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Diane Keaton se ríe de la vida

Revista FUCSIA

Diane Keaton se ríe de la vida AFP

En su nueva autobiografía, la actriz habla sin pudor de su fascinación por los hombres inalcanzables, de por qué disfruta siendo una solterona y una mamá vieja, y de lo que significa la belleza ad portas de los setenta.

Diane Keaton tiene claro que ya se le hizo muy tarde para andar pensando en matrimonio. Se burla de que a sus 68 años la única compañía masculina que podría disfrutar sería la de un perro, sin contar la de los 48 hombres que en fotos se exhiben en una pared de su casa.

Sin embargo, son precisamente esos retratos de James Dean, Gary Cooper, Elvis Presley y John Wayne, entre otros, los que de vez en cuando alientan una vaga esperanza de tener un hogar convencional: “Uno que solo existe en mis sueños”, confiesa en su nuevo libro Let’s Just Say It Wasn’t Pretty (Digamos que no fue bonito). Su amigo del alma y viejo amor, Woody Allen, bromea incluso con que cuando va a visitarla ella lo deja esperando en la puerta porque no trae un martillo que le sirva para asegurarlo en el altar de guapos.

 La veterana actriz no teme admitir que siempre se sintió atraída por aquellos ejemplares emocionalmente inaccesibles, quizá porque en el fondo le huía a las relaciones estables y prefería el caos de la pasión. “El dolor mezclado con el placer. Tenía la idea loca de que debía estar perdidamente enamorada. Ahora veo lo que en realidad se necesita: hacer juntos un buen equipo. Nunca me vi en el rol de compañera”.

En la raíz de sus miedos se encontraría una profunda inseguridad: no le ayudó ser la hija mayor de un hombre extremadamente exigente que criticaba hasta su forma de comer y de vestir. Relata que la única vez que su papá se mostró orgulloso de ella fue cuando la oyó cantar en un musical escolar, poco antes de graduarse. Su mamá era un ama de casa convencional con muchos sueños frustrados.

Por eso, aunque en su adolescencia idealizaba casarse con un príncipe azul, Diane no quería limitarse a ser una esposa. Y su necesidad de ser aceptada la llevó a buscar el amor de las grandes audiencias: ingresó al coro de la iglesia, probó suerte como porrista, en concursos de talento y debates estudiantiles antes de llegar a Broadway. Le parecía más fácil conquistar a un vasto y anónimo público, que la intimidad que se obtiene con una sola pareja.

 También desarrolló pánico hacia la muerte, a perderlo todo y a los aviones. Además, de joven tuvo una relación incómoda con su apariencia: dormía con un gancho de ropa en la nariz con la intención de enderezarla, odiaba sus ojos caídos y para mejorar su forma los ejercitaba abriéndolos mucho 30 minutos al día. Lo que menos soportaba era su escasez de pelo. De hecho, en cierta medida el estilo característico con el que se hizo famosa, armado con sombreros, guantes y prendas anchas, tuvo su origen en su afán por ocultarse. Aun así defiende a capa y espada sus buzos de cuello tortuga, que usa hasta en el verano (y en las películas) porque son un buen marco para la cabeza. Cuenta que imitó esa moda de su ídolo Cary Grant y se apropió de su frase “la ropa hace al hombre”.

 Esos temores no le impidieron seducir a celebridades y galanes. “Tengo una lista de todos los hombres que he besado... creo que el único que me falta es Matthew McConaughey”, comentó en una entrevista.

 En su pasado, cada década estuvo marcada por un romance: el protagonista de sus 20 fue Woody Allen. El humor es algo que siempre ha encontrado sexy. Paradójicamente, por cariño, lo llamaba “la cosa blanca” y se moría de risa cuando él caminaba sobre una docena de toallas limpias al salir de la ducha para proteger sus delicados pies. En sus paseos idílicos por la playa, él era incapaz de quitarse los zapatos. Es su héroe, no solo porque le prestó el champú que se aplicaba para evitar la calvicie, sino porque sin hablarle de frente del tema, la motivó a asistir a terapia psicológica con el fin de que resolviera la bulimia que la aquejó durante varios años. Entonces consumía 20.000 calorías diarias y Allen no podía creer que el desayuno de su novia consistiera en tres huevos con tocineta, docenas de panecillos, pancakes y cuatro vasos de leche achocolatada. El director nunca fue testigo de su ritual para vomitar, porque ella no se quedaba en su apartamento por vergüenza. Ese problema le ocasionó una acidez crónica y le dañó los dientes.

