Entrevista

Fernanda Trías: «Lo verdaderamente inquietante es aquello que ya habita en nosotros»

Redacción Fucsia, 11/8/2026

En Miembro Fantasma, la escritora uruguaya explora la pérdida, el cuerpo y aquello que persiste cuando algo ya no está. Una conversación sobre la escritura de lo inquietante y la insinuación.

La narradora nació en Montevideo en 1976.

Por: Pilar Bolívar @lavidaentenis

Mientras algunos escritores construyen sus historias a partir de grandes acontecimientos, Fernanda Trías prefiere hacer exactamente lo contrario: mover apenas la mirada. En sus libros, basta un pequeño desplazamiento para que lo cotidiano revele una inquietud que siempre estuvo ahí, agazapada entre el silencio, el cuerpo, la memoria o los espacios que creemos seguros. La extrañeza no llega desde afuera; nace en el interior de sus personajes, allí donde las pérdidas, los deseos y los miedos siguen respirando incluso cuando parecen haber desaparecido.

Esa poética alcanza una de sus expresiones más depuradas en Miembro fantasma (Páginas de Espuma), un libro de cuentos atravesado por las ausencias que persisten como presencias. Más que narrar el duelo, Trías explora aquello que permanece después de la pérdida: los vacíos que siguen doliendo, los cuerpos que conservan memorias invisibles y las vidas que intentan reorganizarse cuando ya no pueden volver a ser las mismas. Sus relatos avanzan sin sobresaltos ni explicaciones definitivas; confían en la insinuación, en los silencios y en un lector dispuesto a completar aquello que la escritura decide callar.

En esta conversación, la escritora uruguaya radicada en Bogotá, reflexiona sobre el origen de Miembro fantasma, el misterioso proceso creativo que da vida a sus cuentos, la diferencia entre escribir una novela y un relato breve, la construcción de personajes que habitan cuerpos vulnerables y la necesidad de resistirse a una época que exige respuestas rápidas y certezas inmediatas. «Lo interesante siempre está en un pequeño desplazamiento de la mirada», afirma. Quizá esa sea también una de las mejores definiciones de toda su literatura.

FUCSIA: Muchos personajes de este libro buscan una especie de «lugar seguro» y al encontrarlo, descubren una nueva forma de soledad; se encuentran finalmente, vacíos. ¿Por qué?

Fernanda Trías: Sí, es una paradoja inevitable; ya desde mi primer libro La azotea, siempre he trabajado ese contraste entre el espacio seguro —y que no lo es tal—, el aparente; también, por eso creo que hay un espacio cerrado (en muchos relatos, las casas) pues hay cosas que se observan a través de las ventanas, de esos espacios liminales.

¿Tal vez porque el «miembro fantasma» —lo inquietante— proviene no tanto de un monstruo exterior, sino de algo que ya habita en nosotros, o en nuestro espacio seguro?

Así es; realmente creo que, desde el punto de vista narrativo, no se necesitan grandes acontecimientos, sino simplemente, dar vuelta la cámara hacia adentro de los personajes, o por lo menos eso siempre ha sido mi interés con la escritura.

Y es que hay varios relatos (si no, todos) en los que pareciera que el cuerpo hablara más que el lenguaje. ¿Para usted, la escritura aparece para traducir esa experiencia o para aceptar que hay algo que nunca podrá decirse?

Probablemente; pero, por ejemplo, un cuento corto como es Una mujer de tu época, narra a dos mujeres cuyas edades no se especifican, pero se intuye que no son jóvenes, quienes están enfermas —posiblemente, de gravedad o tienen una enfermedad terminal—, en un hospital o en un centro de reposo. Y, en lugar de habitar un lugar de pérdida, de amargura o de desgracia, habitan un lugar extremadamente vital (…) donde hay espacio para el humor, donde no hay edad para las travesuras; en realidad, lo que me interesa también es subvertir todas esas ideas, de cómo debería ser la experiencia de la enfermedad, o la experiencia de la vejez, o la experiencia de la mediana edad de la mujer —que ya no es joven, pero tampoco es vieja, ese lugar intermedio— y cuestionar todas esas cosas.

Si bien sus relatos se sitúan muy dentro de lo cotidiano, basta un pequeño desplazamiento para que aparezca eso que se silencia. ¿Cómo logra el equilibrio entre el realismo y la perturbación?

No sé cómo lo hago, pero sí tengo claro que lo interesante siempre está en un pequeño desplazamiento de la mirada; me interesa que ese desplazamiento sea realmente breve y no de una extrañeza total para corroborar que siempre estamos conviviendo con lo inquietante y con lo extraño; simplemente, basta con girar apenas la mirada para entender lo extraño que es todo, en realidad.

¿Qué situación silenciada le gustaría explorar más adelante en un cuento?

La verdad, no lo sé, porque como es tan misterioso el proceso de cómo se aparece una idea para un cuento, no es algo que yo pueda controlar en lo más mínimo. Nunca pienso «voy a tratar de pensar una idea para un cuento»; no puedo lograrlo directamente, solo me queda esperar y dejar que la imaginación y el proceso creativo haga lo suyo, haga su trabajo que es como estar ahí conjurando, pero no puede hacer mucho más que un conjuro.

¿Por qué su literatura en general se caracteriza por esos giros tan leves?

Además de ser esos los textos que más me atraen, creo que hay mucho más potencial en dejar a la imaginación; en esa insinuación se produce un pliegue y en ese pliegue se puede esconder una cantidad de sentidos permitiendo, a su vez, abrir la lectura con bastante más profundidad. Algo que me ha funcionado al escribir cuento pues este, en poco espacio debe condensar gran cantidad de sentidos; de ahí que yo creo que en el cuento, más que nunca, se necesita trabajar con eso que no se dice —con toda la insinuación— para condensar aún más y que se sienta que, a pesar de que es corto, se siente ancho, profundo.

Sus finales no ofrecen respuestas cerradas. ¿Confía en que el lector complete los espacios vacíos o simplemente, escribe desde la incertidumbre para que cada cual saque sus propias conclusiones?

No, yo creo que siempre tengo en mente un lector activo, un lector que va conmigo, pero que juega conmigo; que lee entre líneas, que me entiende los chistes. Un lector que agradece esa participación. Y me parece fundamental para mí, como escritora, confiar que ese es el lector que va a llegar al libro, porque si yo no creyera, no tuviera esa confianza en el lector, entonces intentaría simplificar para que se entienda y haría todas esas cosas que no quiero hacer.

¿Alguna vez ha recibido la retroalimentación de algún lector con su propio final?

A mí no me comparten tanto cómo imaginaron que, por ejemplo, sería el encuentro entre las dos mujeres en Ciclón; pero sí me dicen con mucho entusiasmo: «yo me moría por llegar al momento en que se encontraran» o «yo quería ver si el pichón se salvaba». Pero esa energía es la que hace valiosa el acto de leer; llegar a esa emoción es el momento o la experiencia que luego el lector atesora. Y, justamente, el hecho de que el cuento se termine un pasito antes permite que la historia siga resonando en el lector y que él se quede con esa historia, dándole vueltas y vueltas y vueltas. Y eso es lo emocionante de leer cuentos.

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