La colección femenina Otoño-Invierno 2026 de Nicolas Ghesquière recupera la historia del fundador de la maison para construir un guardarropa inspirado en la naturaleza y el movimiento.
La industria de la moda atraviesa una temporada donde las grandes casas exploran su legado para reinterpretarlo desde una perspectiva contemporánea y allí las historias fundacionales vuelven a ocupar un lugar central en las colecciones. Más que una estrategia de archivo, se vuelve un mecanismo para preguntarse cómo nació una identidad y qué significa hoy.
Ese ejercicio atraviesa la nueva propuesta femenina de Louis Vuitton, que para su colección Otoño-Invierno 2026 convierte el primer gran viaje de su fundador en el punto de partida de una reflexión sobre el movimiento, el paisaje y la manera en que la ropa acompaña la vida de quienes la habitan. La colección fue presentada el 10 de marzo en la Cour Carrée del Museo del Louvre, durante la última jornada de la Semana de la Moda de París.
El director artístico de las colecciones femeninas, Nicolas Ghesquière, tomó como inspiración la travesía que Louis Vuitton emprendió cuando tenía apenas 14 años. El futuro fundador dejó su ciudad natal, Anchay, en la región francesa del Jura, y caminó durante casi dos años hasta llegar a París en 1837, un recorrido que terminaría marcando el nacimiento de una de las maisons más influyentes de la historia del lujo.
Esa historia se traslada a la campaña y a la colección a través de una idea que Ghesquière resume como una “supernaturaleza”, un universo donde la ropa nace del diálogo entre el ser humano y el entorno. Montañas, bosques y llanuras se convierten en referencias para un guardarropa pensado desde la protección, la resistencia y la libertad, pero también desde una visión profundamente contemporánea del vestir.
Las siluetas exploran proporciones arquitectónicas y detalles escultóricos moldeados por los elementos naturales. Abrigos de hombros monumentales, texturas que evocan minerales, cuernos y madera, flores elaboradas en cuero, estampados animalier reinterpretados y superficies tridimensionales construyen una estética donde la naturaleza deja de ser inspiración para convertirse en parte de la propia prenda.
La colección también profundiza en uno de los temas recurrentes de Ghesquière: la relación entre el saber artesanal y la innovación tecnológica. El cuero aparece trabajado con acabados que recuerdan vetas de madera; las resinas generan nuevas texturas y los accesorios recuperan el histórico espíritu viajero de la maison. El emblemático bolso Noé, por ejemplo, regresa reinterpretado, mientras que la joyería incorpora remaches inspirados en los antiguos baúles de viaje de Louis Vuitton.
El escenario reforzó esa narrativa. Diseñado por Jeremy Hindle, reconocido por su trabajo en la serie Severance, el espacio instalado en el Louvre recreó un paisaje abstracto donde exterior e interior parecían fundirse. Las modelos desfilaron entre formas que evocaban montañas y praderas, como si avanzaran dentro de una pintura pastoral atravesada por referencias de ciencia ficción.
Las imágenes de campaña, fotografiadas por Jamie Hawkesworth y con estilismo de Marie-Amélie Sauvé, trasladan ese mismo espíritu a paisajes abiertos donde la colección dialoga con el territorio que inspiró el primer viaje de Louis Vuitton. Más que reconstruir un episodio histórico, las fotografías convierten el desplazamiento en una metáfora de transformación personal y creatividad.
Con esta propuesta, Nicolas Ghesquière continúa explorando la identidad de una casa cuyo ADN siempre ha estado ligado al movimiento. En lugar de entender el viaje únicamente como un destino, la colección plantea que el verdadero lujo puede encontrarse en todo aquello que sucede durante el camino: la capacidad de adaptarse, descubrir nuevos paisajes y construir una historia propia sin perder de vista el lugar de donde se viene.