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El paquete chileno Lila Ochoa

No estoy segura de que los jóvenes de hoy entiendan esta expresión, pero, desde que tengo memoria, recuerdo haberla oído en mi casa.

 
Revista Fucsia
 
Y a una estafa me voy a referir. Es una historia de la vida real, aunque me reservo los nombres de los protagonistas para no herir susceptibilidades.

Una mujer joven conoce en una fiesta a un extranjero que está de visita en el país, hacen clic instantáneamente y después de unos días deciden irse a vivir juntos al apartamento de ella. A los pocos días, están instalados y el novio organiza fiestas y recibe amigos en su nuevo hogar. Desde luego, la mujer es la que paga todas las cuentas, pues él siempre tiene una disculpa para no pagar: el cheque de su familia que no llega, la tarjeta de crédito extranjera que no funciona en Colombia, etc. Pasa el tiempo y esta mujer enamorada no cae en la cuenta de hacerlo, o no se atreve a pedirle a su enamorado que por lo menos compartan los gastos.

Un día, el galán le dice que debe regresar a su país, pues su familia planeó unas vacaciones y él no puede faltar para no provocar la ira de su padre. Obviamente, una vez más la tarjeta de crédito no funciona y ella le paga el tiquete. El hombre regresa después de unas semanas y ‘de una’ le dice que lo siente mucho, que la relación se terminó, pues llegó a la conclusión de que ella es demasiado perfecta para él y que él no la merece. Pero eso sí, que le dé posada esa noche, porque no tiene en dónde quedarse y, ella, que todavía cree que lo puede convencer de que no la abandone, acepta. Se queda, duerme con ella, y al día siguiente se va con el iPhone que ella le había regalado.

Es la misma historia del paquete chileno, un paquete que en teoría tiene dinero en billetes y que al abrirlo sólo tiene recortes de periódico. En este caso el tipo es como los recortes de periódico, como los billetes falsos. La pobre lleva semanas llorando destrozada y no logra entender qué embrujo le hicieron para que se comportara como una tonta y se dejara embaucar de esa manera.

Como no es la primera vez que me cuentan esta historia, creo que es hora de hacer algunas reflexiones. Las mujeres aprendimos a trabajar, a ser independientes, pero no entendimos que los hombres no evolucionaron en el mismo sentido y creen que nos volvimos como ellos, que pasamos rico sin acordarnos de nada al día siguiente. Muchos hombres han descubierto una mina de oro en las mujeres que se ganan su propio dinero, pero que siguen pensando en encontrar su alma gemela.

Un apartamento en París o en Bogotá es mejor para ellos que pagar un hotel y, al fin de cuentas, acostarse con una mujer joven y bonita no es tan complicado, más, si es ella la que paga las cuentas. Los dos pasaron unos días maravillosos y él está muy agradecido. Yo pensaría que su ego no les permite pensar que le dedicaron un tiempo a una mujer, que la enamoraron y que las mujeres, así ellos piensen lo contrario, le ponen el corazón y no la razón a una relación.

Sí, en cuestiones del corazón, las cosas no cambian y abrir la cuenta bancaria es el camino más corto para perder un amor. Los hombres piensan que estas mujeres son como ellos, que sólo quieren un alto en el camino y un amor, o más bien, un ‘polvo’ en cada puerto. No sé quiénes están más equivocados; si esa generación de hombres–niños que se niegan a madurar y a asumir las consecuencias de sus actos, o las mujeres que siguen pensando en el príncipe azul que las va a rescatar de la rutina y la soledad.
Los donjuanes siempre han existido en la historia, pero ahora no sólo proliferan, sino que se están profesionalizando. Cuando las mamás le decían a uno que había que “hacerse la difícil”, no era porque ellas eran unos dinosaurios, simplemente porque sabían muy bien que dilatar el momento de la intimidad da tiempo a analizar si se entrega o no el corazón.

Los corazones rotos son difíciles de reparar y la emancipación no es disculpa para dejarse maltratar, abusar y destruir. Ojalá el hombre de esta historia no tenga una hija, pues en un futuro no muy lejano la vida le puede hacer pagar con la moneda más dura: ver a su hija sucumbir ante un paquete chileno.

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