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Siempre se ha dicho que las preocupaciones matan, que estar constantemente bajo presión es nocivo para la salud. Ahora, un nuevo libro asegura que quienes afrontan situaciones difíciles tienen mejores capacidades mentales. Su autor, el neurosicólogo Ian Robertson nos explica las razones.

Al estrés su mala reputación lo precede: se le acusa de deteriorar las neuronas, de causar depresión, hipertensión, insomnio, y como si fuera poco, envejecimiento. Un estudio reciente encontró que las mujeres son las principales afectadas, y que son dos veces más propensas a sufrir de ansiedad que los hombres, en especial las menores de 35 años... Quizá se debe a una combinación de factores hormonales y a una rutina demandante en la que ellas se exigen superar sus propias expectativas y las de la sociedad.

Sin embargo, una serie de investigaciones han demostrado que “el villano” del siglo XXI no es tan malo como lo pintan. Que incluso puede prolongar la vida, hacerla más feliz y fortalecer las funciones cognitivas, como la memoria. ¿Al fin qué: remedio o enfermedad? Ian Robertson, profesor de sicología del Trinity College, de Dublín, se dio a la tarea de encontrar una respuesta a esta paradoja. El resultado de cuatro años de trabajos en torno al tema es su libro The Stress Test: How Pressure can Make You Stronger and Sharper: “El estrés moderado incrementa los niveles del neurotransmisor noradrenalina, el cual estimula el estado de alerta del cerebro, de manera que se mejoran sus habilidades. Por ende, se genera mayor agudeza mental”, expresó a FUCSIA el experto. Además, quienes afrontan cierta adversidad en sus vidas desarrollan una tolerancia más alta al dolor físico.

Aun así, comenta que la cantidad de estrés no es tan relevante como la manera en que cada persona reacciona ante este. Y recuerda la historia de un amigo suyo, que después de un accidente y múltiples heridas, que incluyeron una amputación, volvió no solo a caminar sino a montar bicicleta, pese a los pronósticos en su contra. ¿Por qué hay quienes superan los obstáculos y otros, en cambio, se quedan estancados en sus pensamientos apocalípticos, o con tal de no lidiar con ellos posponen sus obligaciones y se refugian en la bebida para relajarse? La explicación estaría en el funcionamiento de los lóbulos frontales izquierdo y derecho: quienes tienen mayor actividad en el primero se enfocan más y hacen frente a los retos, pues ese lado está asociado con la búsqueda de recompensas y con la liberación del neurotransmisor dopamina, que actúa como una droga natural que combate la ansiedad. “Mientras que el derecho está vinculado a comportamientos evasivos, con evitar el castigo”.

Pero más allá de la química cerebral, Robertson apuesta a que todas las personas podrían entrenarse para usar la presión a su favor, como una energía motivadora que, en lugar de ser debilitante, promueve la productividad. “Tiger Woods afirmaba que si no se sentía nervioso antes de una competencia, sabía que no le iría bien... El estrés se define como lo que sentimos cuando tenemos la percepción de que determinadas exigencias superan nuestra capacidad para satisfacerlas. Por eso se genera ansiedad. Pero debemos convencernos de que tenemos algún grado de control sobre las emociones”. Advierte que para los fatalistas, que se creen víctimas de las circunstancias o que no poseen el dominio sobre su estado de ánimo, es muy difícil sacarle provecho a los momentos problemáticos. De hecho, considera que en la actualidad existe una epidemia de prescripción de antidepresivos y ansiolíticos que aumenta esta idea de que la mente se maneja sola, como un caballo desbocado.

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Un experimento realizado en University of Chicago mostró la importancia de la actitud frente al estrés y la percepción que se tiene de este, en un grupo de estudiantes que debían resolver ejercicios de aritmética ante un auditorio. Aunque eran sobresalientes en matemáticas, unos estaban seguros de sus habilidades y los otros no. Esa diferencia fue crucial: durante la prueba, si bien todos produjeron más cortisol, que es la hormona del estrés, los que se tenían confianza se destacaron por su buen desempeño. Al respecto el neurosicólogo señala que se puede transformar el estrés en entusiasmo en lugar de ansiedad. El típico consejo de que las personas se repitan a sí mismas el mantra “me siento confiado” o “estoy calmado” en la adversidad, no basta; al cerebro no se le engaña tan fácilmente y hay que recurrir a otros trucos: “La clave está en tener una mentalidad abierta al desafío, y no hacia la amenaza. Por ejemplo, decir ‘me siento emocionado’ antes de una presentación, mejora el desempeño y reduce el nerviosismo. Los síntomas de las dos sensaciones (pulso rápido, estómago revuelto, sudoración) son prácticamente los mismos”. Se trata entonces de darle un nuevo nombre a esa energía.

Robertson destaca que tener amor propio ayuda a ver en el estrés una oportunidad, “debido a que te da el ímpetu de avanzar en tiempos de crisis”. Agrega que enfrentar situaciones complicadas reviste de mayor resiliencia al cerebro. Por eso, quienes se retiran del trabajo sin pensar en nuevas opciones estimulantes, se privan de esa ventaja, aunque parezca que se quitan un peso de encima. Así mismo, los niños y adolescentes sobreprotegidos se vuelven vulnerables en cuanto no aprenden a lidiar con los inconvenientes ni a ser recursivos. “Fracasar te enseña a reorganizar las prioridades”. Y es que los especialistas piensan que el estrés deja una huella que prepara a las personas para manejar en el futuro coyunturas similares o peores, como si el organismo recibiera una vacuna. No es casualidad que los astronautas, los atletas y quienes trabajan en urgencias médicas reciban entrenamiento para saber responder a imprevistos.

Una investigación realizada en 2013 concluyó que aquellos que llevan una existencia significativa suelen preocuparse más que los que no la tienen. Así, en lugar de estresarse por cuánto estrés se experimenta, habría que aceptarlo como una evidencia de cuán valioso es el camino que se está construyendo. relaciones FUCSIA Para que el estrés no lo agobie, aprenda a...Enfocar su atención en lo que está haciendo. La mente divaga en promedio 160 veces al día y esa es la receta de la infelicidad: llega una avalancha de pensamientos negativos que incrementa
la ansiedad.

Activar el lóbulo frontal izquierdo del cerebro: apriete una pelota de goma con su mano derecha durante 45 segundos, luego suéltela por otros 15, y repita el ejercicio. Esto mejora el ánimo y aumenta la confianza.

Producir noradrenalina, el químico que mejora las funciones cognitivas, en tres pasos: “Póngase derecho, respire hondo y diga su propio comando: ‘¡concéntrate!’, ‘¡despierta!’ o ‘¡alerta!’”.

Ponerse una meta a la vez cuando una tarea lo agobie. Cada vez que dé un paso hacia adelante liberará dopamina y tendrá la energía para afrontar el siguiente reto.

Pensar en positivo: en momentos de estrés, antes de dormir, recuerde tres cosas buenas que le hayan sucedido durante el día, por insignificantes que parezcan.

Hacer la pose de poder: cabeza levantada, hombros derechos, brazos extendidos para apropiarse del espacio. Así se estimulan las hormonas relacionadas con la seguridad.

Planear bien su día: elija el horario en que es más productivo, sea la mañana o la noche, para realizar los trabajos más desafiantes.

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