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No son lo mismo ni se sienten de igual manera. Desde el padre Linero hasta Manuel Medrano, 6 especialistas en el tema argumentan por qué y definen, desde sus áreas de trabajo, lo que es cada uno.

—Te amo —le dijo el Principito.

—Yo también te quiero —dijo la rosa.

—Pero no es lo mismo —respondió él—. Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes. (...) Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio.

En esta recreación literaria basada en El Principito se esboza la diferencia entre ambos sentimientos. “El querer lo definen la ausencia y la propiedad: cuando digo ‘te quiero’ estoy diciendo ‘quiero que estés, quiero que seas mío... Y no estás, no lo eres’. El amar está marcado por la presencia y la libertad: cuando digo ‘te amo’, estoy diciendo ‘te veo, te reconozco, como un otro —tan valioso como yo— que enriquece mi vida‘", expresa la filósofa Carolina Alonso. “De todas maneras hay que entender que las concepciones de amor han ido cambiando, al igual que los sistemas sociales, económicos y políticos”.

En su libro Preparándote para amar, la experta muestra el recorrido que ha transitado la poderosa palabra: la idea de la “media naranja” ya se encontraba en los mitos grecorromanos que también popularizaron la visión del amor como pérdida de la razón. En la Edad Media se puso de moda el triángulo romántico entre la dama, el señor y el caballero, y la aspiración hacia un amor apasionado, idealizado, prohibido. En el Romanticismo se le cantó al sufrimiento del corazón. Hoy se huye del dolor y se anhelan experiencias intensas, divertidas, muchas veces pasajeras. Las preguntas son, entonces: ¿Se puede definir algo tan profundo e íntimo? ¿Querer es más fácil que amar? ¿El primero es el paso previo del segundo? ¿Nos pasamos la vida queriendo más que amando?

Ángela Becerra

Escritora y autora de la novela El penúltimo sueño

El amor es la columna vertebral sobre la que descansa la vida, el sentimiento máximo y más puro que une a los seres humanos. El amor novelado es el amor mortal, amenazado, condenado, frustrado, imposible. El mito actúa cuando la pasión es soñada como un ideal. La fatalidad es requerida y vista como una bella y deseable catástrofe y no como lo que es en realidad. La escritura se nutre de las dificultades, las frustraciones, los errores y los deseos para idealizar el amor, porque en el fondo los seres humanos tenemos un motor que nos lleva a caminar la vida, y ese motor son los sueños. No existe la perfección, aunque el sueño de creer en ella nos haga caminar. Al final, lo que mueve al ser humano es ese deseo íntimo e intransferible de que todo puede ser como queremos... y entendido así, la vida y el amor pueden llegar a ser una monumental ficción.

Para mí, el querer obedece a un estado provisional, una especie de “enfermedad transitoria”, una calentura o deseo que busca ser saciado. En el querer se practica el juego del encantador y la encantada, el del interesante y el interesado. Son fuegos artificiales maravillosos que, tal como estallan, mueren de fatuidad. Ambos sienten que han encontrado su otro yo, y creen fervientemente reconocerse en ese ser. Enseñan su traje de luces, su lado más luminoso, hasta explotar de goce, pero el ser humano es como el día y la noche y está hecho de luces y sombras. A diferencia del querer, el amar busca por encima de todo y sin egoísmos, el bien del ser amado; incluso, si es necesario, renunciando a él. Abarca al completo, sin rechazar oscuridades ni diferencias, porque aprende a entenderlas desde el respeto. Sabe que es un camino largo, que se hace sin violentar espacios e individualidades. Para mí, en el amor no hay medias naranjas que se unen; eso es una falacia. Hay dos naranjas enteras con su propio jugo que, una vez exprimido, se puede degustar mezclado.

José Alonso Peña Herrera

Psicoterapeuta y autor de la conferencia Atracción y seducción consciente

El amor es una elección, una forma de ser hacia mi pareja. Una decisión que tiene muchos comportamientos asociados que dependen de mis creencias. Es una construcción biopsicosocial. El enamoramiento acaba. Y cuando acaba, aparece el reto de la elección del amor porque nuestra percepción empieza a notar los zapatos en el lugar que no son, la crema dental oprimida a la mitad, la incomodidad de ciertos hábitos que un cerebro inundado de hormonas no ve.

He encontrado dos diferencias entre amar y querer. Una de intensidad y otra de forma. La de intensidad tiene que ver con el afecto y el cariño que sentimos por alguien. En ocasiones ahí nos quedamos y seguimos siendo amigos de estas personas. Para mí el querer es como un amor de baja intensidad y compromiso. Tenemos afecto por nuestros familiares, compañeros de trabajo y con ellos construimos realidades conjuntas. De cierto modo, elegimos amarlos, solo que con menos inversión emocional y vital de nuestra parte.

