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Belleza al natural

Belleza al natural L’Occitane expresaba así la filosofía de vida de Baussan y su compromiso con la sostenibilidad del medio ambiente.

La historia de L’Occitane comienza en La Durance, un río de agua cristalina que atraviesa la tierra donde creció Olivier Baussan, creador de una compañía que él define como “una creación poética” basada en una tradición milenaria.

Después de tres años, vuelvo a La Provenza, mágico rincón del sur de Francia, para visitar algunos lugares donde se producen los ingredientes usados en la fabricación de los productos de L’Occitane, el sueño hecho realidad de un hombre, Olivier Baussan, quien a los 23 años montó su propia empresa utilizando ingredientes de origen vegetal, tradicionales del Mediterráneo.

Se puede decir que, de alguna manera, Olivier estaba destinado a cosechar la lavanda, la salvia y el tomillo, aceites esenciales que empezó a vender en los mercados locales y que él mismo aprendió a destilar en un viejo alambique de cobre, porque la mayor parte de su vida transcurrió en estos parajes y el olor de las plantas perfumadas como el de la madreselva hacen parte de su memoria.

Muy pronto, Baussan había establecido un laboratorio, unas fórmulas y unos productos que le permitieron abrir, en 1979, la primera tienda de L’Occitane en la calle Soubeyran, en Manosque, cuya fachada pintada de rosado y rojo recuerda los óleos de Corot. Era una tienda con un estilo muy propio y una decoración inspirada en imágenes de La Provenza. Las vendedoras fueron entrenadas en el uso y beneficio de los productos naturales, y las etiquetas diseñadas en un estudio gráfico en Tourettes.

 

Poco tiempo después, se decidió que las instrucciones de los productos debían estar incluidas en alfabeto Braille y que los empaques fueran reciclables, con pinturas a base de agua. L’Occitane expresaba así la filosofía de vida de Baussan y su compromiso con la sostenibilidad del medio ambiente, en una época en que nadie se ocupaba del tema, concepto que se ha extendido a cerca de 1.300 tiendas en más de 95 países.


A principios de los 90, la compañía necesitaba capital para expandirse y, sobre todo, un socio que compartiera esta forma de pensar para continuar creciendo. Y Baussan la encontró en Reinold Geiger, austriaco de nacimiento, pero francés por matrimonio, hombre de negocios integral que en menos de diez años logró que la compañía cotizara en la bolsa. Hoy las acciones del grupo L’Occitane son líderes en el Seconde Marché en París y la compañía es reconocida en el mundo entero.

Mane y Le Couvent des Minimes
El viaje se inició en tren, desde el aeropuerto Olivier de París, y en la noche llegué al Couvent des Minimes, un hotel-spa localizado en Mane, pueblito medieval cerca del parque del Luyeron, en la Alta Provenza. El hotel es un convento del siglo XVII restaurado por el arquitecto Bruno Legrand, quien conservó su espíritu original dotándolo de las comodidades modernas. Legrand se asoció con los artesanos de la región, entre ellos los ebanistas, para ejecutar los trabajos de decoración interior y fabricar los muebles que hacen que la edificación no haya perdido autenticidad.


El convento está rodeado de jardines que guardan la tradición desde la época de las monjas mínimas, la última de las grandes órdenes monásticas del Medioevo, dedicada a recolectar plantas del mundo entero para estudiar sus propiedades. Algunas son originarias de la región y otras fueron traídas por las monjas y por Louis Feuillé, botánico de la época de Luis XIV, quien vivió en el convento.

La lavanda, la acacia, la verbena y el limonero, entre otros, inundan el aire con su perfume al atardecer. Cada estación trae consigo un nuevo colorido y una serie de aromas que hacen de este lugar algo extraordinario. En primavera los campos vecinos parecen un mar de flores, los almendros con sus flores blancas y rosadas le dan el toque delicado al paisaje, los narcisos y las anémonas, con sus tonos variados, surgen en medio del verde del prado salpicando los campos de color.

El spa se fundó en el 2004, cuando L’Occitane se unió con los dueños del convento, hoy asociados con la cadena Relais & Châteaux, para perpetuar una tradición muy francesa, la del bienestar, la gastronomía y el buen vivir. En los tratamientos del spa se utilizan tanto los productos de L’Occitane como los del Couvent des Minimes. El diseño de la zona del spa, repartido en seis espacios, está pensado como un lugar de relajación y de placer. Las terapeutas, muy bien entrenadas, son las encargadas de aconsejar al huésped qué tipo de masaje o de tratamiento le conviene más. El menú para la cara y el cuerpo es sumamente amplio, tanto para hombres como para mujeres. ¿Lo malo?, que a uno le dan ganas de probarlos todos; ¿lo bueno?, sentirse “en el cielo” después de un tratamiento.

