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¿Dime dónde te casas y te diré quién eres?

Samuel Giraldo

¿Dime dónde te casas y te diré quién eres? .

El matrimonio es uno de los pocos sacramentos de la Iglesia católica que aún se mantiene vigente, muy a pesar de la ola de parejas de hecho, y del estridente boom de los divorcios y separaciones.

Si mal no recuerdo son siete: bautizo, confirmación, reconciliación, eucaristía, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos. Hablé con un amigo sacerdote sobre el tema y me explicó que los sacramentos no estaban en la Biblia y que eran algo así como actos salvadores, una especie de acciones que salvan al hombre de situaciones concretas, llenándolo de la fuerza del amor.
Quiero llegar rápido al matrimonio, para poder escribir lo que quiero plantear. Eso sí, sin parecer uribista en estos temas. Pero primero debo ir descartando los seis sacramentos restantes y su poco ‘oficio social’ en tiempos modernos.
Arranquemos por el primero, que es el bautizo. Es una ceremonia bonita y muy familiar. Me gusta mucho el tema de los padrinos, esas personas que tendrán que ayudarle al ahijado si los padres faltaren. Justamente en el bautizo es en donde arrancan las conexiones o la red social del futuro ciudadano. No son muchos los bautizos que salen en las revistas de alta sociedad, pero el acto en sí, es más social que cualquier otro.
El segundo sacramento es realmente obsoleto. La confirmación ni suena ni truena en estos días de YouTube y iPod. Nada más ordinario que las fotos de confirmación de la hija de Fulanita de Tal en la revista Jet-set.
El tercer y cuarto sacramentos están íntimamente ligados a la vida de Iglesia: la reconciliación y la eucaristía, o sea, la confesión y Primera Comunión, que en un sentido estrictamente religioso son muy importantes, pues en adelante se puede comulgar en la misa y dar muestras públicas de que no cometes pecados. Tampoco veo muchas fotos de primeras comuniones en las secciones de farándula de RCN o Caracol. Y mucho menos de púberes confesándose. Es como si estos sacramentos no existieran para los ricos y famosos.
Los tres restantes sacramentos son como sacados del clóset de la abuela que acaba de fallecer. Matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos. Los dos últimos no vale la pena ni mencionarlos; y el primero ya no está de moda, a no ser de que se quiera aparentar socialmente, que los padres fuercen a los novios, que la novia haya visto muchas novelas, o que ciertamente se necesiten los regalos o el dinero de la lluvia de sobres. Pero más allá de la opinión que se tenga sobre este sacramento en desuso, no hay nada mejor que una fiesta de matrimonio, eso sí, si uno no es el protagonista. No obstante, lo más colorido desde el punto de vista fotográfico es el lugar en donde se hace la ceremonia. En algunas provincias españolas y francesas acostumbran a alquilar viejos castillos en donde mezclan lo viejo y lo nuevo con gran estilo; en Medellín, Bogotá y Bucaramanga son felices armando el cuento de la boda en una hacienda o al menos en una casa con ambiente campestre.
Cada vez es más frecuente que el “dime dónde te casas y te diré quién eres”, se vuelva más determinante a la hora de escoger el lugar de matrimonio. A los cantantes que se casan con modelos les da por unirse fraternalmente en alguna playa desierta en el Parque Tayrona; a los cuarentones que van por la revancha (ya separados) les ha dado por hacer una boda minimalista en un hotel; a los más preocupados por el divorcio que se aproxima, salen del tema en una Notaría y un almuerzo en Crepes.
Hay muchos que se casaron de hecho sin ni siquiera haberlo pensado y ya no saben qué hacer. Primero llegó el cepillo de dientes y un juego de ropa interior, y hoy, varios años después, llegaron Sara y Mateo. El mundo de ahora es así: no hubo tiempo para empezar.=

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