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Nuestro columnista de FUCSIA, Adolfo Zableh, nos habla de ese gran amor que la vida alejó de nuestro camino, no porque sea malo, sino porque su ciclo a nuestro lado terminó. Pero nos dejó valiosas enseñanzas.

Nunca he dado la vida por nadie, pero alguna vez estuve dispuesto a hacerlo. Ella, que empezó siendo poco, terminó siendo casi todo. No sé qué tenía (y no importa), pero lo que sentí, dije e hice por ella no tiene parangón. Yo habría podido quedarme ahí por el resto de mis días, aunque hoy no seamos nada. Me pregunto si alguna vez sentiré algo parecido.

Así suene cursi, llegué a creer que era mi alma gemela. A veces tu alma gemela no es la que se queda contigo sino la que te enseña cosas, te transforma y luego se va, dejándote como un recién nacido, pero con experiencia y conocimiento; como nuevo y listo para lo que viene. De ahí que muchas personas se quejen de dejar a sus exparejas listas para emprender una relación seria y duradera, pero con otra. Es que quizá no vinieron a amar, sino a hacer mejores a los demás hasta que les llegue su turno.

Pasa que la gente va creciendo en ti y muta hasta convertirse no en indispensable, pero sí en determinante, y eso me pasó con la mujer de la que hablo. La gente entra a nuestras vidas de muchas formas. A veces con toda, por la puerta grande, la noche de una gran fiesta. Alzas la cabeza hacia la entrada como buscando un milagro, y sucede. Hace su aparición la mujer más bella que has visto y quedas prendado a ella durante más de 20 años. Pero eso no quiere decir que la espera de lo majestuoso sea lo tuyo, a veces lo majestuoso puede terminar siendo ordinario.

Otras veces, la personas más importantes entran por la ventana, casi por descarte, y terminan ganándose tu corazón a punta de amor y constancia. Esas son las más bonitas porque, teniendo todas las probabilidades de irse de tu vida como un anillo que se va por el desagüe del lavamanos, se aferran con todo al punto de darte sin querer una mano para seguir viviendo. Te aman y te preparan, te moldean, te muestran a punta de ejemplos por dónde es el camino. Se convierten no solo en la persona que amas, sino en tu guía. Y cuando lo han dado todo, no les queda otra que marcharse. Eso de dar todo es relativo, de ahí la frase que el amor es eterno mientras dura. Hay parejas que conviven cincuenta años; otras, llegan y en cuestión de meses te dan par revolcones que te tumban todo en lo que creías.

Esta mujer me hacía llorar, aun en los momentos de mayor felicidad, y era raro. Con ella no había término medio, o lloraba de tristeza o me hacía derrapar en llanto de tanta alegría. Hoy ni lo uno ni lo otro. A veces vuelve a la memoria, normal, como cualquier pareja del pasado, solo que ninguna ha sido como ella. Me amó en la mala y vio en mí lo que nadie más fue capaz de ver. Dejó lo suyo y ahora regresa a ratos, como un muerto, pero el corazón ya no sufre. Es feliz.

Me enseñó mucho de la vida, del amor, pero sobre todo de mí y del desamor. Entendí, por ejemplo, que una cosa es dar todo y más por lo que creemos que vale la pena, y otra, tratar de revivir un muerto. Es decir, me enseñó la importancia de claudicar cuando es necesario. Y hoy no queda rencor ni vergüenza, solo gratitud. Después de tanto sentir, llega la tarde en que te ves sonriendo en vez de amargado, aunque ella ya no esté. A veces necesitamos terminar con una persona para amarla mejor, y una gran forma de despedirla no es diciéndole adiós sino escribiéndole unas líneas.

Alguna vez empecé a sentir miedo de perderla, hasta que la perdí, porque aquello a lo que tememos es lo que termina pasando. Ese fue el comienzo del adiós. Es que la quería solo para mí, pero nadie es de uno, ni siquiera uno mismo. El propio cuerpo hace lo que se le da la gana, y en ocasiones la mente empieza a divagar, se va sin que podamos jalarla de vuelta. Y si eso es con nosotros, el otro, así sea lo que más queremos, puede marcharse también. Con ella también aprendí que lo que no puede estar en tu vida te atormenta si lo retienes, por eso hay que dejarlo ir.

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Lo bueno es que un día esa a quien tanto deseas ya no está y no pasa nada. Lo aceptas y no te duele más. Entonces puedes volver a pensar en ella con cariño y esperas que esté bien, que duerma sin pesadillas y que le vaya bien en el trabajo. Ya no te atormenta si al otro lado del mundo mira a otro hombre con los ojos de amor con los que alguna vez te miró a ti. Lo único que deseas es que sea lo más feliz que pueda porque, ya lo he dicho, lo bonito de la gente no es que sea de uno sino que exista.

Ahora le escribo esta despedida, que en mi cabeza apenas sucede pero que en la práctica empezó meses atrás. La redacto con el mismo cariño que le tenía cuando estábamos juntos. Incluso con mayor dosis, porque encierra la misma cantidad de amor, pero además, todo el agradecimiento. Las gracias están subvaloradas. Las decimos todo el día, pero poco las sentimos de verdad. Deberíamos agradecer con más frecuencia porque es de los sentimientos más bellos que existen, quizá a la altura del amor y de la compasión. Juntos pasamos por todo lo bueno y todo lo malo. Y aunque los enamorados no vivamos en constante estado de ataque, por y junto a ella estuve dispuesto a enfrentarme al mundo si hubiera sido necesario. Ya todo fue y estoy listo, no dejo de creer en el amor. Ahora que lo viví no me conformo con menos. Yo quiero eso: la resistencia entre dos como única forma de soportar la vida.

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