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Testimonio: Acné, marcas que dejan huella Foto: Daniela Gómez

¿Cómo es despertar un día con la cara transformada por el acné? La autora toma distancia de su carrera como modelo para revelarnos la intimidad de esta dura experiencia.

El acné es invasivo, desagradable, incómodo. Lejos de ser un tema superficial o “simples granitos”, como piensan muchos, es algo inmensamente doloroso, una enfermedad que afecta la manera en la que nos percibimos y como nos relacionamos con los demás. Mi historia con el acné comenzó hace poco más de tres años y ha sido una de las batallas más largas y difíciles que he librado hasta ahora. La mía probablemente es también la historia de muchos adolescentes, mujeres y hombres, que sufren en silencio, bajo capas de maquillaje o filtros de Instagram.

En mi adolescencia tuve la fortuna de no tener un solo grano, ni siquiera en esos días del mes. Mi piel era, como dicen por ahí, de porcelana. En mis primeros años de universidad usé maquillaje prácticamente a diario y muchas veces me fui a dormir sin desmaquillarme correctamente. Nunca me restringí en lo que comía: grasas, lácteos y azúcares hacían parte de mi alimentación diaria y mi piel nunca reflejó ningún problema.

A pocos semestres de terminar mi carrera, la presión por aprobar las últimas materias, mi tesis de grado y la práctica profesional comenzaron a afectarme. Recuerdo que una mañana, sentada en una cafetería de la universidad, vi reflejados en la pantalla del celular dos puntos rojos en mi mentón. Me percaté de que eran granos, pero no les di ninguna importancia. A la semana siguiente ya no eran solo dos, ahora tenía un pequeño brote en la parte baja de las mejillas. En ese momento comprendí que algo no estaba bien.

En cuestión de semanas, mi cara estaba totalmente invadida de espinillas, granos y protuberancias rojas e inflamadas. Encontrar unos centímetros de piel sana era un reto. En aquel entonces no conocía mucho del tema, pero era claro que necesitaba ser tratada por un profesional. Sin embargo, pequé por ignorancia y pensé que comprando cuanta crema me sugirieran y probando cuanta mascarilla casera existiera iba a lograr sanar mi cutis. El resultado fue un estante lleno de cremas carísimas que no surtieron ningún efecto más que generar una profunda ansiedad y volver mi piel más sensible de lo que ya era.

Mi estado anímico cambió. Me volví irascible, impaciente, vivía con una angustia constante. Hasta las cosas más pequeñas me producían una ansiedad infinita. Llegué al punto de evitar los espejos y cualquier superficie en la que pudiera verme reflejada. Sentía que todos me miraban con una mezcla de pesar y confusión.

Las bases y los polvos de alta cobertura se convirtieron en una necesidad para mí. Tan pronto me levantaba, lo primero que quería hacer era tapar mi piel con ellos, pero aún con capas de maquillaje detestaba la manera en que me veía. Los mantras y pensamientos positivos no tenían lugar en mi cabeza, estaba sumergida en la vergüenza y en una profunda incomodidad con mi aspecto. El hecho de saber que existen tantas personas que luchan contra enfermedades graves, e incluso terminales, solo sumaba culpa y sentimientos de derrota a mi malestar conmigo misma.

Una noche, entré al baño para desmaquillarme. Abrí el grifo, me mojé el rostro y procedí a ponerme el limpiador. La fricción de las manos sobre el brote me causó dolor y una sensación de calor en toda la zona. Levanté la mirada hacia el espejo y lo que vi simplemente me horrorizó. No me reconocía bajo esa otra cara enrojecida e inflamada. Recordé la primera vez que había tenido contacto con esta enfermedad, cuando una compañera del colegio apareció un día con la cara totalmente distinta y fue presa de todas las miradas. Vivirlo en carne propia me hizo sentir más cerca, entender lo difícil que es despertar bajo otra piel.

Después de seis meses de pensar que podría sanarme por mi cuenta, decidí finalmente ir a un dermatólogo. Me recetó antibióticos y pomadas tópicas, pero no surtieron efecto. Consulté una segunda opinión y después de un breve chequeo me explicó que se trataba de un acné severo, tardío y de tipo hormonal. Durante el año del tratamiento ingerí dosis bajas de un medicamento que controla la secreción de las glándulas sebáceas. Todo lo que me habían recetado tenía una serie de efectos secundarios; este, al menos, solo producía resequedad en algunas partes del cuerpo. Pasados cinco meses, las marcas comenzaron a desvanecerse hasta desaparecer completamente y empecé a recuperar la confianza. Pero esa alegría duró poco.

Como en una espiral, el acné gobierna tus estados de ánimo y, a la vez, estos se reflejan en tu piel. A mediados del año pasado atravesé por un momento muy difícil en mi vida sentimental, que quebrantó mi tranquilidad hasta el punto de generarme una crisis nerviosa. Comencé a somatizar mi tristeza y a verme tal y como me sentía. No me alimentaba bien y no dormía lo suficiente, había dejado de hacer las cosas que me gustaban y me había olvidado por completo de mí. Mi piel comenzó a brotarse de la misma manera que antes: el capítulo se había abierto de nuevo y con él todos los miedos.

Esta vez, el temor no me paralizó, me llevó a hacer lo que nunca había hecho. La experiencia de lidiar con la enfermedad me había ayudado a aceptar los cambios sin resignarme y a entender que necesitaba la ayuda de un profesional, pero que para mí era importante entenderme con él, al igual que conocer un poco mejor las respuestas de mi cuerpo. En ese proceso descubrí que el estrés, pocas horas de sueño, el consumo de lácteos y las comidas grasosas empeoran notablemente la condición de mi piel. Entendí también que no todos los cuerpos son iguales y que así como estos hábitos me afectan a mí, no ocurre lo mismo con otras personas. Mi siguiente paso fue ponerme en manos de un especialista que me diera confianza, esperanza y con quien pudiera iniciar un tratamiento que me hiciera sentir cómoda.

Dos meses han pasado desde que inicié este nuevo tratamiento médico, complementado con procedimientos cosméticos. Mi piel está mejorando rápidamente. Sé que los medicamentos han tenido un papel fundamental en esta mejoría, pero el cambio más importante ha sido el que he hecho interiormente después de un largo proceso de aprendizaje. Aún no puedo decir que erradiqué por completo el acné de mi vida. De lo que sí tengo certeza es de que esas marcas han dejado huella: tengo un mayor conocimiento de mí misma, un espíritu fortalecido en amor propio y me siento más cerca de los demás.

Lo que aprendí:

  • El acné no es un problema meramente estético, es una enfermedad de la piel de naturaleza inflamatoria que, si no se trata a tiempo, puede afectar nuestra calidad de vida en múltiples niveles.

  • N debes sentirte culpable si lo sufres. Muchas veces nuestro cuerpo nos comunica cosas y necesitamos escucharlo y tomar acción.

  • El acné severo no es un problema de higiene, por lo que no debes sentirte responsable ni avergonzada.

  • Dormir las horas que necesitas, eliminar de tu diet alimentos y bebidas que te generan brotes y mantenerte alejada de personas. actividades o situaciones que te produzcan estrés va a representar un gran cambio en tu calidad de vida y en la salud de tu piel.
  • Es fundamental desterrar de nuestra mnte pensamientos negativos sobre nuestra imagen.

  • No darles poder a las opiniones que otras personas puedan tener sobre tu apariencia es el primer paso para construirte a ti misma desde el amor.

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