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El ego y yo El ego y yo

Una mirada detenida a la complejidad de ese eterno incomprendido que es el propio yo, los tipos de personalidad a su alrededor.

 
Revista Fucsia
 
En materia de ego es fácil mirar la paja en el ojo ajeno. Los que quieren llamar la atención permanentemente y los que prefieren el anonimato son objeto de críticas. Es difícil aceptar nuestras propias falencias, asumir que nuestro ego nos hace sufrir. Solamente cuando éste nos complica la vida, nos vemos obligados a tratar de entender la capacidad de control que ejerce sobre nuestras emociones. Para algunos la solución es una terapia sicológica, para otros, puede ser el inicio de la búsqueda de la espiritualidad. Y en general se podría decir que es el momento en que uno empieza un trabajo para conocerse a sí mismo. Empresa larga y compleja que nos lleva a reflexionar y cambiar nuestra manera de comportarnos.

Detrás del yo se esconden el narcisismo, el egocentrismo, el ego, el yo, diferentes definiciones de un mismo concepto que explora las profundidades de nuestra psiquis. Estamos rodeados de una serie de egos, en el trabajo, en la familia, en la pareja, es el mal de nuestro tiempo. El exceso de dinero está creando una generación con patologías sociales. Niños que sólo piensan en satisfacer sus caprichos, que desde muy pequeños tienen a su alcance iPods, celulares, computadores, y otros. Padres que piensan que amarlos es resolverles todos sus problemas, convertirlos en minusválidos mentales. Adultos que tienen dinero y usan ese poder para controlar a los demás. Jóvenes para quienes la meta es volverse ricos, ignorando valores morales, ética y límites. Mujeres que piensan que los hijos constituyen un adorno más y que se pueden dedicar a las drogas y al sexo descuidando a la familia.

Los periódicos lo ejemplifican a diario: Britney Spears perdió la custodia de sus hijos; las fotos de Kate Moss inhalando coca circularon en todo el mundo, Heath Ledger murió por una sobredosis de drogas. Los sicólogos han acuñado el término de ‘afluenza’ para este tipo de comportamiento, y no sólo encapsula una serie de síntomas. Es un tipo distinto de ética, una disposición de ganarle al sistema, de engañar y mentir para obtener lo que se desea, de quitar del camino al que se interponga. Es el triunfo del yo sobre el yo.

Los dos extremos de un ego desequilibrado, el exceso o la ausencia, son en realidad falta de amor propio, de confianza en sí mismo, de estima personal, y producen inseguridad y megalomanía. El yo y el ego son sinónimos. Los sicólogos hablan del yo siguiendo los lineamientos que planteó Freud a finales del siglo XIX, pero los guías espirituales y los filósofos de hoy prefieren el término ego, que viene del latín yo.
 
La cultura del yo surgió en los años 50 en Estados Unidos, bajo la influencia de dos doctrinas inspiradas en el sicoanálisis: la ego–sicología, creación del siquiatra y sicoanalista Heinz Hartmann, y la sicología del yo, de Heinz Kohut. Esta última se ocupa de desarrollar las potencialidades del yo y no se interesa por investigar el inconsciente. Es una invitación a desarrollar el propio ego para lograr la independencia y no depender de la opinión de los otros. Reafirma el individualismo y se puede decir que es el origen de la generación del yo.

Por otro lado, en la teoría clásica de Freud el yo no es una fuente de bienestar, sino el origen de los conflictos. Según ésta, hay que luchar por mantener el control sobre el ego, el equilibrio, no permitir que aquel nos tiranice. Para Freud el ego es símbolo de inmadurez, un vestigio del niño caprichoso que todos tenemos dentro. El yo inflado, científicamente llamado narcisismo, viene del personaje griego Narciso que se la pasaba mirando su reflejo. El amor propio bien manejado lleva a una visión satisfactoria de uno mismo, pero quererse demasiado se convierte en egocentrismo. Enamorarse de uno mismo lleva a la búsqueda permanente de la perfección, pero, como nada es suficientemente perfecto, surge la depresión. Por eso, la cultura del yo va de la mano de la depresión.

