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En Hollywood nadie quiere envejecer

Revista FUCSIA

En Hollywood nadie quiere envejecer La nueva apariencia de Uma Thurman aún es un misterio. Algunos aseguran que tuvo que pasar por el quirófano, otros dicen que se trata de un efecto del maquillaje.

El cambio radical de actrices que buscan verse más jóvenes, como Uma Thurman y Renée Zellweger, nos hace preguntarnos qué hay detrás de esta tendencia. La Ph.D. en psicología social, Efrat Tseëlon, nos ayuda a resolver este interrogante.

No son pocos los nombres de estrellas de Hollywood –en su mayoría mujeres– que han sido puestas en el estrado de los medios y las redes sociales por haberse practicado una cirugía estética. Del cambio de facciones de Renée Zellweger, hasta la cantidad de bótox que utiliza Nicole Kidman, pasando por el misterio –erigido solo el mes pasado– de si Uma Thurman se hizo o no algún procedimiento en su legendario rostro. Hacemos de la transformación física un chisme, al tiempo que condenamos el paso del tiempo en las celebridades, lo cual forma un círculo vicioso en donde el castigo recae sobre nosotros mismos. Para la escritora y periodista, Catalina Ruiz-Navarro, se fiscaliza el cuerpo de las mujeres al punto que la industria del entretenimiento exige a sus actrices verse bien –o envejecer con decencia– si quieren seguir asumiendo personajes principales en las películas.

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Se sabe que detrás de estos cambios está la fantasía de la eterna juventud, presente desde los escritos de Heródoto (siglo V a. C.) hasta en novelas canónicas como El retrato de Dorian Grey (1890). El problema, sin embargo, está en que hoy se busca, no la inmortalidad, sino la perfección material, facilitada tanto por las nuevas tecnologías como por procedimientos quirúrgicos avanzados. Para entender este fenómeno y la importancia que tiene Hollywood sobre la cultura popular, FUCSIA entrevistó a la doctora de Oxford y editora de los volúmenes Critical Studies in Fashion and Beauty, Efrat Tseëlon, quien explicó cómo todo se reduce a las ansiedades que hemos ido generando en nuestro siglo y que terminan proyectándose sobre el cuerpo.

¿Cómo nace este modelo de belleza que hace de la juventud un mandato?


El auge de Hollywood como modelo a seguir en cuestiones de belleza y glamour fue un proceso gradual. Su origen se encuentra en la idea de la inmortalidad, finalmente mercantilizada en la fantasía fetichista de cuerpos y personajes irreales. Tenemos como ideal un ser humano sin imperfecciones, solo alcanzado a través de ilusiones ópticas y procesos quirúrgicos. Estos métodos son consecuencia lógica de una sociedad de consumo en una etapa avanzada de desarrollo tecnológico, que se apoya en imágenes que se difunden a través de diversos medios. Además, hoy vivimos una crisis de autoridad en relación con los códigos habituales de comportamiento, que hace que las celebridades reemplacen fuentes tradicionales de poder como son los expertos, los políticos o la realeza.

¿Por qué Hollywood puede considerarse el mayor promotor de esta idea?


La ideología de la sociedad de consumo se basa en la supuesta igualdad de oportunidades y de logros. Se enseña que el estatus no se hereda, sino que se obtiene por medio del trabajo duro y de los méritos alcanzados. Así, el glamour se proyecta, no en las autoridades, sino en las celebridades de la industria del entretenimiento. Los americanos creen que las cirugías estéticas son un atajo para alcanzar el ideal de belleza establecido por Hollywood, que se mantiene vivo gracias a periódicos y sitios de chismes. La preocupación constante por los estilos de vida de ricos y famosos crea la ilusión que ellos son parte de nuestro círculo cercano y afecta las decisiones de vida de los observadores más remotos.

¿Estamos presenciando una nueva y creciente tendencia dentro de la estética?

La percepción de que los procedimientos quirúrgicos en nuestra sociedad son masivos no es acorde con la realidad, sino que refleja la importancia de las celebridades en la cultura popular. Estadísticas del año 2009 revelan que Estados Unidos ocupó el primer lugar de países con mayor número de cirugías. Sin embargo, de 318 millones de habitantes, solo 1,3 millones se hicieron procedimientos quirúrgicos. Algo similar sucedió en China, donde de 1.357 miles de millones de habitantes solo 1,22 optó por hacerse alguna cirugía. Según la Asociación de Cirujanos Plásticos de Estados Unidos, entre 2000 y 2013 los procedimientos estéticos se duplicaron, pero la mayoría consistió en tratamientos poco invasivos como el bótox. Las cirugías, en cambio, tuvieron un decrecimiento. Estas estadísticas apoyan la idea de que las cirugías estéticas están más presentes en el imaginario popular que en las cifras actuales. Independientemente de la proporción real, su presencia en la cultura refleja un fenómeno mucho más amplio, que se encuentra en la normalización y legitimación de dichas prácticas. “La cirugía plástica es una cosa normal”, dijo una joven coreana de 19 años, que iba a realizarse una cirugía en su rostro para verse más occidental. “Mis amigos siempre se van de vacaciones y regresan con caras nuevas”.

¿Qué aprendemos de la visualización de cirugías plásticas hechas en cuerpos y caras de famosos?

La sociedad de consumo, con su predominio de la imagen, enseña que los cuerpos deben tender a verse más jóvenes, lo cual promueve una cultura que está obsesionada con la idea de la “superación personal”. La comercialización del cuerpo impulsa a la gente a invertir en su mantenimiento. Como Susan Bordo señaló a principios de la década de los noventa, el cuerpo ahora es visto como un objeto en transformación: un lienzo en el que los individuos pueden pintar sus propios deseos. Además, la promoción de la salud se ha fusionado con los discursos de “empoderamiento”, asumiendo una dimensión ética donde se argumentan las virtudes de envejecer sin que se note el paso del tiempo y las cualidades de llevar un estilo de vida responsable, donde se cuide permanentemente el físico.

¿Qué deseos más profundos alientan todas esas prácticas para conservar la juventud?

Existen diferentes motivos para realizarse un procedimiento quirúrgico –tener baja autoestima, superar un trauma, combatir el miedo a envejecer, arreglar defectos percibidos–, pero hay un deseo universal y subyacente que es ese que habla de la necesidad de “superarse”. Este apetito por la perfección saca a la luz ansiedades culturales que hemos proyectado sobre el cuerpo.

Hoy vivimos un cambio de definiciones en categorías que antes pensábamos inamovibles, como el género, la edad, la belleza o la frontera entre el ser humano y la máquina. También estamos expuestos a la creación de productos de consumo que nutren nuestras inseguridades al tiempo que prometen calmarlas. Ejemplo de esto es la industria cosmética, la cual crea discursos sobre la fragilidad de los adolescentes para así poder venderles productos que les suban la autoestima.

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