 Hoy Diane sigue sin entender cómo Allen pudo aguantársela con sus inseguridades y su excesiva susceptibilidad. “Todo me hería y Woody me decía que vivir conmigo era como caminar sobre cáscaras de huevos”. Estaba convencida de que “sin un gran hombre” dirigiéndola solo era, en el mejor de los casos, “una intérprete mediocre”. Desde que Allen la conoció, cuando era una novata que aspiraba a ser parte de su producción teatral Play it Again, Sam, a finales de los años sesenta, solía tranquilizarla diciéndole que por ser divertida ya tenía el futuro asegurado. No es casualidad que hayan compartido set en nueve ocasiones y que el cineasta, inspirado en ella, hubiera creado a Annie Hall (1977), un nuevo tipo de heroína, imperfecta, que le otorgó el Óscar a la mejor actriz.

 Con modestia asegura que no hubo mérito alguno en interpretarse a sí misma, tanto que hasta el personaje lleva su nombre, pues Annie era su apodo familiar y Hall el apellido de su padre, que cambió por el de su madre debido a razones artísticas. Pero para Steven Kovacs, profesor de la San Francisco State University experto en historia del cine, el gran talento de Diane Keaton ha consistido en “no lucir ni actuar como una figura convencional de la pantalla. Es una mujer atractiva, independiente e inteligente que uno quisiera conocer. Estableció una nueva presencia de aires masculinos vistiendo trajes de corbata, algo que no se veía desde la época de Marlene Dietrich y Katharine Hepburn”. “Ella representa la liberación femenina en Hollywood”, agrega Samuel Castro, miembro de la Online Film Critics Society. 

 La actriz solo tiene palabras de agradecimiento para Allen, y lo ha defendido ante las acusaciones de que abusó sexualmente de su hija adoptiva, Dylan Farrow. “Creo en mi amigo. Es la persona más disciplinada que conozco. Recuerdo que cuando estaba a su lado él leía a Dostoievski, a Tolstoy, estaba aprendiendo francés y tocaba el clarinete todos los días. Tiene 78 años y todavía hace una película al año”. Con franqueza afirma que aún lo ama.

 Más tormentoso fue el amorío que tuvo en sus 30 con el actor Warren Beatty, quien la dirigió en la cinta Reds (1981) y al que describe en su libro como “un ave exótica”. El diagnóstico que Diane ha hecho de la relación es que su principal problema era que “quería ser como él en lugar de amarlo. No podía soportar mis fallas en presencia de su grandeza”. La torturaba no sentirse a la altura de uno de los galanes más codiciados del momento.

Y cuando se acercaba a los 40 el turno de martirizarla le tocó a Al Pacino con quien sostuvo un affaire intermitente que, según ella, tuvo lugar en tres actos, refiriéndose a la trilogía de El padrino, en la que ella interpretaba a su esposa. Cuando lo conoció quedó impactada por “la belleza de su cara”, “la perfección de su nariz” y se le convirtió en una obsesión. “Empecé a maquinar cómo hacerlo mío. En realidad nunca lo fue. Los siguientes veinte años me la pasé perdiendo hombres que nunca tuve”. Hasta lo amenazó con un ultimátum si no le proponía matrimonio. “Después de Al, construí una fortaleza en torno a mi vulnerabilidad. Más sombreros, mangas largas y bufandas en la playa”. 

 Pese a ello, a los 50 obtuvo su revancha en el amor. Solo a esa edad se sintió lista para la maternidad y adoptó a su hija Dexter, nombre que tomó de un personaje de Cary Grant. Cinco años más tarde agrandó la familia con el pequeño Duke, aunque no niega que le hubiera gustado tener más juventud para ellos y brindarles un padre. Pero la vejez le ha permitido disfrutar de mayor libertad y hoy se siente triunfante al calificarse de “solterona” o “bicho raro”. Después de todo, rompió con los esquemas de Hollywood que condenan la madurez cuando protagonizó la comedia romántica Alguien tiene que ceder, al lado de Jack Nicholson, a quien también le había coqueteado en el pasado.

 “No tratar de agradarle a todo el mundo”, es la moraleja de su biografía. Si bien Diane visita mensualmente al dermatólogo pues tuvo cáncer de piel, nunca se ha practicado una cirugía plástica. Sabe que su look genera controversia y le causa gracia que una vez apareciera de quinta en una lista de celebridades feas. Como su mamá sufrió de Alzheimer, le angustia que en la madurez se vea reducida su memoria. Para contrarrestar esta probabilidad, su acupunturista le recomendó caminar regularmente para atrás.


Sus otros secretos para lucir radiante son el vino, un buen protector solar, “mantener los labios pintados y sonreír”, además de hacer lo que le gusta: su próximo estreno es una cinta con Michael Douglas y piensa seguir dirigiendo, tomando fotos, cantando, redecorando y vendiendo casas. Porque haber superado la edad de retiro no le pesa. “Mi expectativa de vida es de 86 años, así que voy a hacer de los casi 20 que me quedan los mejores”.

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