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¿El sexo deprime? Foto: Thinkstock

Cada vez son más los pacientes que se quejan del bajonazo emocional que sufren luego del orgasmo. Un desbarajuste hormonal, el abuso sexual previo, y la sobreexcitación de la amígdala del cerebro se citan entre las causas del llamado blues poscoito.

 
Sobre el ‘bajón’ emocional justo después del orgasmo, las investigaciones han guardado más bien silencio. No obstante, esos sentimientos de depresión, ansiedad y vacío de los que hablan algunos pacientes se conoce desde hace siglos. Especialmente, traen a la memoria un refrán según el cual todo animal después del sexo es triste.

Por tradición, ello se ha aplicado a los hombres, pero en los últimos años son cada vez más las mujeres quienes se quejan de sufrir una desazón tan fuerte luego de hacer el amor, que han comenzado a evitarlo para no repetir el mal rato. Uno de los más recientes estudios al respecto lo realizó el Queensland Institute of Technology, en Australia, basado en entrevistas a 200 jóvenes universitarias sobre sus relaciones íntimas. Una décima parte relató sentir tristeza justo después del coito.

El estudio, de cuya seriedad habla su publicación en el International Journal of Sexual Health, incluyó a mujeres en relaciones duraderas al igual que aquellas que preferían los encuentros casuales. El autor de la investigación, el profesor Robert Schweitzer, cuenta que las mujeres que dijeron deprimirse no necesariamente se sentían desconectadas de sus parejas, es decir, que la falta de amor o de intimidad no explicaría los síntomas.

“En condiciones normales, la fase de resolución de la actividad sexual (justo después del orgasmo) provoca sensaciones de bienestar, al lado de relajación física y sicológica”. Sin embargo, por alguna o algunas razones que los estudiosos no acaban de dilucidar, se produce un descontrol en los equilibrios propios del organismo. El abuso sexual, por ejemplo, puede ser una causa de los sentimientos de culpa, vergüenza y de pérdida en posteriores experiencias sexuales, de acuerdo con el profesor Schweitzer. Pero él dice haber encontrado sólo una moderada correlación entre las dos situaciones.

Al estudio australiano le espera una continuación, ya que su director afirma que aún quiere saber si eso pasa en otros grupos de edad. Así mismo, quiere investigar si es cierta su sospecha de que el temperamento de cada persona determina esa ‘baja nota’ en la cama.

Varios estudiosos del sexo que han realizado investigaciones sobre lo que pasa en el cerebro humano durante el orgasmo, con la ayuda de hombres y mujeres voluntarios, concluyen que una explicación al postcoital blues (algo así como “la depre” después del coito), como lo llaman en Estados Unidos, puede ser obra de la prolactina. Esta es la hormona que produce la leche materna en la mujer, pero también está en el hombre. El organismo la produce luego del orgasmo para contrarrestar el efecto de la dopamina, la cual antes ha sido la causante de la excitación y del deseo cada vez más apremiante de satisfacerlo, según explica Brian Alexander, autor del libro America Unziped. In Search of Sex and Satisfaction. Los estudios ‘en vivo’, realizados con universitarios a quienes se les pagó por ver pornografía y luego masturbarse, mostraron que la producción de prolactina fue menor que en relaciones que incluyeron coito, en las cuales puede elevarse hasta 400 por ciento.

El doctor Richard A. Friedman, por su parte, ha abordado este problema desde su especialidad, la farmacología, o sea, la búsqueda de un tratamiento. En uno de sus artículos habituales en The New York Times contó cómo se sintió perplejo ante dos pacientes que se sentían deprimidos unas horas y hasta todo un día después de tener relaciones sexuales. Aparte de ese trastorno, se trataba de hombres jóvenes, sanos, trabajadores, con muchos amigos y vínculos familiares sólidos. “Pude haber elaborado una respuesta fácil –escribe– como que ellos ocultaban conflictos con el sexo, o que tenían sentimientos ambivalentes con sus parejas”, dice, pero no lo hizo. Más bien, buscó explicaciones bien argumentadas, pero no lo logró y le tocó despedir a sus pacientes, recuerda, decepcionados, diciéndoles que no tenían un problema siquiátrico que requiriera tratamiento.

Esos casos, y otros ante los cuales también se declararon impotentes hasta especialistas en descubrir sicopatologías ocultas, lo llevaron a seguir investigando. Abusando un poco de la especulación, el doctor se preguntó si este blues no es mucho más que un capricho de la neurobiología del sexo, de la prolactina, exactamente.

Friedman revisó los estudios realizados en el 2005 por Gert Holstege en la Universidad de Groningen, Holanda, a los cuales se les debe parte de lo poco que se sabe sobre lo que sucede en el cerebro durante la actividad sexual. Holstege descubrió, entre otros cambios, un decrecimiento de la actividad de la amígdala, la región encargada de procesar los estímulos aterradores, o el miedo. “Además de causar placer, deduce Friedman, el sexo claramente disminuye el miedo y la ansiedad”. Por ende, ello podría indicar que en algunos individuos la reactivación de esa amígdala que ha permanecido adormecida tras el orgasmo es tan brusca y desbordada, que puede causar el malestar.
Friedman dice también estar tras la pista de la medicación que pudiera ayudar a estos pacientes. “A menudo, uno diseña un tratamiento basado en su especulación sobre la biología subyacente en el síndrome. Esto puede involucrar el uso de drogas aprobadas en situaciones para las que nunca se recetarían”.

Pues bien, esto último fue lo que pasó con la teoría de Friedman según la cual el prozac, y otras drogas similares, pueden ser una respuesta. Estos inhibidores de la reabsorción de la serotonina, asegura el doctor Friedman, interfieren comúnmente en el funcionamiento sexual en algún grado. El prozac puede ser bueno para el ánimo, pero en exceso puede perjudicar la salud sexual.

De todos modos, el farmacólogo pensó: “Si yo pudiera modular la respuesta sexual de mis pacientes, haciéndola menos intensa, ello podría aminorar el estado emocional negativo después del orgasmo. En otras palabras, yo podría explotar los usualmente indeseables efectos de pastillas como el prozac, por posibles efectos terapéuticos”.
Quienes consumen estas drogas contra la depresión expresan que toma algunos días sentir sus efectos favorables, mientras que los colaterales, como la disfunción sexual, se manifiestan de inmediato. “Luego de dos semanas bajo tratamiento con prozac, mis dos pacientes, manifestaron que, aunque el sexo había sido menos placentero, no fue seguido por decaimiento emocional”, contó Friedman.

El especialista dice que pudieron haber pasado tres cosas: que la droga funcionó, que produjo un efecto placebo, o que casualmente hubo una fluctuación de los síntomas, que hubieran mejorado sin el uso del medicamento.

Para poner a prueba su tratamiento, Friedman se lo suspendió a sus pacientes, dispuesto a restaurarlo en caso de que volvieran a sentirse abatidos tras el sexo. “En ambos casos, los síntomas volvieron y cedieron con la medicación, lo cual sugiere, basados en esta muestra ciertamente pequeña, que el efecto de la droga fue real”, enfatiza el médico.
Además de controlar el fantasma que estaba alejando a sus pacientes del placer, el doctor Friedman ganó argumentos para decir que no todos los problemas sexuales corresponden a problemas sicológicos oscuros y profundos. “El sexual puede ser el más físico de los actos, pero la depresión también puede ser física”, concluye.

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