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El nuevo cuerpo femenino: musculoso

Revista FUCSIA

El nuevo cuerpo femenino: musculoso Foto: Pinterest

Cabe preguntarse por esos nuevos patrones de belleza que parecen imponerse. ¿Será que la fortaleza es, como lo han sugerido algunos expertos, la nueva delgadez?

**Por Vanessa Rosales

Una mujer de pie frente al espejo sostiene en su mano un teléfono móvil que delata que se está fotografiando a sí misma. El enfoque aquí no es el rostro, como en la ubicua selfie –esa modalidad de autorretrato digital que abunda en nuestra era–, sino el registro del cuerpo. Un cuerpo que aparece por lo general semidesnudo, envuelto en ropa deportiva, torneado y fibroso; una aparición de piel apretada y de músculos. A veces la imagen acentúa las marcaciones precisas del abdomen; otras revela la redondez evidentemente trabajada de los glúteos. En sus sutiles variaciones, esta imagen, en la que una mujer fit se autorretrata en el espejo, se ha vuelto un lema para aquellos que con frecuencia contemplan el mundo a través de la ventana bidimensional que es Instagram. Ellos habrán podido enterarse ya, tal vez, de que en dicha red se repiten las imágenes de mujeres cuyo performance digital gira en torno a un cuerpo que ha cambiado la delgadez por la fortaleza corporal. Es la tendencia, casi histérica y sumamente visible, de una contemporánea versión del fitness.

Estas mujeres que se retratan con frecuencia en ropa deportiva, que se filman a sí mismas haciendo burpees y sentadillas con pesas considerables, y que van captando los progresos de sus esfuerzos sostenidos a través de imágenes que comprueban un “antes” y un “después”, bien pueden ser las adeptas del cross fit, el boot camp, el entrenamiento de circuito, la adaptación de pesas y todas aquellas modalidades que reflejan ese estallido por estar fit que Instagram logra capturar bien. El lema detrás del comportamiento colectivo parece ser la consigna que se popularizó en inglés: “Strong is the new skinny” (la fortaleza es la nueva delgadez).

Las seguidora más modesta de la moda, y la mujer que ha habitado la Tierra lo suficiente para reconocer a Kate Moss, sabrá bien que durante años –y gracias a los ideales estéticos dictaminados por esa sacerdotisa inclemente que puede ser “la moda”– ser delgada, o más bien, ser “flaca”, ha sido un gran objetivo en la vida de muchas mujeres. Maitena, la aguda caricaturista argentina, retrata en una de sus ingeniosas narrativas cómo el eje de toda mujer consiste en alcanzar esta delgadez (objetivo que si alguna vez se logra, solo puede ser reemplazado por el fervoroso deseo de eliminar la celulitis). Vale la pena recordar que los ideales de vestir y de belleza de toda época están marcados por las imágenes que en ella predominan. Y desde hace años, la flacura se impone en las representaciones pictóricas de belleza, moda y estilo.

Pero las imágenes cada vez más omnipresentes en Instagram, el número sustancioso de cuentas dedicadas a cierto tipo de fitness y la celebración de los medios norteamericanos de mujeres como Jen Selter –cuyo trasero le mereció incluso una pequeña editorial en Vanity Fair– han sembrado en el paisaje cultural la interrogante sobre si la delgadez persiste como un ideal vigente de belleza. ¿Las mujeres de hoy añoran ser tan flacas como en los noventa, cuando la moda incluso patrocinó en sus páginas lustrosas la perturbadora idea del heroin chic? ¿En la era posfeminista, se vale hablar de ideales relevantes de belleza femenina? ¿No hemos llegado ya a un punto en el que la validez consiste precisamente en la heterogeneidad?

Aquellas mujeres que se retratan a sí mismas en esta modalidad, frente al espejo y en ropa deportiva, con el fin de exhibir sus trabajados cuerpos, no solamente reflejan cómo hoy ellas pueden llevar registro –a veces maniático– de su imagen, fotografiarse y mostrarse, en teoría, de la manera en que deseen ser vistas, sino que hablan también sobre un posible tipo de feminidad que se siente cómoda con el músculo y la fuerza. Por lo menos así lo revelan la cantidad de imágenes y de mujeres dispuestas a exhibir una fortaleza que es todo menos frágil o poseedora de esa largura ósea que constituye el cuerpo de las modelos de pasarela. Hay algo ligeramente subversivo en la mujer que osa exhibir un cuerpo hecho de fuerza y de fibra, algo que de cierto modo se rebela contra las convenciones de suavidad y delicadeza que constituyen algunos de los imaginarios más comunes de lo que es sinónimo de ser femenina.

Anllela Sagra, una de las únicas modelos fitness en Colombia, tiene 21 años y es de Medellín. Es una rubia de rostro delicado y pelo largo, de tez blanca y poseedora de esa deslumbrante belleza sin artificios que puede tener la mujer antioqueña. Su cuerpo, sin embargo, no es el arquetipo que subsiste en algunos imaginarios que también persisten en Medellín. No es la mujer voluptuosa, hinchada por silicona, ni cuya protuberancia recuerde al ideal curvilíneo que también, en parte, legó la directriz del narcotraficante. El cuerpo de Anllela es protuberante, sí, pero resalta por la musculatura desafiante, el grosor de los muslos fibrosos, las marcas explícitas a lo largo del torso, la fuerza general de un cuerpo que denota una poderosa cultivación que no necesariamente refleja el prototipo femenino de la mujer paisa. A ella llegaron los comentarios de que su cuerpo estaba cobrando un aspecto más masculino; familia y allegados la reprendieron incluso por “dañarlo”.

