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Lo que ellas quieren... pero ellos olvidan

Revista Fucsia

Lo que ellas quieren... pero ellos olvidan Ilustración: Liliana Ospina

Especialistas en el arte de la seducción explican por qué con el matrimonio muchas mujeres sienten la presión de ser perfectas, mientras ven cómo sus maridos se dejan crecer la barriga, no vuelven a perfumarse y solo envían flores en ocasiones especiales.

Los hombres casados son más felices en su matrimonio cuando su esposa es atractiva. Ese fue el resultado que hace un par de años arrojó un estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology, después de seguir durante cinco años a 400 parejas. Por su parte, en las mujeres, la apariencia de su cónyuge no fue un punto central. Teniendo en cuenta lo anterior, sería fácil entender por qué ellas se ven obligadas a cuidar en detalle de su aspecto, mientras que algunos de ellos exhiben con orgullo el tamaño de su barriga, como si se tratara de un símbolo de la masculinidad en la etapa del matrimonio.

Para la coach de relaciones Carolina Alonso, aunque la situación ha cambiado, la cultura cumple un papel primordial en la construcción del arquetipo de la esposa perfecta, pues tradicionalmente ella dependía de un marido cuyo rol era el de proveedor: “La idea de que puede ser abandonada por otra con la mitad de su edad, hace que una mujer quiera alcanzar la eterna juventud. De fondo hay toda una estrategia comercial, que deriva en el pago de productos de belleza, gimnasios, medicamentos y terapias, porque, además, la gracia es que el esfuerzo parezca natural y que tiene todo bajo control. En cuanto a los hombres, la exigencia ha estado relacionada en mayor medida con el éxito y el estatus –que se muestran mediante un carro último modelo, por ejemplo–, en ese diseño irreal de la familia que exhibe su felicidad a través de un exterior aparentemente impecable”.

“Es una característica de la sociedad machista”, opina José Alonso Peña, psicoterapeuta de pareja. “A la mujer se le pide perfección y al hombre valentía. Ellas tienen que ser esposas, mamás, amigas e hijas excelentes, hay menos tolerancia a su fracaso. Ellos tienen permiso de equivocarse más seguido y eso se nota desde las pautas de crianza: las niñas siempre deben lucir bien vestidas y ‘puestas‘. Esta característica también acompaña las relaciones: si una esposa relega su sensualidad al tener un bebé, la tildan de dejada; y, sin embargo, hay chistes referentes al descuido personal de sus maridos. En últimas el género femenino suele invertir más en el mantenimiento del vínculo”. Por eso, a veces las mujeres no se sienten correspondidas. Echan de menos las estrategias románticas que su antaño “Romeo” ponía en práctica durante el noviazgo y que en el matrimonio brillan por su ausencia:

Los detalles.

“Seducción después de la seducción”. Así define Peña el arte de no dejar de conquistar al otro. Por más trillado que suene, la queja recurrente que escucha en consulta es: “Ya no me siento amada”. Advierte que en la dinámica masculina, debido a que los hombres conservan muchos de los rasgos del cazador de los tiempos de las cavernas, una vez obtienen la presa deseada se sienten con el derecho de descansar.

Ejercitar los cinco sentidos.

“Cuando estamos en conquista tenemos el tacto, el gusto, el olfato, los oídos y los ojos alertas para identificar situaciones en las que podemos servir. Si ella huele rico, por ejemplo, se lo decimos; si tiene la piel suave, la halagamos”, expresa el experto. “Esto es muy simbólico pero la finalidad de la seducción es garantizar la supervivencia de la especie y si quiero cautivar a la que puede ser la madre de mis crías necesito estar atento a sus necesidades para satisfacerlas”. Al respecto, Alonso añade que las mujeres aman las palabras: “Somos auditivas, pero más allá de ese ‘te amo’ que nos encanta oír, queremos conversar. Nos gusta hablar y que nos hablen. No basta estar juntos viendo televisión, porque ahí la relación es con el aparato”. Por eso cita un texto del filósofo Roland Barthes: “El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras en la punta de los dedos, o dedos en la punta de mis palabras”.

Redescubrir la intimidad.

Es habitual que al casarse la relación que antes era muy privada se vuelva pública. Como se convierten en familia, los suegros, los tíos y los primos empiezan a conocer todo lo que pasa en el interior de la pareja. “El cerebro masculino piensa en manada”, opina Peña y agrega: “Una molestia frecuente de las mujeres es que el esposo siempre invita a un tercero a los programas que arma”. Carolina Alonso no subestima la importancia de planes en apariencia triviales: “No hay una práctica tan sensual como bailar. En la etapa del noviazgo uno se arreglaba para la ocasión y con el matrimonio es fácil dejar de hacerlo. Eso nos hace más felices que quedarnos orbitando alrededor de un compañero poco disponible, cuyo único pasatiempo cada fin de semana es ver o la Champions League o cualquier partido de fútbol local”. Para ella el contacto físico es otro de los rezagados. “Necesitamos del abrazo, el consentimiento”. Explica que esos gestos aumentan la producción de la oxitocina, hormona del amor, pero que no deben ser un mero mecanismo para tener relaciones sexuales. “Para disfrutarlas, las mujeres necesitan sentirse tranquilas, cuidadas. Hay personas que solo se acarician cuando quieren tener sexo para liberar la tensión del día. En esos casos no hay un verdadero encuentro sino una mutua masturbación”.

Autorregulación

emocional. “En palabras coloquiales quiere decir que cuando uno está conquistando no pela el cobre –señala Peña–. Y es que a medida que se afianza el vínculo llegamos a tener tanta confianza en este que creemos que podemos atacarlo sin miedo a que se destruya. Es lo que hacen los niños con las mamás, cuando tienen pataletas. En el espíritu femenino es muy común la capacidad de contención y de aguante”. Sin embargo, hay que prestar cuidado a los estallidos emocionales. Si bien no se trata de guardar silencio ante alguna molestia, sí hay que evitar las reacciones hostiles.

El cuidado personal.

Alonso considera que el desorden en sí no es lo que molesta a las mujeres sino lo que este transmite: “Dejar tirada la ropa es mostrar desdén hacia el espacio compartido con el otro”. Para Peña, cuando sienten la seguridad que da el matrimonio, algunos olvidan que deben seguir trabajando en ellos mismos, para lograr ser su mejor versión: no solo es cuestión de verse bien y de oler bien. “Un matapasiones es dejar de ser interesante, no mostrar amor propio. La gente tiende a despreocuparse de su realización personal... Uno no es un producto terminado y las personas tan predecibles y rígidas se vuelven aburridas. El cerebro se ejercita gracias a la novedad, que dispara las hormonas; lo contrario es el estancamiento y la desmotivación. Por otra parte les recuerdo a mis pacientes que si conquistaron a una persona hace ocho años, ahora biológica y emocionalmente es otra: sus células se han regenerado y a eso habría que sumarle que ha pasado por distintas experiencias. Si notan esos cambios entienden por qué el proceso de conquista nunca termina”.

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