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Madame, la historia de una Cenicienta moderna convertida en comedia

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Madame,  la historia de una Cenicienta moderna convertida en comedia Cortesía Cinecolombia

¿Que pasaría si una empleada doméstica se enamora de un amigo de sus patrones y viceversa? Conversamos con Amanda Sther, directora de la película Madame, quien nos contó todo acerca de la película y del proceso de crear esta historia de amor entre un elenco y equipo multicultural.

A propósito del estreno de la película Madame, una historia de amor disfuncional entre una empleada doméstica que se hace pasar por señora de sociedad por pedido de su patrona y un amigo de la familia, se revive la clásica fábula de amor encarnada por la Cenicienta.

En este caso la reconocida actriz Rossy de Palma asume el rol de María quien por cuenta de un agüero de su patrona (Toni Collette) termina sentada en la mesa de una cena en la que conoce a un hombre rico y elegante con quien empieza a salir. Este es el punto de partida para una historia muy divertida, pero que a su vez nos deja reflexionando sobre los roles que aún se asumen como naturales dentro de nuestra sociedad. Conversamos con la directora de la película, Amanda Sther.

¿Cómo nació el proyecto de ‘Madame’?

El punto de partido fue Rossy de Palma. Ella había visto una de mis obras de teatro, que la motivó a querer trabajar conmigo; le habló a nuestro agente en común, y nos conocimos. Le dije que se me dificultaba escribir por encargo, pero que estaba halagada. Me asombró que una actriz tan emblemática se acercara a mí.

Un tiempo más tarde me dieron ganas de escribir un personaje femenino con el que uno se pudiera identificar, que no se pareciera a las imágenes en las revistas. Me parecía interesante mostrarla como yo la vi, y como la vieron todos los miembros del equipo: una mujer de quien enamorarse. Porque su belleza interior ilumina la belleza particular de su apariencia;
¡para mí, Rossy es una pintura de Modigliani!

Es entonces una película para Rossy. Pero, ¿de dónde salió la historia de amor en sí?

Mi deseo de escribir para Rossy encajó perfectamente con otra idea. Me di cuenta de que las empleadas domésticas llaman siempre a sus patronas “Madame”, mientras que estas últimas las llaman por su nombre. Es una relación muy peculiar, pues la empleada entra en la intimidad de sus patrones: ella lava su ropa, cambia sus sábanas, sabe quién durmió en la casa y quién no. Pero queda allí una fuerte dominación social, incluso el rastro de una feudalidad muy antigua. Si uno se pone a ver, es muy inquietante. Entonces, yo lo extrapolé: ¿qué pasaría si una empleada doméstica se atreviera a enamorarse de un amigo de sus patrones?, ¿si estuviera invitada a una cena, la gente la reconocería inmediatamente como una empleada? Me imaginé personas muy ricas, de esas que se van de vacaciones con sus empleados, como una forma de esclavitud contemporánea y legal. Rossy era perfecta para ese papel: ¡los reto a cenar con ella y no querer ser su amiga!

¿Cómo se había imaginado a los personajes de Toni Collette y Harvey Keitel?

Tenían que ser estadounidenses. En Francia, es complicado hablar de dinero, y representar a personas de un nivel social muy alto. También los concebí así porque la situación presentada en la película simboliza las desviaciones del capitalismo. Tenemos un país, los Estados Unidos, que promete dar una oportunidad a todo el mundo, y ese opio aún funciona: todos creen en eso, aun cuando hay desigualdades terribles y la movilización social está completamente bloqueada. Cuando uno le habla a los meseros, a los taxistas, etc., ellos no se quejan de no haber tenido una oportunidad, ¡sino que dicen que no les ha llegado todavía!

Yo hice de mis norteamericanos personajes en prisión: Bob, interpretado por Harvey Keitel, es prisionero de su posición social. Anne, interpretada por Toni Collette, es prisionera de su apariencia. Ella se casó con su estudiante de golf, y ve en María a alguien que podría imitar su recorrido. Anne sabe perfectamente que ella misma corre el riesgo de ser reemplazada por una mujer más joven y fresca.

La película es una sátira social muy provocadora: ¿usted condena a esta pareja?

Claro que sí, ellos son muy crueles… pero también me conmueven. El personaje de Harvey no es nunca maquiavélico, a pesar de que abusa de su poder. El de Toni es más complejo, pero también muy humano en su angustia: esta mujer no sabe lo que es el amor, pues para ella es solo un medio de ascensión social.

Cuando ella ve que María, interpretada por Rossy, está genuinamente apasionada por su propia e inesperada historia de amor, se pone celosa. Y en vez de pensar que eso le podría pasar a ella, asegura que todo el asunto es infantil, que el amor no existe, y hará de todo para comprobarlo. Es de esas personas que hacen de todo para que el mundo se acoja a sus creencias, en vez de hacerlas evolucionar en su encuentro con el mundo.