“Lo que más me satisface es la fortaleza que he logrado en mi interior y en mi físico, por cualidades como la paciencia, la perseverancia, el no dejar las cosas por la mitad, responsabilidad, disciplina. Todo esto me lo ha traído un estilo de vida que me ha hecho crecer como persona, en lo laboral y emocional. Casi siempre veo el entrenamiento como una metáfora en la vida, todas esas cualidades las aplico también a mi crecimiento personal”, dice Anllela.

Vivimos en un mundo sobresaturado de información y de imágenes. Un mundo donde experimentamos, como lo llamó una teórica de moda, el “régimen del parpadeo”, donde los lapsos de atención son cortísimos, donde las imágenes, para enganchar más allá de la experiencia momentánea, deben sorprender e impactar. ¿Será posible que esta tendencia de fuerte en vez de delgada, de musculosa en vez de flaca, sea una manera que tienen las mujeres para retener la atención en medio del flujo vertiginoso de imágenes en el que viven? ¿Será de pronto que esta transferencia de la fuerza a lo físico, sea un reflejo de una era en la que mujeres del tipo de Beyoncé y Emma Watson hablan sobre feminismo? ¿Será que las mujeres simplemente se hastiaron de ser flacas y decidieron verse capaces y no indefensas o frágiles?

¿Puede una mujer que convierte la apariencia en el eje de su performance público y que fotografía y exhibe el cuerpo con tanta frecuencia, ser realmente subversiva? ¿Puede su fuerza muscular ser una demostración de negación a caer en los cánones de lo que es supuestamente “femenino”? ¿O es que detrás de esta aparente fuerza del cuerpo se enmascara el hecho de que la apariencia, aunque fuerte y trabajada, sigue siendo una poderosa y, por ende, limitante fuente de la identidad femenina?

La respuesta no es simple. La mujer armada con la cámara de un teléfono móvil es mucho más que una criatura presa de la más explícita vanidad; es el símbolo de un tipo de feminidad que, de manera inédita en la historia, hoy tiene la posibilidad de crear y controlar su propia imagen. La tradición visual de Occidente ha implicado que haya sido por lo general la mirada masculina la encargada de representar visualmente a las mujeres, a lo largo y ancho de las más diversas disciplinas –desde la pintura, hasta la fotografía y el cine–. Las tecnologías digitales, sin embargo, han concedido a las mujeres la posibilidad de que ellas creen cada vez más imágenes de sí mismas.

Pero también vale recordar que la apariencia es y será siempre parte de la vida femenina. El asunto es que no sea la fuente exclusiva de la identidad de una mujer. Es innegable, que las imágenes y la apariencia también son fuente de deleite para las mujeres. Y que hay algo poderoso en la mujer que se toma el tiempo, que tiene la disciplina, la fuerza física y la constancia para fortalecer su cuerpo.

En 2009, Robin Givhan –la única escritora en haber ganado un Premio Pulitzer en la categoría de crítica de moda– escribió, en el New Yorker, una interesante observación sobre los brazos esculpidos de la primera dama norteamericana, Michelle Obama. “Esos brazos representan tiempo personal. Son evidencia de cómo una mujer de 45 años se rehúsa a entregar cada momento de tiempo libre al servicio de un esposo, unos hijos y todas aquellas fastidiosas distracciones que han podido llenar sus días y dejarla frente al televisor, viendo Oprah, tratando de averiguar cómo se perdió a sí misma en el camino. Los brazos implican vanidad y poder: dos cosas que hace que muchas mujeres se sientan incómodas y que son, no obstante, fundamentales para tener confianza en sí mismas”.

En Colombia, por ejemplo, donde los imaginarios de la feminidad dictan con frecuencia que como mujeres (además latinas), somos grandes cultivadoras de la apariencia; donde los índices de cirugías plásticas persisten altos y ubicuos; y donde un tema como el narcotráfico legó una búsqueda aún latente por un tipo de voluptuosidad que sea sobre todo complaciente para los estándares masculinos, tener músculos no es algo que sea común o estimado necesariamente como femenino. Los cuerpos de, por ejemplo, Valerie Domínguez, Catalina Aristizábal y Margarita Rosa de Francisco revelan una cultivación corporal, pero no tienen las connotaciones de un cuerpo que se inclina más por el músculo, como el caso de Anllela.

Hay algo claramente diciente en la mujer que trabaja su cuerpo. Hay algo de tenacidad en cómo su cuerpo va acogiendo el trabajo de aquellas horas invertidas. Hay algo poderoso en la mujer que osa romper la delicadeza con un poco de músculo esculpido. Pero la tendencia no está libre de las ambigüedades de la feminidad contemporánea en general. Controlamos nuestras imágenes, sí, pero también nos seguimos definiendo a través de la imagen; sea frágil o fuerte, sigue siendo la apariencia lo central. Sin embargo, esa postura puede ser un poco dogmática. Como dadoras de vida, la belleza es importante en la vida femenina por un asunto de biología y fecundidad. Y lo físico, con sus profundos y posibles efectos en nuestra psiquis, pueden ser también fuente de gozo y alegría. Tal vez el riesgo siempre está en que no sea eso, lo físico, que pasa y nos deja, lo único que defina la identidad femenina.

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