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¿Quién asesinó al piropo?

Carmen Posadas

¿Quién asesinó al piropo? Ilustración: Ivette Salom

El miedo a parecer ‘atrasados’, las quejas de algunas feministas que confunden el halago con el menosprecio y el cambio de roles entre géneros, han hecho retraerse a los hombres al paso de una de esas nuevas mujeres profesionales e independientes. Como si el piropo fuera una guachafada.

Escribo estas líneas sentada en un destartalado banco público de la ciudad de La Habana, donde he venido a pasar unos días. Ya saben ustedes cómo son los finales de vacaciones, a veces nos da por pensar con nostalgia sobre los temas más nimios. Precisamente uno de estos temas ha sido el que me ha hecho detenerme aquí cerca del malecón.

Escribo apoyada en dos ejemplares del Granma, que ahora se vende como rareza turística, y quiero aprovechar este bienestar armonioso que da el Caribe para hablarles de algo que me ronda desde hace tiempo: la decadencia y muerte del piropo en España.

Es una pena; pero es verdad. El requiebro está muerto y enterrado: ya puede pasar la propia Claudia Schifferen cuerpo glorioso por delante de un grupo de hombres que a ninguno de esos machos se les moverá un pelo. (Valga decir que lo mismo nos ocurre a las mujeres del montón, y no nos escupen de puritito milagro. Pero,en fin…). 

En cambio, aquí y ahora, sentada en mi banco de La Habana alimento mi desinflado ego con una dulce cosecha de requiebros que me han dejado como nueva. Comprendo que alguien puede alegar, y con razón, que los latinoamericanos son mucho más dados a decir cosas lindas, igual que los italianos, pero les aseguro que la misma diferencia he notado al visitar Francia ,Inglaterra e incluso Rusia: los hombres de esos países practican esa vieja costumbre del halago callejero, cada cual a su manera, como es normal. 

Los franceses, por ejemplo, lo hacen (casi) como una declaración de amor en toda regla que a menudo comienza con un “Ah!Madame”. Los ingleses, más tímidos, aprovechan el sempiterno tema del tiempo para introducir algún comentario entre romántico y botánico que invariablemente rematan con un “my luv” (mi amor, dicho en cockney). 

Y, por fin, los rusos mascullan ternuras que lamentablemente no puedo contarles de qué tratan; sólo sé que tienen tono de balalaika. En España, encambio, país antaño ingenioso engalanteos, ya no se oye una linda palabra, ni siquiera una palabrota como la que antes solían lanzarnos los obreros desde sus andamios.

Se acabó; las mujeres parecemos no inspirar comentario alguno, ni bueno mi malo. ¿Pero quién mató al piropo? ¿En qué momento comenzó la indiferencia callejera? Yo tengo mi teoría al respecto: pienso que el cambio tiene mucho que ver con la evolución social ocurrida en España en las últimas décadas. 

Factores como el miedo aparecer ‘atrasados’, las quejas de algunas feministas que confunden el halago con el menos precio, el cambio de roles entre hombres y mujeres han hecho retraerse a los varones, como si exclamar “¡guapa!” al paso de una de estas nuevas mujeres profesionales e independientes fuera una guachafada. Cierto es que algunas feministas se ofenden por gestos que antes considerábamos caballerosos: retirar la silla para que se siente una señora, cederle el paso ante una puerta… Pero les aseguro, señores, que no todas las mujeres somos así de fundamentalistas.

A mi modo de ver, el machismo implica otras actitudes más profundas y desagradables que actos como ayudarnos con el abrigo o piropear el vestido que estuvimos horas eligiendo para una cita. Tampoco es ningún síntoma de modernidad el pasar delante de una chica guapa y mirarla con el mismo desinterés que a una farola. Es una pena que en la adaptación a las nuevas actitudes entre hombres y mujeres hayamos perdido la galantería.

Nada tienen que ver los churros con las merinas. Nada tiene que ver el piropo con el respeto, y no hace falta llegar a Cuba para darse cuenta de lo agradable que resulta un halago masculino. Ya les digo: haganla prueba en otros países. Verán que la desaparición del piropo es un fenómeno exclusivamente español. A Dios gracias, pues con mi proverbial minúscula autoestima, yo había llegado a pensar que me había vuelto invisible, o demasiado vieja, para cosechar un “¡guapa!”

 

 

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