artes marciales, natación o baile. En estas terapias también se les dan a los pacientes estrategias para que puedan manejar los estados de apatía o desgano, para que no afecten su productividad o, en el caso de los niños, su rendimiento escolar. Adicionalmente, los padres reciben una serie de pautas para reforzar las terapias en casa para que sean continuas.

En pocas palabras
Establecer claros límites y figuras de autoridad, con la que tienen serios problemas.
Ofrecerle actividades estructuradas, en las que tenga que seguir unos lineamientos.
Un niño con trastorno bipolar debería estar en un sistema educativo normal, no vale la pena aislarlo y en cambio si deben participar los profesores en su proceso.
Los terapeutas que lleven el caso, así como los padres y docentes, deben estar en contacto permanente para que el tratamiento sea exitoso.
El niño debe estar en un entorno social variado, que le permita adaptarse a diferentes circunstancias. No puede recibir un trato aquí y otro allá, porque es confuso para él.
Vivir con un trastorno bipolar es como aprender a vivir con diabetes o hipertensión. Es un tema de todos los días y hay que aprender a manejarlo para que el niño pueda ser un adulto funcional.
 
Síntomas para tener en cuenta

Humor elevado expansivo o irritable.
Disminución de la necesidad de dormir.
Lenguaje acelerado.
Delirios de grandeza.
Implicación excesiva en actividades placenteras, pero arriesgadas.
Aumento de la actividad física y mental.
Baja capacidad de juicio.
En casos severos, alucinaciones.

Cuando predomina el estado depresivo
Tristeza intensa generalizada y llanto.
Dormir mucho.
Agitación o irritabilidad.
Abandono de actividades que usualmente le gustan (Anhedonia).
Dificultad para concentrarse.
Ideas suicidas.
Energía baja.
Cambios significativos en el apetito.
 

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