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La verdad oculta de la lactancia

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La verdad oculta de la lactancia Foto: Pinterest

La OMS recomienda que el amamantamiento sea exclusivo desde el nacimiento del bebé hasta los seis meses, y que luego se complemente con alimentos hasta los dos. Pero, ¿hasta qué punto esta es una recomendación con intereses ocultos?

La Organización Mundial de la Salud (OMS por sus siglas) describe la lactacia materna como la forma ideal de aportar a los niños pequeños los nutrientes que necesitan para un crecimiento y desarrollo saludables. La recomendación del organismo internacional es que esta forma única de alimentación en la que la madre cobra un papel primordial, se proporcione de forma exclusiva durante los primeros seis meses de vida, para, posteriormente, alternarse con alimentos hasta los dos años del infante.

 “La leche materna es muy especial, está hecha para que sea entregada al hijo con unas condiciones lógicas. Es la mejor fuente de hidratación, con todos los electrolitos que el niño requiere. Tiene calcio, proteínas, grasas muy importantes que son las únicas que el bebé recién nacido acepta, requiere y no le hacen daño. Tiene además anticuerpos que son los que van a prevenir que el niño que no tiene capacidad de producirlos sufra infecciones. La leche materna es el alimento completo y en las proporciones absolutamente requeridas por el recién nacido para su proceso de adaptación al mundo. Pero no es algo eterno, es para su proceso de adaptación”, asegura Mary Luz Mejía Gómez, asesora en salud sexual y reproductiva del Fondo de Poblaciones de las Naciones Unidas en Colombia.

A este respecto, existe un debate abierto, pues no todos los expertos entendidos en la materia coinciden con el ideario propuesto por las grandes instancias mundiales -como la OMS o Unicef- en lo que respecta a mantener la lactancia materna hasta los seis meses de vida del recién nacido o prolongarla hasta bien entrada la primera infancia.

Para Mejía, “los componente de excelencia que definen la leche materna no permanecen más allá de seis meses en promedio, después la fórmula de esta se transforma”. Por ello, la introducción progresiva de alimentos (fase de ablactación) debe realizarse desde los cuatro meses hasta los seis -y no a partir de los seis meses-, con el objetivo de que el sistema digestivo del pequeño se desarrolle y se adapte a las futuras exigencias de alimentación. “Tras el periodo de ablactación, el recién nacido debe comer únicamente la comida de su medio ambiente para terminar de adaptarse porque ya la leche materna no va a ser el mejor nutriente. Además a partir de esa fecha, si se sigue produciendo esa leche ya no es de la misma calidad. El calcio y el resto de nutrientes que la conforman se empiezan a extraer del cuerpo de la madre, lo que repercutirá en la salud de la mujer a largo plazo”, indica.

La lactancia supone, pues, una mayor carga para la madre si esta se extiende más allá de los seis meses. Pero, entonces, ¿por qué se recomiendan su mantenimiento? De acuerdo con Mejía, en la actualidad existen leches maternizadas que deben ser un recurso cuando la madre no puede o no debe amantar [por enfermedades crónicas, desnutrición, VIH…], pero la lógica de dilatar en el tiempo el amamantamiento responde a criterios puramente políticos y humanitarios. En palabras de la experta, “se justifica que la muerte del niño pueda ser por otra causa, pero no por hambre. Si no hay comida, ni agua, entonces que las mamás los amamanten. Pero debería ser en condiciones en las que no hay que acabar con la salud de las madres para que sobrevivan los niños, estas consideraciones políticas deben transformarse”.

En contraste, la opinión de la doctora María Constanza Ramírez, miembro de la Liga de la Leche en Colombia, para quien las consideraciones vertidas con anterioridad resultan desacertadas. Para ella,  la leche materna en ningún caso, modifica sus componentes esenciales y contenido energético con el paso del tiempo, de ahí su defensa de que la leche maternizada no puede ser un sustituto de la lactancia, si no un mero elemento de emergencia.

Por supuesto, no hay cabida para considerarlo un tema con connotaciones políticas. De hecho, como ella misma argumenta, el debate de la lactancia tardía es una cuestión de actualidad en los países desarrollados únicamente, donde se tiene la tendencia a sustituir la leche materna con leche maternizada. "En estos estados se está impulsando de nuevo la lactancia tardía porque cada vez se ven más casos de niños con diabetes, depresión, cáncer o enfermedades inmunológicas por esta carencia. Hay que empoderar a la mujer para que dé de mamar, algo que ya ocurre en los países en vías de desarrollo, donde la cultura del amamantamiento tardía está más extendida”, asegura.

Las consideraciones de Mejía, de Naciones Unidas, por otro lado, suponen una reflexión sobre la ausencia en las políticas de estado de los países menos desarrollados de planes de alimentación para poblaciones necesitadas que incluyan  leches maternizadas o suplementos alimentarios destinados a los infantes. Y es que su presencia no se justifica si se convierte a la madre -y a su capacidad de amamantar cuanto más tiempo mejor- en la única responsable de nutrir a su hijo. Todo ello sin atender a la posible carga que esto puede generar para la salud de la progenitora, si ella también está sometida a condiciones de vida precarias.

“Los pobres también tienen derecho a que si hay un suplemento alimentario para el bebé se incluya. En Colombia, por ejemplo, la inclusión de la la bienestarina, un suplemento alimentario que ya cumplió 50 años con fórmulas mejoradas en el tiempo, en los programas de bienestar Familiar ha prestado mucho beneficio. Si se cambia la visión, se modifica el discurso político, y se obliga al Estado a suministrar una mejor nutrición a más temprana edad para los pequeños. Pero son políticas de Estado”, explica con rotundidad. Así, la lactancia, bajo estos preceptos, pasa a ser una cuestión al servicio de los gobiernos y su evidente incompetencia para hacer frente las necesidades alimenticias de su población más vulnerable.

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