La traición del yo

Es fácil pensar que se posee un yo unificado, sólido, cuando en realidad éste se parece a una cebolla conformada por capas superpuestas, constituidas por los modelos sucesivos que han influenciado nuestra personalidad: mamá, papá, profesores, amigos, novios, compañeros, y las improntas que dejaron esas experiencias. Entender el cómo y el porqué de lo que somos es un trabajo largo y difícil. Hay que empezar por reconstruirlo pieza por pieza para poder llegar a descubrir cuál es nuestro verdadero ser. Y hay varios caminos: el sicoanálisis, la filosofía y los maestros espirituales orientales que consideran el yo como una ilusión. “El ego es una alucinación que hace que Pedro Pérez, la conciencia de Pedro Pérez se crea el verdadero Pedro Pérez y se olvide que él es un ser libre”. Esta frase es el resumen de la teoría del maestro espiritual francés Arnaud Desjardins, expuesta en su libro La tabla redonda (1993).

Un ego sin ego

En los pensamientos budista y taoísta el ego es un concepto mucho más amplio, va mas allá de lo que la sicología le atribuye. La traducción del concepto da en tibetano o del atman, en sánscrito, significa tanto el “yo” como el “tú”, el ser como el alma. Según esta filosofía, el trabajo de una persona para conseguir la espiritualidad radica en borrarlos de su conciencia, en lograr una vida sin ego, despojada de todo interés, de todo pensamiento que lleve al ego, fundirse con el universo como se funde una gota de agua con el océano, según el célebre filósofo y escritor taoísta Lao Tse.

No se trata de declararle la guerra al ego porque sí, la idea es penetrarlo y reconciliarse con él a través de la meditación, la introspección, la yoga o la terapia, pues sólo un ego saludable puede llevar a la superación. Es imposible hablarle a una persona de ego si ella no tiene conciencia de su existencia, si está bloqueada por diferentes formas de inhibición que no le permiten sentirse cómoda en ninguna parte ni suficientemente amada.

¿A qué se puede parecer un ego sin ego, el ideal para los filósofos orientales? A alguien que no está sincronizado con la sociedad, efímera y superflua, sino con la naturaleza, el cielo y la tierra, la vida y la muerte, que armonizan con el cambio eterno, como dice Lao Tse. Es decir, que se ha liberado del peso de las apariencias: ser rico, joven, bello, dinámico, un individuo que puede vivir en el presente, liberado de todo sentimiento de angustia.

Las tres personalidades alrededor del ego

La narcisista

Su yo la hace creer que está por encima de los demás mortales.

Ella es ella y los demás no importan. Si ocupa una posición de poder, hay que temblar. Es arrogante, impulsiva, no se identifica con el sufrimiento de los demás. Es tirana, déspota, explotadora: expresiones de un poder malentendido, de sentimientos de omnipotencia que necesita para nutrir su ego, que la protegen de una realidad que la aterroriza, una de las muchas máscaras que utiliza para disimular la angustia de sentirse vulnerable, y, sobre todo, para esconder el miedo que le producen los demás.

La histérica

Su yo depende de la atención que le presten los demás.

No quiere pasar inadvertida, como esas mujeres que se sienten bombas sexuales y que adoptan permanentemente actitudes provocativas para sentirse adoradas y deseadas. Si no lo logran, su estima personal se destruye. Llaman a su pareja cuando está con amigos para preguntarle cualquier bobada, para tenerla bajo control y hacérselo saber al mundo. Si no les ponen atención, se sienten heridas y reaccionan como fieras. Necesitan atención las 24 horas diarias. Es probable que hayan sido educadas así por su padre que las tenía como “la niña de sus ojos”, su percepción de niña consentida no desaparece nunca.

La egocéntrica

No tiene fallas, está libre de cualquier reproche.

Es como una actriz de teatro que juega el papel de la perfección. Su conversación tiene que ser la más divertida, tiene que saber de todo y se siente auténticamente cómoda con su feminidad. La sonrisa a flor de piel, nada la hace perder su confianza en sí misma. Le fascina hablar y escucharse. No acepta críticas y el menor comentario la desestabiliza. Una sola apreciación sobre su trabajo o su apariencia es considerada una grave ofensa, una ‘puñalada’. Ignora la crítica y piensa que todos están equivocados menos ella, y que todo es culpa de la envidia de los otros, que no le permite brillar en todo su esplendor.


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