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¿A qué le temen las mujeres?

¿A qué le temen las mujeres? ¿A qué le temen las mujeres?

La gran diferencia entre hombres y mujeres reside en los miedos, ¡quién lo creyera!

 
El miedo es un una emoción primitiva y poderosa que, no importa el género al que pertenezcamos, nos afecta a todos. Ya no son precisamente las fieras salvajes de los tiempos prehistóricos las que nos hacen segregar adrenalina. Según la sicóloga y conferencista Lisa Haisha, las mujeres de hoy le tememos básicamente a tres cosas: a no gustar, a sacrificar el tiempo de la familia por el trabajo y a dar por terminada una relación.
Según Haisha, la forma en que socializamos de niñas crea en nosotras un patrón de comportamiento. Mientras que jugamos a la casita, los niños juegan a la guerra. Aprendemos a negociar situaciones, a entender a las personas, los niños a competir y a ganar. Como resultado, necesitamos ser aceptadas, los hombres necesitan triunfar.

Una vez digerido esto, deberíamos entender que para gustarle a los demás uno debe gustarse a sí mismo, pues la imagen que uno proyecta es la que uno cree poseer. Ese temor a no gustar lo compartimos hombres y mujeres. Piensen tan sólo en lo vanidosos que son los hombres, aun más, en lo inseguros con respecto a su figura. Siempre se están ‘pavoneando’, como lo dice su nombre, como un pavo real, para conquistarnos. No quiere decir que nosotras no hagamos lo mismo, por eso los cirujanos plásticos están tan ricos.

En cuanto al segundo temor, de éste carecen los hombres. No conozco una mamá que trabaje que no se pregunte todos los días si su carrera está en conflicto con sus deberes frente a los hijos, pues, aunque en el caso de nuestro país ya constituimos 50 por ciento de la fuerza de trabajo, nunca dejamos de pensar que haremos hasta lo imposible para que nuestros hijos florezcan. El estrés y el sentido de culpa nos persiguen día y noche. Por el contrario, no he visto el primer hombre que sufra pensando en que trabaja demasiado y que no le dedica el tiempo suficiente a su familia. Siempre están cansadísimos y necesitan que los atiendan y este tipo de pensamientos no se les cruzan por la cabeza.

El tercer temor, el final de una relación, es definitivamente lo que más nos diferencia a las mujeres de los hombres. No quiero generalizar, desde luego, pero normalmente un hombre que termina una relación lo hace porque se aburrió, porque quiere sentir algo nuevo. Pasó dichoso, tiene muy buenos recuerdos, pero quiere seguir su vida. En cambio nosotras nos preguntamos, desde el primer día, ¿será que esto va a durar? Las mujeres queremos compromiso, los hombres simplemente pasarla rico. El compromiso es lo que nos lleva a la realización, necesitamos crear lazos fuertes, que duren para siempre. Para ellos los lazos significan prisión, falta de independencia.

El miedo a terminar una relación es el miedo al abandono, a no haber sido la mejor para alguien, a la traición. La naturaleza nos hizo así para conservar la especie. Si no tuviéramos la oxitocina, la hormona del apego, ya no existiría la raza humana. El problema es que los hombres la desarrollan mucho después y algunos ni siquiera la producen. Los hombres jóvenes de hoy no quieren casarse, pues no sienten la necesidad de ser estables y, como las mujeres ya no dependen económicamente de ellos y, sobre todo, no son sumisas, los asustan.

En conclusión, el trabajo que tenemos por delante es sentirnos bien con nosotras mismas. No pensar en el futuro, sino en el presente. Es decir, que el tiempo que les dedicamos a los demás, llámense pareja, amigos o hijos, sea exclusivo. La mujer maravilla que hace cinco cosas al mismo tiempo termina decepcionándolos a todos, inclusive a sí misma. Pero lo más importante de todo es imaginar que una relación amorosa es como un viaje. Uno disfruta cada instante, cada segundo, goza del paisaje, los museos, los conciertos, las compras, hasta que un buen día se termina. Lo que se termina, se termina, y así hay que vivirlo.

Nadie puede forzar a otra persona a vivir una vida miserable, tarde o temprano hay que tener el valor de irse. Pero hay que pensar positivamente, como los hombres: pasarla rico, aprender mucho y gozar de todo. De las relaciones nos pueden quedar memorias maravillosas, pero, como sucede con los viajes, memorias son. Hay que tener el compromiso y la confianza en uno mismo para seguir adelante cuando llega el momento del desapego. Ya es hora de que aprendamos de los hombres.

Por Lila Ochoa
Directora Revista FUCSIA

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