Moda
Carolina Herrera reinterpreta su legado con una colección inspirada en Nueva York
La colección Primavera 2027 celebra 45 años de historia con una mirada contemporánea sobre los códigos de la casa, entre siluetas precisas, flores, lunares y referencias al imaginario neoyorquino.

45 años después de aquel primer desfile que marcaría el inicio de una de las firmas más destacadas de la moda internacional, Carolina Herrera regresa a sus propios archivos para mirar hacia adelante. Para la Primavera 2027, Wes Gordon toma como punto de partida el universo que Herrera construyó en Nueva York en 1981 y, en lugar de reproducirlo, se pregunta hoy qué significa ser una mujer elegante, femenina y profundamente urbana.
La respuesta aparece en una colección que reúne algunas de las figuras que rodearon los primeros años de la casa, entre ellas C.Z. Guest, Diana Vreeland y Lee Radziwill. Gordon las imagina en el Nueva York contemporáneo: mujeres que mantienen el placer de vestirse, pero que viven en una ciudad mucho más dinámica. La elegancia contenida en ese entonces adopta ahora una actitud más atrevida, mientras la feminidad se expresa desde la presencia y no desde la intención de pasar inadvertida.
La colección acompaña a esa mujer durante todo el día. El imaginario de las ladies who lunch se cruza con una rutina que incluye caminatas por Central Park, taxis amarillos, reuniones y recorridos de una punta a otra en Manhattan. Esa vida en movimiento encuentra su traducción en prendas que combinan estructura y ligereza: chaquetas alargadas, faldas amplias y piezas de día cortadas con precisión conviven con vestidos de noche más fluidos.

El contraste entre construcción y movimiento también atraviesa los materiales. Tweed, popelín de algodón, gabardina y denim construyen el armario cotidiano, mientras la gasa, la organza, el encaje metálico y el gazar introducen transparencia, textura y dinamismo. El punto y el ganchillo completan esta conversación táctil con una lectura menos previsible de los códigos tradicionales de la firma.
Carolina Herrera transforma sus referencias históricas en una colección para el presente
En el atelier de Carolina Herrera, la artesanía funciona como uno de los hilos conductores de la propuesta. Encajes integrados en las prendas, versiones trabajadas con lúrex plateado, bordados de gran complejidad y volantes escultóricos elaborados con cientos de tiras de organza muestran una aproximación al oficio que no busca quedarse en la nostalgia. Los elementos reconocibles de la casa adquieren nuevas proporciones y tratamientos.
Las flores y los lunares icónicos de la marca vuelven a ocupar un lugar central en esta ocasión. El Pom Pom floral aparece sobre fondo negro con una definición casi gráfica, mientras los lunares recuperan una combinación de amarillo, blanco y negro que remite al envoltorio de la primera fragancia de Carolina Herrera, diseñado por Yves Zimmermann en 1988. El amarillo taxi completa una paleta que también incorpora rojo Herrera, tonos cerámicos, sorbete, empolvados, celeste y verde pepino.

Los accesorios prolongan ese diálogo con Nueva York. Bolsos escultóricos cubiertos de flores de cuero conviven con nuevas versiones del Mimi, entre ellas diseños con pequeñas ranas doradas inspiradas en La Grenouille, el restaurante neoyorquino que cerró hace dos años. El Consuelo suma nuevas borlas y los clutches Pats y Bianca aparecen reinterpretados, mientras broches de cebra, ranas, grandes perlas y referencias a una clásica cookie neoyorquina introducen humor en la propuesta de joyería.
El escenario del desfile llevó esa relación con la ciudad a otra dimensión. El David H. Koch Theater del Lincoln Center fue transformado en una visión primaveral de Park Avenue, concebida por Gordon y realizada con cerca de 30.000 tulipanes amarillos. Después de la presentación, las flores fueron destinadas a los parques municipales de Nueva York.

La celebración del aniversario de Carolina Herrera también se construye a través de tres colaboraciones que conectan distintos momentos de la historia de la casa con el paisaje cultural de Nueva York.
Con The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, la firma recupera el retrato que Andy Warhol realizó de la fundadora y lo lleva por primera vez al terreno de la moda. La imagen aparece en piezas como un minivestido bordado y el bolso Jacqueline, retomando la relación de amistad y creación que existió entre ambos.
The New Yorker aporta otra referencia histórica. Un vestido bordado reproduce la portada de la edición publicada el 27 de abril de 1981, la misma fecha en la que Carolina Herrera presentó su primer desfile en The Metropolitan Club. La ilustración de Lonni Sue Johnson, con el skyline de Manhattan, fue reinterpretada a mano en el atelier mediante bordado, llevando una imagen histórica de la ciudad hacia una nueva expresión del oficio de la firma.

La tercera colaboración llega de la mano de Taffin, la casa de joyería fundada por James de Givenchy. La conexión se remonta a 954 Madison Avenue, una dirección compartida por ambas firmas. Para esta temporada, Taffin creó una cápsula especialmente para la pasarela, con piedras de colores y cerámica artesanal inspiradas en la colección, Nueva York y el estilo personal de la fundadora.
Entre las piezas, encontramos pendientes florales, esferas doradas, un anillo en forma de mano y un collar elaborado con más de 800 cuentas de cerámica.
La Primavera 2027 termina regresando a las ideas que han acompañado a Carolina Herrera desde sus comienzos: color, alegría y el placer de vestirse bien. Pero el aniversario no funciona como una recreación del pasado. Wes Gordon utiliza esos códigos como materia prima para imaginar cómo se ve Herrera en el Nueva York de hoy, demostrando que la identidad en la moda también puede construirse a partir de la capacidad de releer su propia historia.




