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¿Y si me pegan, qué hago?

Luisa Blanco

¿Y si me pegan, qué hago? En Colombia, según estadísticas de medicina legal (2011) del último boletín: violencia hacia el adulto mayor 2%, violencia hacia NNA 15%, violencia entre otros familiares 18% y, finalmente, violencia conyugal 65%. Foto: Thinkstock

Para nadie es un secreto la violencia. Oímos de manera recurrente esta palabra: en los medios y en nuestros escenarios cercanos y lejanos, y de alguna manera, todos tenemos alguna definición construída de lo que ésta significa e implica.

Por: Luisa Blanco Dávila - Psicóloga- psicoterapeuta sistémica.
luisablancodavila@gmail.com

Existen, desde luego, muchos tipos de violencia que como acción humana no pueden estar aislados o por fuera de nuestro contexto social.Una de estas, la violencia al interior de las familias, es un fenómeno social bastante frecuente y complejo por lo que para comprenderlo y analizarlo, se han realizado algunas divisiones de la misma tales como violencia a NNA (niños, niñas y adolescentes); violencia al adulto mayor; violencia entre otros familiares; y violencia de pareja.

En Colombia, según estadísticas de medicina legal (2011) del último boletín publicado con información sobre violencia intrafamiliar en el periodo de enero a agosto, las estadísticas según contexto son: violencia hacia el adulto mayor 2%, violencia hacia NNA 15%, violencia entre otros familiares 18% y, finalmente, violencia conyugal 65%, lo cual demuestra la frecuencia con la que es utilizada la violencia en las relaciones de pareja como una forma aceptada en la interacción. En este mismo periodo se reportaron 3.097 casos de violencia de pareja propiciadas por la mujer hacia el hombre y 28.854 denunciados sobre violencia conyugal propiciadas por el hombre hacia la mujer, lo que indica que fueron reportados un total de 32.701 casos de violencia en las relaciones de pareja.

 Ahora bien, la violencia en las relaciones conyugales ha estado presente en la historia de la humanidad a través de la cultura patriarcal, la cual propone al hombre como dominador y proveedor, y a la mujer como la sumisa. Esta cultura ha sido transmitida y aprendida de genereación en generación, configurando las creencias y significados que tienen hombres y mujeres en torno a su rol y a las relaciones de pareja, tales como la aceptación de la violencia como una forma de poder; la idea de ser un asunto privado en el cual “nadie debe meterse”; la comunicación por medio de amenazas, burlas o chantajes, entre otros, que pueden ser generados tanto por el hombre como por la mujer. Estas y muchas otras ideas conforman el contexto de la violencia conyugal, que por su naturaleza compleja suele ser difícil de comprender.

Es importante mencionar, de otro lado,  que existen diferentes tipos de violencia conyugal, como son la violencia física, sexual, emocional, verbal y psicológica, y alrededor de esto se han tejido algunos mitos tales como que la violencia física es la más grave por ser físicamente “visible”. Las consecuencias de la violencia de pareja son bastantes, ya que van desde la perdida de la autoestima en la persona agredida hasta la muerte. ¿Qué tanto estamos dispuestos a soportar por la necesidad de una compañía, soporte económico, status social o tantos otros factores?, ¿es esta una situación que queremos sostener?

Aunque son bastantes los casos reportados, no es garantía de que sean el reflejo de todos los casos de violencia conyugal que acontecen en la vida de las parejas colombianas, pues muchas veces quien denuncia no se atreve a mantenerla por “miedo”, “amenazas”, “arrepenietimiento”, “vergüenza”, “prestigio”, etc. Sin embargo, la denuncia implica que cada vez más, tanto el hombre como la mujer,  no están de acuerdo con que la violencia prime en sus relaciones amorosas.

De otra parte, al enfrentarnos a la violencia conyugal, los miembros de la pareja en muchas ocasiones se encuentran con algunos dilemas relacionados con lo que significa el papel de ser hombre y de ser mujer en sus relaciones de pareja, ya que cada vez que interactúan tienen como referencia lo que han vivido sus antepasados en sus relaciones, considerando como única forma de interacción posible la dinamica de violencia (Corsi, 1994 & Ravazzola, 2010). Esta dinámica se ha descrito como un círculo vicioso patológico o ciclo de violencia (Sarquis, 1995).

En muchas ocasiones, los integrantes de la pareja se quedan en este ciclo por miedo a romper con tabus, creencias y significados sobre la familia y la relación conyugal que parten de la cultura patriarcal como limitador de acciones, sentimientos y pensamientos sin tener en cuenta que como seres humanos, tanto hombres como mujeres tenemos el mismo derecho a decidir qué sentir, qué ofrecer, qué pensar y cómo actuar  de tal forma que cuando nos salimos de este esquema,  creamos posibilidades distintas de interacción que no son la violencia, dependiendo del universo de cada relación: cada caso es único. Por tanto, en el momento en que tanto hombres como mujeres se sientan reconocidos no desde dicho rol sino desde el ser humano y todo lo que éste comprende, las parejas inician una nueva forma de relacionarse, en la que se convierten en creadoras de soluciones donde los dos participan desde sus posibilidades y capacidades que van encontrando cuando empiezan a autovalorarse, cuidarse y aceptarse.

Ateniendo a mi oficio de terapeuta, he escuchado casos dónde es ella quién golpea; otros, dónde es él; y poniendo a las partes a hablar, sin realizar indagaciones secuenciales previas al episodio violento, ya que éstas sostendrían la idea de que el maltrato: “!por algo sucedió!” o, “quién fue agredido algo hizo para merecérselo”, es decir, -se justificaría la acción violenta-,  he podido darme cuenta de que los resultados son en muchos casos asombrosos, pues el diálogo cura (Linares, 2005) y es liberador, reconoce a las personas desde distintos roles y contextos y no desde los ya conocidos: “maltratador vs maltratada”, cambian los significados frente al ser hombre y ser mujer, para luego empezar con pequeños cambios (los cuales van atados al pedir perdón), a que la pareja se encuentre desde su igualdad. En consecuencia, no podemos seguir encasillando y estigmatizando al hombre como el único al que “!hay que castigar y reprender para que aprenda!” y así se haga justicia (siendo sentenciado como agresor en algún tribunal), y tampoco podemos seguir pensando que por ser “hombre” se es en sí mismo violento, y por ser mujer se “debe” ser sumisa, pues ahí seguimos cayendo en la violencia queriendo rescatar a las víctimas (Friedman, 1995). ¡Ya es hora de incluir a los hombres y mujeres en nuestros diálogos!

    Finalmente, y como en todo, la educación, y la co-rresponsabilidad de nuestros actos es una variable fundamental en la búsqueda de soluciones a este fenómeno complejo. Es preciso, que la sociedad como un todo arranque de raíz estas atávicas costumbres y formas de vivir (la cultura patriarcal), ya que al mantenerlas se perpetúa la violencia invisibilizándose las nefastas consecuencias de este modelo, para llegar a unas nuevas en un proceso basado en la igualdad, el diálogo, el respeto y la tolerancia y en donde todos nos hagamos cargo de nuestras acciones, sentimientos y formas de pensar en la interacción con el otro. En suma: una sociedad más responsable de sus actos.

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