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La revolución de los juguetes sexuales

Revista Fucsia

La revolución de los juguetes sexuales Los juguetes son herramientas dentro de la terapia sexual y de pareja porque, sobre todo las mujeres más cultas y educadas, no conocen sus cuerpos (Foto: Thinkstock)

La terapia sexual le da la vuelta a la historia e incluye a consoladores, vibradores y una larga lista de objetos para el placer en sus tratamientos.

En principio, la reacción de muchos pacientes es de histeria, pese a las charlas previas de la terapeuta sobre las bondades del consolador. “Doctora, usted me está pervirtiendo. ¡Yo pensé que usted era decente!”, le reclaman. Momentos después, están comprando ‘la fórmula’, compuesta por chocolates eróticos, muñecas inflables, bolas chinas, lubricantes, imitaciones de falos al igual que de vaginas de materiales que simulan fielmente el toque de las carnes blandas humanas, para darles uso luego en la intimidad de sus alcobas.

Al menos eso es lo que viven los pacientes que se dejan guiar por Martha Mejía, terapeuta sexual colombiana con facultad de prescribir sin ser médica. Sus ‘recetas’ están hechas para perderle el miedo al sexo y eso se logra explorando, palpando, muy despacio… “Los juguetes son herramientas dentro de la terapia sexual y de pareja porque, sobre todo las mujeres más cultas y educadas, no conocen sus cuerpos”, afirma la sexóloga graduada en Barcelona, España.

Mejía se ha dedicado a tratar esos pudores que son para ella el origen de trastornos sexuales femeninos como la disfunción orgásmica, es decir, la falta de orgasmo (antes conocida como frigidez), uno de los más frecuentes. Y para ello los juegos, a manera de tanteos y fantasías, resultan fundamentales. A aquellas que no conocen bien su anatomía genital, la terapeuta les recomienda estar solas, relajarse, darse un baño caliente entre pétalos, velas y esencias y tocarse suavemente de pies a cabeza, sin ignorar ningún punto por raro que le parezca. Pero antes, hay que pasar por la prueba de mirarse completamente desnudas ante el espejo. “No es fácil, porque eso las confronta ante sus demonios”, concluye Mejía. También aconseja simular la lubricación vaginal con aceites hasta conseguir el orgasmo, pero no más de dos veces a través de sus propias manipulaciones. Mejía explica que se trata de reeducar la líbido de mujeres que la han tenido dormida por diez o quince años, eso sí, en etapas muy rápidas, para que no se creen fijaciones. En la siguiente fase de estos preludios amatorios en solitario, hacen su entrada los juguetes sexuales.

Hay pacientes que sufren de miedo al pene y a la penetración, o dispareunia
. A ellas, la sicóloga les recomienda su “kit”, palabras textuales, de vibradores y consoladores en variadas especificaciones, de 6 hasta 30 centímetros, que la interesada deberá probar gradualmente a partir de las recomendaciones de Martha, quien aclara que no se trata de recorrer todas las longitudes porque sí, sino de seguir con desinhibición los mandos del deseo. Antes de prodigarse satisfacción, la paciente debe mirar, palpar, calentar y lubricar el pene ficticio que la terapeuta le ha prescrito, a partir de las características del órgano de su pareja. “Quedan fascinadas”, cuenta la especialista acerca de las mujeres que vuelven con otro semblante después de seguir sus consejos.

Los consoladores están hechos de materiales que simulan el tacto suave de la anatomía masculina. Al respecto, Mejía dice que una experiencia ingrata con la textura inadecuada o de mala calidad, podría ser fatal. Con ellos y los demás adminículos de su ‘kit’, 80 por ciento de sus pacientes vence el trauma que las hace sexualmente infelices. Los vibradores, por su parte, también copian las formas fálicas y producen estremecimientos a partir de corriente eléctrica o pilas, que se pueden graduar a ascendentes velocidades, en las cuales nadie está obligado a batir un récord. Es una cuestión de libertad, muy personal como todo en el sexo, pero no hay que olvidar que acarrean riesgos si se les frecuenta en exceso y sin la higiene de rigor para evitar posibles infecciones o lesiones.

