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Es cierto que los hombres las hemos maltratado, pagado menos que a nosotros, dejado las tareas que no queremos hacer y usado como objetos sexuales, entre muchos abusos, pero el peor azote ha sido señalarlas cuando se equivocan.

Por Adolfo Zableh. 

Quizás el verdadero machismo consista en creer que las mujeres deben dar lo mejor de ellas en todos los frentes, y hacerlas sentir culpables cuando fallan. Es cierto que los hombres las hemos maltratado, pagado menos que a nosotros, dejado las tareas que no queremos hacer y usado como objetos sexuales, entre muchos abusos, pero el peor azote ha sido señalarlas cuando se equivocan.

Es probable que todo haya nacido de nosotros, que construimos esta sociedad a nuestro antojo, pero ese no es el punto. El punto es que no deja de aterrar el concepto de la culpa que ellas manejan. Y nosotros les pusimos esa carga, pero ellas no sólo no se la han quitado, sino que le han agregado ladrillos. Pareciera que la mujer moderna, sin saber bien qué significa esa expresión, siente que tiene que estar siempre al límite. Cree que debe ser inquebrantable y se siente de lo peor si falla. El fracaso, esa palabra tan peligrosa que narra un sentimiento que golpea durísimo, pero que ni siquiera existe, la acaba.

A ellas les exigimos todo y no les perdonamos nada, pero ellas tampoco se perdonan. Tienen que ser bonitas, exitosas, buenas hijas, buenas madres, virtuosas y familiares. Tienen que ser amas de casa y reportarse para que sepamos que están bien, o que no se están portando mal, como si esa fuera labor exclusiva de los hombres. Varios amigos les han sido infieles a sus esposas, pero reconocen que no serían capaces de perdonar unos cachos.

Yo he visto a mujeres extraordinarias llorar borrachas a escondidas y confesarse luego por no ser en realidad lo que el mundo ve de ellas. Les pesa cargar con la máscara y un par de tragos las doblan. Quieren gritar, liberarse, pero no pueden, o al menos eso sienten. Están muertas en vida porque no fueron lo que los demás y ellas mismas esperaban. Ellas querían ser otra cosa, estar en otro lado, tener otra vida, pero el mundo las fue depositando donde están, que muchas veces es un callejón sin salida. Haber crecido con el cuento de la mujer maravilla, la invencible que todo lo puede, también las tiene así.

Aunque no se necesitan grandes dramas para que se sientan mal. La culpa es una cosa muy brava que no sirve para nada y la Iglesia lo tiene tan claro que la ha usado como su arma más poderosa. La única manera de zafarse del asunto es dejar de exigirse tanto, ser autocompasivo y apartarse del papel de víctima. Víctima es aquel que está destinado al sacrificio y nada puede hacer al respecto. La gente que tiene un mínimo de herramientas no es víctima y puede hacer de su vida lo que quiera. Y quien intenta, sin importar el género, tiene derecho a fallar las veces que se le dé la gana sin sentirse mal por ello.

Yo he tenido amigas y novias que se disculpan por todo, por lo que deben y por lo que no; por lo que hicieron ellas e hicieron los otros; por cómo se sienten y hasta por lo que piensan. Uno no puede culparse por pensar de tal o cual manera, siempre que lo haga por convicción y actúe de acuerdo con ese pensamiento con altura y respeto por todo lo demás. A mí una vez me terminó una mujer y luego me pidió perdón, como si hubiera hecho algo malo. Yo acepté sus disculpas y luego me quedé pensando que ella estaba loca por haberlo hecho y yo más loco por habérselas aceptado.

Es raro el machismo, que opera de los hombres hacia las mujeres, pero que puede ser más cruel dentro de ellas, y e incluso peor entre ellas. Dos hombres no se entienden y se van a los golpes. Dos mujeres se consideran enemigas y se hacen la guerra hasta que alguna de las dos desarrolla un desorden alimenticio. No lo digo yo, lo afirma Elaine Benes, el personaje femenino de Seinfeld. Y Seinfeld, cualquiera lo sabe, no se equivoca en esos temas.

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