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“Allí, metido en una sala, me vi de pequeño, y pude volver a sentir lo que es ser pequeño e indefenso, inocente y confundido”.

Mi antigua psicóloga decía que yo era un niño. Me lo botó en la cara en la primera consulta, no más de diez minutos después de haber entrado a su consultorio. Fui por un tema de pareja y cuando le planteé mi caso y usé la palabra “juego” me preguntó quiénes eran los que jugaban. Y aunque la respuesta era muy obvia yo no daba con ella, y claro, ¿cómo iba a hallarla si me retrataba por completo? Suele pasar que somos incapaces de ver aquello que es más evidente en nosotros. Ni poniéndonos frente a un espejo lo captamos.

Pero eso fue hace dos años. Hoy ya no voy con esa psicóloga, pero hace unas semanas asistí a donde otra terapista con el mismo fin con el que nos levantamos cada mañana: encontrarnos. Lo que era una sesión más terminó convertido en un extraño encuentro con mi versión de los seis años. Allí, metido en una sala, me vi de pequeño, y pude volver a sentir lo que es ser pequeño e indefenso, inocente y confundido. En pleno viaje, la terapista me dijo que abrazara a ese niño y le dijera que todo estaba bien, en pocas palabras, que le diera la paz que necesitaba.

Fue raro volver a ver ese niño que alguna vez fui, bonito, pa’ que, abordado por un adulto de 40 no para ser agredido sino para ser reconfortado. Y fue raro porque mi historia es la historia del miedo, de ahí que a veces me cueste ya no hablar, sino respirar. El miedo es la anticipación a un posible daño; por eso, cuando me siento en peligro tenso los hombros, sudo y no puedo juntar tres palabras. El miedo ataca a los riñones así no sintamos el golpe, y una persona con los riñones disminuidos no puede vivir.

Entendí entonces que mi cuerpo es un envase y que adentro vivo yo o vive el miedo, pero los dos juntos no cabemos. Volviendo al niño, hice la tarea de hablarle. Le dije que no temiera, que todo estaba bien, que si nos viera ahora no podría creer todo lo que había pasado, todo lo que habíamos logrado juntos pese a todo. Le dije que estuviera tranquilo y que descansara, que yo me encargaba de todo. Supongo que fue una manera lúdica de decirle adiós, dejar la infancia y entrar de una vez por todas a la adultez.

Es raro eso de volverse adulto, que no tiene nada que ver con la edad. Esas cosas se miden por eventos, no por años. Yo supe que ya no era un niño el día en que un policía me dio un bolillazo, a eso de los doce, mientras que una amiga afirma que abandonó la niñez cuando el culo no le cupo más en el columpio del parque al que siempre iba. Hacer mercado y no comprar golosinas, irse de paseo y gastar más en comida que en trago o no usar medias rotas son, entre muchas cosas, señales de que ya estamos grandecitos.

Pese a todo, es una lástima ya no ser niños, que no tiene nada que ver con dejar de sorprenderse, como dicen algunos. Es bello serlo, aunque miedoso, de ahí que película de terror que se respete mete a un puñado de ellos para hacernos mear en los pantalones. Uno ve a los niños estrenando la vida y los envidia. Anhela esa candidez, esa capacidad de enfiestarse hasta con una bolsa vacía. Ansía también la frescura de la piel y la calidad del pelo, así como la capacidad de dormir más de doce horas cada noche sin importar si en el día se han echado un par de siestas. Pero eso es desde afuera, porque adentro esa cabecita no para de sorprenderse y de angustiarse, de asimilar información así no entienda nada. Es un caos ser niño. Lindo, pero confuso.

Nadie en la historia ha llevado tanto del bulto como los niños. Qué manera de usarlos como carne de cañón para concretar agendas secretas, por eso también aterra un poco ser tan vulnerable y estar a merced de los adultos. Crecer no solo me ha servido para dejar atrás esa fragilidad y tomar las riendas de mi vida, sino para entender que si no le temes a lo que te hizo daño cuando eras niño y no sabías lo que estaba pasando, ya no le temes a nada.

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