Hay una especie de ‘etiqueta’ para disfrutar de estos divertimentos sexuales. No se pueden comprar al ‘ojímetro’. Hay que tomarlos con las manos y sentir su material. Si no resultan cálidos al tocarlos, no son buenos. Los que mejor dan esa impresión son los hechos a base de silicona. En casa, hay que limpiarlos antes y después de cada sesión con mucha agua, jabón y alcohol o agua oxigenada. Al usarlos, siempre con condón, es bueno tener las manos limpias y las uñas cortas.

Los estuches originales se botan y en su reemplazo cada juguete se guarda, preferiblemente, en una bolsa individual de tela, nunca junto a perfumes ni objetos cortopunzantes. Y lo más importante, son personales e intransferibles, “como el cepillo de dientes”, dice la sicóloga, quien también les explica a sus pacientes que no son eternos, sino que tienen una vida útil, no mayor de tres años, bajo usos moderados, pues su material puede tomar olores fuertes y deteriorarse. Pero el fin de la terapia de pareja a través de los juguetes sexuales no es la masturbación. Una vez que han surtido efecto, el vibrador y sus similares desaparecen de la escena, aunque no necesariamente.La idea del tratamiento es que finalmente las parejas disfuncionales se conviertan en el mejor bocado sexual el uno para el otro sin la ayuda de artificios, sino desde la piel.

Pero, una vez más, en el amor todo se vale, y si los juguetes le dan fluidez a la relación, son bienvenidos. Mejía no sólo es especialista en sexualidad femenina, también conoce los caprichos escondidos del deseo masculino, que por tradición ha estado centrado en el miembro viril.

Ahora ella invita a los hombres a gozar con su pareja de esas zonas de su cuerpo que el machismo y la religión les prohibieron tocarse, bajo acusaciones de sodomía y homosexualismo. Pues hay una conexión muy especial entre las terminaciones nerviosas del ano y el cerebro tanto en hombres como en mujeres. Por eso, Mejía también les aconseja a ellos el uso del vibrador con su pareja, si hay común acuerdo, para que descubran nuevas posibilidades de satisfacción, sin el temor de que eso los convierta en gays. Pero de igual forma, hay juguetes sexuales pensados para las disfunciones masculinas. Para los problemas de erección, por ejemplo, se recomiendan los anillos vibratorios que se ponen en la base del pene y ayudan a mantener la rigidez. Algunos traen pequeños vibradores de pilas, y hasta música.

En todo caso, insiste la sexóloga, la experimentación con estos juguetes en la terapia de pareja marca una transición hacia la cura, o un elemento para romper con la monotonía de vez en cuando. “Nunca deben reemplazar a lo real”, dice. De todas formas, el menú de posibilidades, es bien nutrido. Las bolas chinas o Ben Wa, son una herencia de la sabiduría oriental y consisten en unas esferas de metal pesado, recubiertas de materiales sintéticos que la mujer se introduce en el fondo de la vagina antes de que su pareja la penetre. En una emulación del juego de billar, ambos amantes sienten un “indescriptible” placer. Se recomiendan, así mismo, para que ellas se sensibilicen con sus genitales, usándolas todo el día, aprovechando el roce que se produce al caminar.

El mercado también ofrece kits de dados y cartas, que en vez de espadas y copas, traen impresos los órganos genitales, las manos y las labios, entre otros. El juego consiste en agitar o barajar en la intimidad, y de acuerdo con las figuras que toquen en suerte, practicarle sexo oral a la pareja, besarla aquí o allá, en fin… Para los hombres pudorosos —porque los hay— son ideales las muñecas inflables, con las cuales ellos pueden practicar caricias y familiarizarse con las formas femeninas. Más sofisticados —y caros también— son los columpios y las sillas eróticas. Por hasta ocho millones de pesos, estos aparatos permiten graduar las posiciones para el coito, con vibraciones incluidas. Toda esta diversidad cuenta con la bendición de los sexólogos, que se empeñan ahora, desde sus consultorios, en desvirtuar la fama perversa de los juguetes eróticos.


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