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El acoso sexual en el trabajo es una de las peores formas de violencia contra la mujer.

En el siglo XIX, el problema moral más complicado era el de la esclavitud, en el siglo XX, lo eran las dictaduras de Hitler, Stalin, Lenin y otros personajes, y hoy, en pleno siglo XXI, son la violencia contra las mujeres, la trata de blancas y el acoso sexual.

Por lo menos en una gran parte del planeta las mujeres están marginadas, no tienen acceso a la educación y, desde luego, tampoco tienen oportunidades de trabajo. No es una casualidad que estos países sean también los más pobres, los que están sumidos en el subdesarrollo, víctimas del fundamentalismo y el caos. Los chinos tienen un proverbio que dice: “Las mujeres sostienen la mitad del cielo”. Y esa verdad es la que está empezando a descubrir el mundo. Nosotras las mujeres no somos el problema, somos la solución. Si se invierte en una mujer, ella saca adelante a su familia, se ocupa de que sus hijos se eduquen y se convierte en un miembro productivo de la sociedad. Eso lo han visto las grandes organizaciones internacionales como la ONU o el Banco Mundial y, por eso, dirigen su ayuda en gran parte a las mujeres.


¿Qué pasa en los llamados países civilizados? Que se ha avanzado un gran trecho, pero no lo suficiente. Todavía las mujeres y los niños son la parte más débil de la sociedad. Todavía existen hombres que tienen grabado en su ADN el convencimiento de que son los dueños de la vida y honra de las mujeres. Todavía no hay respeto. Se sienten con derecho a todo, pues saben que son intocables. No exagero, no me voy a referir a las niñas que se roban para venderlas en el extranjero como prostitutas, ni a los maridos que la emprenden a golpes contra sus esposas, o al concejal que manda a matar a su mujer para poder escaparse con la otra, sin poner en peligro su carrera política. Juzguen ustedes después de leer este mensaje por qué, en gran parte de Occidente, seguimos en el subdesarrollo, cómo se permite el abuso de las mujeres, porque, aunque existen las leyes, se tiene que atrapar a la persona en flagrancia para poder condenar al agresor. Este es el mensaje que recibí:

“Disculpe, señor o señora, mi nombre es María (no es mi nombre real), soy la mayor de tres hijas, mi madre es la más buena y abnegada de todo el mundo, es costurera. Con grandes esfuerzos nos ha dado lo más valioso para nosotras: la educación. Mi papá falleció cuando yo era niña y no me acuerdo de él, mis hermanitas todavía están estudiando en el cole. En cambio, yo acabo de terminar mis estudios en Sicología, estoy lista para conseguir mi primer trabajo y ayudar a mi madre con los gastos de la casa."

“Recibí una llamada de una multinacional muy conocida, yo no había escuchado de ellos antes, pero me dijeron que es una empresa importante y me emocioné, pensé en Dios. Ese día abracé a mi madre y le dije que cuando regresara le iba a dar una gran noticia.

“Me entrevistó un hombre mayor, calvo, bien vestido. Nunca me preguntó por mis notas ni por mis metas profesionales, sólo le importaba saber si era liberal, si vivía sola. Porque yo no tengo experiencia, no iba a encontrar trabajo en ninguna parte, pero él podía ‘ayudarme’, mientras tanto, me enseñaba un condón entre sus manos.

“Me levanté y le dije que iba a denunciarlo… ‘¡quién te va a creer!’ –me dijo– y me sacó de su oficina.

“Me dijo que ellos vendían una ‘encuesta de salarios’ para otras empresas importantes y que necesitaba una chica como yo para el puesto, pero que también debía dar algo a cambio.

“¿Se imagina a este señor, al cual la pureza de una mujer no le importa, ‘capacitando’ o ‘seleccionando’ gente para usted? A la final, esas oficinas son la alcahuetería de ese hombre ruin. No le he contado nada a mi madre para no causarle dolor, simplemente que yo ‘no era la persona que estaban buscando’”.

No doy el nombre de la compañía, ni el de la persona que me escribió, para proteger a mi lectora, pero este testimonio es real. En el siglo XXI todavía un hombre cree que puede abusar de su posición forzando a una mujer a tener sexo a cambio de un puesto. Las mujeres ya pueden acceder a la educación, ¡ahora falta educar a los hombres!


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