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“1+1=3”: ¿Y quién es el tercero en nuestra relación?

“1+1=3”: ¿Y quién es el tercero en nuestra relación? Foto: Thinkstock

En matemáticas 1+1 es igual a 2. Sin embargo, en el campo de los seres humanos y especialmente en las relaciones de pareja, esta operación no es cierta; nada es exacto ni cuantificable. La relación de dos es mucho más compleja que una fórmula matemática y en muchos aspectos escapa a su lógica.

Por: Luisa Blanco Dávila psicóloga- psicoterapeuta sistémica.

Por eso encontramos  que “uno más uno son tres”1,  es decir, existe un tercer elemento en la relación que es la relación misma, ¿extraño cierto? Pues existe la creencia que ese tercero, -en muchas ocasiones- es igual a “otro (a)”, a infidelidad, engaño, ruptura; el (la) famoso (a): “amante”: ¡falso!
Frente a las parejas, se hace difícil encontrar una única definición que abarque toda su complejidad ya que éstas adoptan distintos significados y formas de comprenderse. Por eso no conviene dar una sola definición. Cada pareja es un universo diferente, con diversos puntos de vista, rasgos, formas de encontrarse, fluir y acoplarse.

Referirnos a las relaciones de pareja, sin embargo, nos lleva necesariamente a pensar en la construcción de un espacio mutuo, de un ‘nosotros’, no únicamente a un mundo construido por cada miembro de la pareja de manera aislada como mundos independientes; al contrario, la pareja se entiende como ese tercer protagonista de la relación  misma, creado ¡ahí sí! por quienes conforman la relación.

Una de las cosas importantes al hablar de este tercero, es reconocer que como tal no está de acuerdo en temas como: la organización de la convivencia, la toma de decisiones, el manejo del dinero, del tiempo libre, los amigos y la familia, las situaciones laborales, el manejo de los hijos –si los hay-, entre otros. 

Por el contrario, la pareja establece acuerdos -que va construyendo-, sobre la base de sus intereses para justamente coordinar ese ‘nosotros’ sin que ninguno sienta que le están “imponiendo” lo que el otro desea.

Coordinarse y establecer acuerdos, no implica renunciar a nuestros valores, creencias, o a lo que como personas somos, nos gusta o interesa; no implica fusionarnos con el otro ¡como si se tratara de ser uno solo!; no significa perder nuestra identidad siendo “otro”, al contrario, ese “nosotros”, es el resultado de interactuar juntos, sin abandonar y sin renunciar a lo que nos es propio aceptando los desacuerdos como diferencias2. Recurrir a las verdades como posiciones únicas se vuelve una guerra de nunca acabar, pues la única explicación de un desacuerdo es “porque somos diferentes”.

Algo significativo es definir la relación, saber qué se es con esa persona, no sólo configurarla, -también definirla- viendo esos compromisos con hechos; es decir validar el compromiso que hace a ese “nosotros”, pues de lo contrario,  al no definirla, -en las mayoría de los casos-, ¡la mujer se echaría al olvido en el Cuarto de San Alejo!

Otro tema es no caer en el problema de algunas mujeres, que, al querer recuperar su vida conyugal y, -poniéndoselo como propósito-, comienzan a hacerlo, pero al final caen en la trampa de decir: “!no! ¿sabes? creo que al final él cambió fue porque yo se lo pedí, no porque él quería”, -luego se descalifican y se desaniman, dificultando el cambio que se estaban realizando, justamente porque viene la trampa –como lo hemos conversado con algunas de mis consultantes-.

Vivir en pareja tiene distintos objetivos dependiendo de cuál haya sido el motivo de conformación de la unión y la permanencia de ésta.

Esto es muy importante ya que, siguiendo a este tercero, es vital compartir el tiempo de la manera que la pareja más lo disfrute y  podríamos preguntarnos: ¿qué se permite hacer juntos?, ¿qué le gusta hacer y vivir?, ¿qué ensaya como novedades que aún no ha experimentado?, ¿qué se inventa frente al acople, satisfacción y frecuencia sexual?, ¿cuál es su estilo para expresarse el afecto?, ¿con qué se sorprende día a día? ¿qué es lo más sencillo que le gusta hacer?, ¿a qué se invita mutuamente?, ¿está su comunicación interferida por aparatos electrónicos?, y lo más importante: ¿qué los enamoró? y ¡¿para qué quiero a él (ella) en mi vida?!, -pues todo esto-, es clave para mantener viva la cercanía afectiva, la cohesión, el apoyo, -entre otros-, y, ¡hay que proponérselo! y día a día –como a una planta-  alimentar a este tercero, pues la mejor manera de recibir afecto es dándolo.

Vivir en pareja implica ese danzar mutuo y coordinado entre la pareja para formar ese “nosotros”,  disfrutar, proteger y cuidar a ese tercero, pasarla bien juntos, gozar con lo más sencillo -sin necesidad de grandes cosas-, reír mucho, sentirse feliz y motivado a estar con el otro, conversar de todo, ser amigos, caminar, hacer el amor, no vivir de certezas, aceptar las diferencias y lo más importante vivir coordinados: como en el tango: personal y sugerente, apoyado en el ritmo, ¡sí: en el ritmo de la pareja!

Pues para aventurarse a ser pareja no hay fórmulas mágicas, ni recetas de cocina, así que lamento decepcionar a quienes quieren oír –o pensar- que existe la versión impresa de algún libro llamado “relaciones de pareja para dummies” porque les aseguro que este tipo de libros aun no existe en el mercado. Quizá la mejor bibliografía a la que pueden acudir, -para cimentar su amor único especial, bonito, sagrado, su respeto inmenso, su sincera amistad, su eterna complicidad, -¡que los hace ser esa pareja y no otra!- es a todos y a cada uno de los capítulos de su vida que juntos han construido.



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