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El miedo a la arruga El miedo a la arruga

Aparentemente el miedo a envejecer es más grande que el miedo a las alturas, a hablar en público y hasta la fobia a los ratones. ¿Es este tu mayor miedo?

Se sabe que uno llegó a vieja cuando se emociona y brinca en un tacón (en lugar de molestarse) si los bouncers de la puerta de los bares le piden la cédula para permitirle entrar. Este pequeño detalle es uno de esos momentos ‘priceless’ de los que habla Mastercard, mejor que cualquier piropo pirobo.

Si todavía no le está sucediendo esto, sus días están contados porque no hay escapatoria a envejecer. Se puede retardar la llegada de esta situación, pero al final todos vamos camino a convertirnos en una uvita pasa. Llegar a los 30 genera pánico total, uno siente que la juventud se le está escapando de las manos como arena. Y hay que ver la bienvenida tan ‘cálida’ que le brinda a uno la vejez… Las arrugas se acomodan, la gravedad empieza a ‘jalar’ las chichis y la cola, irse de rumba significa quedar inservible por el resto de la semana y, como si no fuera suficiente, el metabolismo le saca a uno el cuerpo.

Como dice una de mis queridas amigas, recién treintañera: “Ya no estamos para cremitas de Clinique”, toca sacar la artillería pesada si queremos seguir viéndonos jóvenes y regias. Y es que en cuanto a la edad, lo importante no son los años que uno tenga, sino cuántos aparenta tener. Cada quien tiene su metodología para lograr quitarse unos añitos. Están las que se untan semen de mico, placenta de delfín y popó de murciélago para editar las arrugas; están las que borran discretamente el año de su nacimiento en Facebook o las que le hacen un hueco a su cédula para que nadie sepa el año en que nacieron, las que se gastan la mitad de la quincena en Imedeen y las que se inventan que se van a Europa un mes y en realidad se hacen un Nip/Tuck con unos doctores Troy y McNamara, ecuatorianos. En mi opinión, la única forma de lograr la eterna juventud es morir trágicamente, joven y hermoso como James Dean o Marylin Monroe, o conseguirse el teléfono del cirujano de Cher.

Muchas veces, cuando veo a mujeres mayores por la calle, me pregunto cómo me veré yo en 30 años. ¿Me añejaré tan regia como Sofía Loren o me descompondré como Teresa Gutiérrez? Tal vez deba empezar a bañarme en aceite de oliva y saber cómo se debe sentir una empanada, que es la técnica que utiliza la actriz italiana para conservarse. Lo irónico es que hoy queremos vernos más jóvenes, pero en algún momento hicimos todo lo posible para vernos mayores sólo para poder entrar a los bares con cédulas falsas o para levantarnos al amigo de nuestro hermano mayor, ¡Ay, qué épocas! (suspiro de nostalgia).

Y aunque es cierto que la edad es un estado mental, algunas se quedaron atrapadas en una edad, como las ‘Cuchibarbies’ de 50, que parecen disfrazadas de quinceañeras y comparten ropa con sus nietas. Dios me libre de convertirme en una. Lo más inteligente es saber aceptar la vejez con dignidad y vivir al máximo cada etapa de la vida.

Creo que alguna vez le escuché a mi abuela que el secreto para que siempre le digan a uno “pero qué joven te ves”, es hacer una pequeña mentira matemática. El truco no está en restarse años, sino en sumarse siete años a su edad, los resultados son mejores que cualquier crema costosa de Lancôme. Hay que dejar de tenerle miedo a la arruga, porque cada vez que nos aparece una nos recuerda que hemos vivido intensamente la vida. Después de todo, dicen que es malo llegar a viejo, pero peor es no llegar a eso. =

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