Los productos de L’Occitane se elaboran en la fábrica de Manosque, bajo estrictas medidas de calidad. Ingredientes como lavanda, limón, miel, oliva y verbena se usan en diferentes terapias. Probé el tratamiento estrella de L’0ccitane, “el secreto de la juventud de inmortelle”: un masaje delicioso estimula la circulación y las propiedades de sus aceites esenciales hacen que se acelere en la piel el proceso regenerador de las células y se propicie la producción de colágeno.

Al final del día, después de experimentar el spa, nos reunimos en el bar para tomar un aperitivo, y de allí pasamos al restaurante Le Cloitre, que tiene un ambiente acogedor en medio de una decoración minimalista en tonos chocolate, ciruela y gris, y que se destaca en las guías turísticas como uno de los mejores de la región. El menú creado por el chef Phillippe Guèrin es una mezcla de sabores y aromas de La Provenza y el Mediterráneo. Cenar allí es una experiencia memorable.

La universidad, estudios e investigación
El siguiente destino fue la Universidad Europea de Sabores y Fragancias en Forcalquier. Un antiguo convento del siglo XIII restaurado, le Couvent des Cordeliers, sirve de sede a la universidad dedicada a la investigación y a la enseñanza, donde se estudia la flora mediterránea y de La Provenza, y se prueban e identifican los usos tradicionales de las plantas. Asistimos a una conferencia sobre los distintos productos de L’Occitane, su historia y beneficios. Con base en los principios de la aromaterapia y de la fitoterapia se crean unas fórmulas ricas en aceites esenciales, la mayoría de ellas orgánicas y con control de origen. A los productos se les hacen pruebas dermatológicas en institutos independientes para probar su eficacia, pero nunca se utilizan animales para ello.

Cada producto tiene una historia, por ejemplo, la manteca de karité se produce con la ayuda de la comunidad en Burkina Faso, África, donde las mujeres son las encargadas de recoger y procesar esta semilla, uno de los humectantes más poderosos que da la naturaleza. Estos árboles crecen en una zona desértica y al pie de su tronco se entierran las máscaras de los difuntos, razón de más para saber que éste no es un árbol cualquiera, que es mágico. Según la tradición, solamente las mujeres pueden recoger las semillas después de que caen del árbol, nunca antes. Gracias a su relación con L’Occitane, que se encarga de comprarles toda la cosecha, esas comunidades han alcanzado un cierto grado de prosperidad y calidad de vida.

Otro de los ingredientes estrella es la inmortelle (siempreviva), planta silvestre de flores amarillas que se cultiva en la isla de Córcega y que debe su nombre a su excepcional longevidad, pues sus flores no se marchitan. Hace ocho años, la gente de L’Occitane descubrió esta variedad endémica de Córcega y patentó tanto el agua como el aceite esencial por sus cualidades rejuvenecedoras. La inmortelle multiplica por seis la producción de colágeno, lo que le da firmeza a la piel y disminuye las arrugas, al tiempo que estimula la circulación y protege la piel de los radicales libres.


La inmortelle se cultiva y destila en Córcega. Las plantaciones son en su mayoría orgánicas y se han convertido en un factor importante para la economía de la isla. La relación de L’Occitane con los cultivadores es muy estrecha, puesto que la calidad de los productos depende de la de las flores y su abastecimiento. Se podría decir que este cultivo es el arte de lo pequeño, pues para producir entre uno y dos kilos de aceite esencial de inmortelle se necesitan dos toneladas de flores.

El Museo del Olivo
En la antigua fábrica de L’Occitane, en la comunidad de Volx, nos esperaba Olivier Baussan para hacernos el recorrido por el museo. Nadie mejor que él para servirnos de guía, pues su relación con el olivo es visceral y constituye parte integral de su vida.


El olivo es sinónimo de tradición en La Provenza y uno de los ingredientes emblemáticos de la compañía. El museo constituye un recorrido por una historia que Baussan conoce de memoria. Nos contó cómo el olivo era considerado el árbol de la vida en la cuenca del Mediterráneo. Sorprendentes fotografías ilustran las gentes y momentos alrededor de la historia del olivo. El primer aceite que conoció el hombre hace cerca de tres mil años fue el de oliva y, por eso, muchas culturas lo asocian con la luz divina.