La diferencia de forma es un poco más filosófica y lingüística: “Quiero un helado”, “quiero un amigo... lo necesito”. Querer tiene que ver con el deseo de obtener. Amar, tiene que ver con el deseo de dar.

Susana Castellanos de Zubiría

Literata, experta en mitología clásica y autora de Amores malditos

El amor es una palabra que de ser tan usada casi parece haber perdido la esencia de su significado. Para los griegos, eros, el amor, era un impulso primigenio, anterior a los dioses, a la naturaleza y a los hombres. Surgió del caos como afirmación de la vida y es la exaltación de la vida misma. No obstante se le consideraba un daimon, una fuerza arrebatadora, capaz tanto de crear como de destruir.

Siguiendo esta idea, el amor podría interpretarse como un ímpetu que es nuestro aliento vital, que permite y da sentido a la vida, que nos impulsa a cuestionar y a cambiar desde nuestro interior para unirnos con seres en los que intuimos una energía similar. Va mucho más allá de la idealizada pasión de los sentidos o de la atracción sexual. Es una revolución interior que apunta a crear armonía y sentimiento de pertenencia a la naturaleza y al universo. El amor es la fuerza de la que todo está hecho, por tanto nos hermana con todos los seres vivos.

Padre Alberto Linero

Autor del libro Si estás enamorado, no te cases

El amor es aceptación de la realidad tal cual es, como se me presenta, no como yo la sueño. Implica entrega, donación, compromiso y la decisión de hacer feliz a la otra persona. El querer tiene que ver más con el poseer, con la satisfacción de un deseo propio. Es egoísta porque estoy pensando más en mí que en la otra persona, en la satisfacción de mis necesidades. Está relacionado con el enamoramiento, que es la hiperidealización del otro. El amor es una decisión porque descubro que en un mundo en el que hay tantas posibilidades, tantas posibles parejas, prefiero a una que tiene unas características particulares, con defectos y virtudes, para que pueda compartir conmigo el resto de la vida.

Manuel Medrano

Cantautor pop

El amor es una obra de arte. Es una incógnita en la vida de todos pues nadie sabe cómo fue concebido en su interior. Como una batería recargable que regula nuestras emociones y nos hace sentir vivos, el amor mueve nuestras vidas y no sabemos por qué forma parte de nosotros. Sin embargo, lo disfrutamos y se convierte en uno de nuestros mayores placeres. Creo que el amor es el poder de Dios por encima de las palabras, por encima de las creencias humanas. El amor es lo único que tenemos y lo único que verdaderamente podemos dar.

La diferencia entre amar y querer es abismal. El hombre quiere todo lo que puede comprar y todo lo que desea. En cambio, amamos todo lo que es parte de nuestra vida pero no nos pertenece, como nuestros amigos, nuestra familia, nuestra pareja, Dios, la tierra en que vivimos… Pienso que queremos muchas cosas, pero amamos solo aquellas que por su naturaleza también nos pueden dar amor.

Santiago Rojas

Médico especialista en cuidados paliativos oncológicos y autor de Alíviate el corazón roto

El amor es una fuerza de la naturaleza que atrae y une. Puede servir para que los átomos se conviertan en moléculas e integren una nueva realidad, para que las células se complementen, para que las personas se conecten. A esas fuerzas de atracción el ser humano puede darles nombres distintos, pero espiritualmente siempre es la ley del amor la que genera esa posibilidad de vínculo. Su sentido no es solo la supervivencia de las especies a nivel biológico, sino la integración de vidas más complejas y perfectas como un proceso evolutivo de la conciencia.

En términos bioquímicos, existen hormonas que favorecen que tengamos esas pulsiones internas. La atracción hacia el otro es manejada por las copulinas o feromonas que buscan el apareamiento. Cuando el deseo persiste y hay un acoplamiento entre los dos seres humanos, no solo sexual sino también en distintos aspectos de la vida, aparecen moléculas como la feniletilamina y la dopamina que nos mantienen unos dos años y medio, máximo tres, entretenidos, creyendo que quien nos acompaña nos hace felices, cuando es el bienestar que tenemos con el otro lo que nos hace felices. Vemos a la persona perfecta porque al enamorarnos proyectamos nuestras carencias en el otro. Sin embargo, el amor está modulado por otra molécula en el cerebro, la oxitocina, que está presente, por ejemplo, después del apareamiento. Es la del abrazo, cuando nos sentimos integrados al otro para permanecer allí. Nos da además la capacidad de la compasión y de la ternura. Ver a ese ser como es y seguirlo queriendo como nos puede pasar con un hijo.

Por eso, la diferencia entre querer y amar es el tiempo y el proyecto: en el querer me satisfago yo mismo, en el amar hago de mi satisfacción la satisfacción del otro. Cuando amo, ayudo al otro a crecer, así mismo crezco y valoro mi vida.

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