Sin embargo, Anne también puede ser sensible: cuando le dice a María que su labial le queda bien, por ejemplo. Pero, inmediatamente, su deseo de ser la primera y la más bella vuelve a alcanzarla. En los Estados Unidos, me encontré con muchas mujeres como ella, que siguen un ideal femenino impuesto por la sociedad y que, por lo demás, se parecen todas entre sí. Hay que ajustarse a ese dogma; si no lo hacen, una mujer más joven las reemplazará. Esta forma de esclavitud no está tan alejada de la de las empleadas domésticas.

En la cena, María no se siente en su lugar…

¡Yo conozco bien esa sensación de impostura! Lo que le hago vivir al personaje de Rossy, yo lo sentí en mi adolescencia. Crecí en una familia algo intelectual, con un padre médico. Cuando tenía 14 años, él se volvió a casar con una mujer que se movía por un mundo de mucho dinero, así que me vi inmersa en ese medio, del que ignoraba todos los códigos. Cuando los aprendí, me parecieron desagradables. Antes pasaba las vacaciones con mis abuelos en Bretaña, y de repente me encontraba en San Tropez con todo el jet-set. No estaba para nada en mi lugar. Rossy de Palma podía interpretar a María con mayor razón porque no hacía parte de ningún mundo: ella cae bien en todos lados, atraviesa los medios sociales y culturales con una fuerza y una simpatía poderosas, que son misteriosas e irresistibles. En su vida, Rossy ha pasado por cosas muy duras, y el arte ha sido como una cura para ella. Pienso que el ser la Cenicienta y la princesa de la película la liberó aún más: siempre hace bien el ser admirada. ¡Si la película sirvió para hacerla más feliz y amorosa, es casi que suficiente para mí!

Se vio confrontada a actores de orígenes y metodologías muy diferentes. ¿Cómo los dirigió?

Mi método es muy simple: no repito nunca; siempre le pido a los actores darme la primera versión de la escena que tienen en ellos. Si no es eso lo que buscamos, no hay problema, pero a veces en una primera toma sale una emoción que no es fácil de reproducir. Entonces, la primera toma depende de ellos, y después, si hay necesidad, volvemos a trabajar en la escena. En Madame, dado el nivel de los actores, los dejaba solos al principio y luego yo los ajustaba. Harvey es un actor más instintivo que técnico: es la verdad del momento lo que le interesa, algo tiene que pasar, él tiene que estar vivo durante la toma. Son cosas de viejo sabio: añadir accesorios, como un whisky, aceitunas, etc., para crear obstáculos y dar a la escena un sentido físico. Toni es la actriz más técnica con la que he trabajado: ella es un metrónomo que, de toma en toma, puede hacer la misma cosa, casi de un solo respiro. ¡Un reloj!

Rossy da la sensación de ser instintiva, pero es también una gran actriz técnica. Intenté atenuar su tendencia a la mímica, de lo cual le pedimos mucho. Es un rol bastante diferente de los que pudo interpretar con Almodóvar. A ella le gustaba la idea de que la película no fuera una broma sino una comedia ácida, y que su personaje fuera sensible e inteligente.

Los diálogos tienen chispa, y le dan la oportunidad a los personajes de burlarse de sí mismos: Anne, por ejemplo, está a menudo al borde de lo políticamente incorrecto…

Sí, ella dice horrores, que nos hacen reír porque tienen algo de verdad en el fondo. Yo escribo lo que me gustaría escuchar en aquellas cenas, que son a menudo muy aburridas. Es en los diálogos donde encuentro el mayor placer; esa es la esencia misma de mi escritura. Y cuando estoy grabando, no pienso tanto en el cuadro que decidí previamente, sino en la manera en que se pueden resaltar esos diálogos y acentuar lo graciosos que son.

La película hace que se crucen varias soledades en un universo de mucho lujo, que es bastante atrayente. ¿Cuáles fueron sus elecciones en términos visuales?

La película debía parecerse a un cuento de hadas, incluso si, en el fondo, es una burla del género. Yo quería que fuera muy colorida, y rica visualmente. El director de fotografía Régis Blondeau desarrolló un trabajo profundo sobre la luz. La imagen va hacia lo sombrío, con centelleos de esperanza. Hay muy poco blanco, aparte del vestido que María toma prestado de Anne. Normalmente, el blanco es el color de la pureza, ¡pero aquí es el de la mentira!

¿Madame es una película francesa o estadounidense?

¿Una comedia estadounidense grabada en París? Es, en todo caso, una película de hoy, un momento en que las fronteras desaparecen y los problemas se globalizan. Lo que queda en Francia es el arte y el amor, ¡lo cual es mucho decir!

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