Los textos sagrados se refieren a este fruto como un don de Dios y todavía se mantienen vestigios de esa reverencia en las fiestas religiosas y en las celebraciones de Semana Santa. Los fenicios, los griegos y los romanos utilizaron el olivo como arma de conquista. Las distintas variedades fueron apareciendo según el terreno de siembra, por eso, el aceite español tiene un sabor distinto al francés, el italiano o el griego. En la cosmética se utiliza para hidratar y devolver la luminosidad a la piel. El agua es rica en antioxidantes que la protegen de los radicales libres. Gracias a los azúcares que contiene el extracto de la hoja del olivo, la piel retiene el agua y permanece hidratada. Los cultivos de olivos son orgánicos, sin pesticidas ni herbicidas sintéticos, lo que garantiza su calidad.

Arles
Al día siguiente llegamos a Arles, una ciudad con más de 2.500 años de historia que conserva intactas varias edificaciones de la época del Imperio Romano, como Les Arènes, anfiteatro romano en forma de óvalo, hoy plaza de toros. Pero los ejemplos arquitectónicos de Arles no se limitan a las ruinas romanas, también quedan en pie ejemplos maravillosos de la Edad Media y del Renacimiento, una mezcla de estilos que le dan un carácter especial. Las imágenes que yo tenía de esta ciudad correspondían más a la de los cuadros de Van Gogh durante su estadía en esta ciudad, en los que inmortalizó a Arles. En la plaza del Forum hay un café pintado de amarillo y azul que, según se dice, era el favorito del pintor. También descansa, cerca del legendario hotel Nord-Pinus, la estatua del poeta Frederic Mistral, quien escribió su obra en occitane, el antiguo idioma de La Provenza. El mercado se realiza los sábados y, como en toda La Provenza, es el lugar de encuentro de turistas y locales, donde se venden productos de la región, toda clase de hierbas y perfumes, textiles con los tradicionales estampados del sur de Francia, manteles, individuales, vestidos y objetos de cerámica.

La Camarga y el Museo del Arroz
Para entender el cómo y el porqué de este cereal tan especial que no solamente se come, sino que tiene propiedades únicas para la industria cosmética, visitamos el Museo del Arroz. Como un regalo más, el clima cambió y disfrutamos del primer día de sol en medio del paseo. Un viejo granero, cerca de los arrozales, es la sede de este lugar donde, bajo la guía de Robert Bon, accedimos a un resumen visual y escrito sobre el cereal.

El delta del Ródano es una zona de diversidad biológica única, una reserva natural protegida, donde los pelícanos tiñen de rosado el paisaje y los caballos blancos de La Camarga viven en un estado semisalvaje. Esta tierra se adapta perfectamente al cultivo del arroz debido a la influencia del viento y del sol, y se remonta al siglo XIV, pero el testimonio más célebre que se conserva es el del rey Enrique IV, el último de los Valois, que ordenó cultivar el arroz en La Camarga, junto con caña de azúcar.

Luego, durante el reinado de Napoleón III, se construyeron los diques que ayudaron a regular el nivel de las aguas y a controlar la epidemia de paludismo. El arroz rojo es una mutación natural y un cultivador llamado Griotto fue el que descubrió dos espigas de esta variedad al pie de la abadía de Montmajour, cerca de Arles. Treinta años más tarde, se obtuvo la primera cosecha de este cereal único, un arroz integral con pigmentos rojos en la cáscara, muy sápido y que contiene antioxidantes y vitamina E. L’Occitane ha creado una gama de productos a base de arroz rojo en respuesta a las necesidades de las pieles mixtas. Además de que las equilibra y matifica, es un complejo natural que soluciona problemas como los poros abiertos, el brillo en la zona T y la piel apagada.

Después de la visita al museo, nos dirigimos a la Chassagnette, restaurante especializado en productos orgánicos, donde el chef cultiva los vegetales y las hierbas en su propia huerta. El viaje terminó en Baux, una población que parece sacada de un cuento de hadas, localizada en los Alpillos, región de olivos donde se produce un aceite de oliva de alta calidad con control de apelación.

Al regreso, en el tren que nos llevaba de vuelta a París, tuve tiempo de reflexionar sobre la experiencia de los últimos cuatro días, recorriendo lugares llenos de historia, aprendiendo sobre ingredientes y respeto por la naturaleza. En pocas palabras: una región que es cuna de leyendas de caballeros, reinas y trovadores; un lugar que nunca me cansaré de visitar.=

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